Ha pasado una semana desde aquella pelea y no sé por qué sigo pensando en él.
Cada vez que me voy a dormir y cierro los ojos lo veo, con su mirada color miel, el golpe y la sangre cayendo por la comisura de su labio.
En fin, ridículo.
Ya me parezco a Ruth, que se pilla de los chicos sin saber ni siquiera su nombre.
Desde que llegué a la ciudad me miro al espejo y me siento vacía. No sé donde está esa vida perfecta que dice todo el mundo que tengo. Los coches, la casa enorme de mis padres, las notas impecables. Pero desde que llegué solo me siento vacía, me siento alguien que finge tenerlo todo.
Necesitaba algo para sentirme suficiente y he aprovechado la oportunidad de que estoy estudiando en la universidad y voy a estar una temporada sin mis padres dándomelo todo.
Por eso quizá he aceptado el trabajo en el gimnasio.
Claro que no lo necesito. Pero estaba cansada de que mi vida fuera tan perfecta y tener a personas dándomelo todo. Quería sentir que servía para algo más que solo presumir y cumplir las expectativas de mis padres.
Llevo solo dos días trabajando, pero la verdad es que me han servido mucho para sentirme alguien en la vida. Mi jefe, el señor Robert, de momento me ha puesto a gestionar las finanzas y el horario de las classes del gimnasio, que más adelante, si me veía potencial, me pondría a dar clases.
Mientras estaba haciendo la última faena que Robert me había dejado para hoy, alcé la mirada del ordenador y entonces lo vi.
Lo que menos esperaba de aceptar el trabajo era encontrarlo ahí.
El chico de la sudadera negra.
El mismo que no me podía sacar de la cabeza desde hacía una semana.
Estaba al fondo del gimnasio, donde casi no daba la luz. Iba con las manos vendadas, lanzando golpes contra el saco con mucha rabia, los golpes se escuchaban a lo lejos desde mi lugar de trabajo.
Me quedé mirando cómo daba esos golpes, en mi mente no me podía ver desde donde él estaba, pero giró la cabeza como si hubiera notado mi presencia.
Nuestras miradas se volvieron a cruzar. Esta vez duró más, medio minuto.
Volvió a dar golpes al saco como si yo no existiera. Yo también seguí a mi rollo acabando mi trabajo.
– ¿Eres nueva, no? – me pregunto Marcos, un entrenador, al pasar por mi lado.
– Sí, mi segundo día. – Respondí con una sonrisa en la cara.
– Bienvenida al caos. Si necesitas ayuda en algo, avísame. - Se alejó con una sonrisa amable.
Mientras teníamos esta conversación no podía apartar la vista del chico de la sudadera negra.
Cada golpe que daba resonaba cada vez más fuerte en mi pecho. Con cada golpe la tensión de sus brazos aumentaba, no tenía nada que ver con el resto de los chicos que también estaban golpeando los otros sacos.
Él era distinto. Más real. Con más rabia. Parecía roto.
Cuando terminó su entrenamiento (si se puede llamar así, ya que se ha pasado todo el rato dando golpes al saco), se quitó las vendas de un tirón y se dirigió a la zona de agua, al lado de mi puesto de trabajo. Después se dirigió delante de mi ordenador.
Nuestras vistas se volvieron a cruzar.
Rompí el silencio.
– Hola, ¿necesitas algo? – le pregunté con amabilidad.
– ¿Y tú? – me contesto con indiferencia mientras miraba unos papeles de encima el escritorio.
– No, ¿por qué lo dices? – le pregunté, esta vez confundida y con el corazón acelerado.
Ahora que lo veía de cerca le podía ver la herida del labio, ya se le estaba cerrando. También me fijé en sus ojos, eran más claros de lo que pensaba, color miel con toques verdes, tenía el eyebrow piercing que diría que el día del combate no lo llevaba, junto a este unas cejas muy bonitas, con una curva suave y un ligero pico en el arco. Unos labios carnosos, a los que me apetecía besar. El cabello rubio oscuro desordenado por el entreno.
Su voz me sacó de mis pensamientos.
– No sé, te has pasado una hora mirando cómo entrenaba.
– Perdona.– dije mientras notaba como me sonrojaba. – Es que creo que te vi el otro día y no sabía si eras tú, pero ya veo que sí. – terminé la frase con una risa nerviosa.
– ¿Dónde?
– La semana pasada, diría que era un combate.
– No vayas más ahí. – me advirtió.
– ¿Por qué?
– No es un sitio para chicas como tú, que van presumiendo de lujos en un lugar de peleas clandestinas donde la gente va para ganar un poco de dinero. – fue directo y cortante.
Así que se acuerda de mí. Perfecto, ahora me voy a ilusionar mucho más.
– Hey, Leo. – nos interrumpió el señor Robert – Ya veo que ya has conocido a Zoe, la nueva empleada.
Así que se llama Leo.
– Sí, muy… simpática. – dijo apartándome la mirada para mirar a Robert.
Simpática, ¿en serio? ¿En serio se lo ha tenido que pensar?
Editado: 05.01.2026