No sé en qué momento empezó a pasarme esto, pero últimamente me descubro pensando demasiado en alguien que apenas conozco.
Leo.
Desde aquella noche, su rostro no deja de aparecer en mi cabeza, como una imagen molesta. Me prometí que no me iba a fijar en alguien así, pero algo en él… no sé, me descoloca. No es solo lo que vi en ese ring improvisado aquella noche, ni sus golpes que da al entrenar, ni la rabia que desprenden sus ojos. Es lo que hay detrás de todo eso, algo que no llego a entender, pero que me da demasiada curiosidad.
El lunes llegué al gimnasio, muy temprano, para que la gente esté entrenando. El lugar estaba aún muy frío, las luces a medio encender, y el olor a metal y sudor, que poco a poco empezaba a ser familiar.
Robert me había encargado revisar una fichas y preparar las botellas de agua para los clientes, pero en realidad mi cabeza estaba en otra parte. O mejor dicho, en él.
Y como si el universo me mandara señales, o más bien se burlaba de mí, ahí estaba.
Leo.
Iba con una camiseta oscura pegada al cuerpo, vendando sus manos, con la calma de siempre. Ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba ahí, o quizá sí y había decidido ignorarme.
Tenía las ojeras marcadas y esa expresión tensa que parecía penetrante.
No parecía el mismo chico que había peleado esa noche. Ahora estaba centrado, muy serio, golpeando el saco con fuerza, como si cada impacto fuera su forma de desahogarse de todo lo que llevaba por dentro.
Me quedé observándolo más tiempo del que debía.
Había algo en su forma de moverse, en cómo apretaba su mandíbula, que me hacía sentir algo que no sabía cómo explicar. Porque yo nunca había tenido que luchar por nada. Todo lo que tengo y he tenido me lo han dado.
Y él… él parecía que no tenía nada que perder, y aun así se mantenía en pie.
— Llegas temprano — dije al fin, intentando sonar casual.
Él giró la cabeza un segundo, sin dejar de golpear.
— No tengo mucho que hacer — contestó sin ningún tipo de interés.
Me mordí el labio para ahorrar algún comentario estúpido de los míos.
— Robert me dijo que llevas aquí mucho tiempo — añadí, buscando un mínimo de conversación.
— Desde los trece — respondió y volvió a golpear al saco.
Silencio. Solo el sonido de los golpes y mi respiración, cada vez más nerviosa. Me crucé de brazos y lo observé un momento más.
Había algo tan honesto en su forma de ser que dolía. No fingía en lo absoluto. No intentaba agradar a nadie.
Y yo… por otro lado, ni siquiera sabia quién era sin todo lo que mis padres habían construido a mi alrededor.
Esa diferencia entre nosotros se sentía como una pared invisible. Como si fueras de dos mundos totalmente diferentes.
Él luchaba por sobrevivir.
Yo, por sentir que mi vida tenía algún tipo de sentido.
Cuando terminó, se quitó las vendas y pasó por mi lado sin decir ni una sola palabra. Su olor me envolvió enseguida.
— No te esfuerces tanto — me dijo a punto de salir del gimnasio, sin ni siquiera mirarme. — No tienes que demostrar nada.
No supe si lo decía por mí o por él, pero me quedé paralizada, sin poder decir ni una sola palabra.
Se marchó, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me miraba de verdad, con sentimiento en la mirada, aunque no fuera de amor como el que deseaba por él.
Durante los días siguientes, traté de mantener la distancia, pero era imposible. El gimnasio era muy pequeño, y por más que intentara centrarme en mis tareas, siempre acababa fijándome en él. En cómo se movía, con esa habilidad para golpear al saco, en cómo hablaba con los demás, o en cómo, a veces, se quedaba quieto mirando al suelo, como si su mente estuviera en otro lugar.
Empecé a notar ciertos detalles.
Nunca llevaba mochila. A veces venía con la misma ropa que el día anterior. Y aunque intentaba disimularlo, tenía heridas nuevas cada semana. Una vez le vi la mano vendada y me dijo que se había caído de la bici. No le creí.
No sé qué era exactamente lo que me empujaba a fijarme todo el rato en él. Quizá era esa mezcla entre fuerza y tristeza que llevaba permanentemente en la mirada.
O tal vez era que, por primera vez, alguien no me trataba como “la hija de los Sanna”, si la familia de mi padre era italiana, sino que simplemente me trataba como una persona normal y corriente, como Zoe.
Una tarde, cuando el gimnasio estaba casi vacío, me acerqué a dejar las botellas de agua en la estantería. Él estaba recogiendo los guantes, y el silencio entre nosotros era tan incómodo como inevitable.
— ¿Por qué haces esto? — le solté sin pensar.
Él levantó la vista, con el ceño fruncido.
— ¿Esto? — preguntó.
— Sí. Entrenar, pelear, dejarte la piel en el saco cada día… — tragué saliva. — No parece que lo disfrutes.
Editado: 05.01.2026