El gimnasio estaba casi vacío esa tarde, muy poco común para ser viernes.
El sonido de los golpes contra los sacos se mezclaba con el zumbido monótono de las luces y el olor a sudor que flotaba en el aire. Era uno de esos días tranquilos en los que el tiempo parecía detenerse, y por alguna razón, Leo había decidido quedarse a entrenar más rato de lo habitual.
Yo también, me había quedado más rato para adelantar el trabajo de la semana que viene.
— ¿No tienes nada mejor que hacer? — me preguntó Leo sin ni siquiera mirarme, mientras se ajustaba las vendas de las manos.
— Estoy trabajando — respondí, intentando disimular una sonrisa mientras recogía unas botellas vacías del suelo.
— Ya. Trabajando — repitió, imitando el mismo tono que había utilizado yo, con una media sonrisa que nunca la había visto.
Se acercó al saco y empezó una nueva serie de golpes. Cada movimiento era preciso, lleno de rabia que llevaba contenida.
— Estás pegando mal — dije sin pensar, mientras me cruzaba de brazos.
Él se giró, sorprendido.
— ¿Ah, sí? ¿Y tú qué sabrás de boxeo y de cómo se ha de golpear?
— Sé más de lo que parece.
— ¿Tú? Ya, seguro — se rio, incrédulo. — Venga, ven aquí y demuéstramelo.
Cogí unos guantes que estaban en un banquillo y me los puse. Pensaba que pesarían más, pero no.
— A ver — dije, colocándome frente al saco.--- No es cuestión de fuerza, sino de ritmo, de tener técnica.
Le di un par de golpes muy torpes, intentando recordar lo que había visto mil veces, las mismas veces que lo he visto entrenar en silencio.
Leo se acercó, tan cerca que pude notar el calor de su cuerpo.
— Así no. Mira — sus manos rozaron las mías, solo había mis guantes y sus vendas de por medio, me giró las muñecas con suavidad. — Si no colocas bien los puños, te vas a romper los nudillos.
Por un instante, el mundo se detuvo.
Solo estábamos él, yo y el eco del golpe que se escuchaban de fondo.
— ¿Ves? — me susurró al oído.
— Más o menos — contesté, fingiendo que no se me estaba acelerando el corazón ni que me había quedado en blanco.
— Eres una pésima alumna, Zoe — dijo, mientras se reía de mí.
— Y tu un pésimo profesor, Leo — dije con una sonrisa y con el mismo tono en el que lo había hecho él.
Nos miramos. Esa sonrisa suya se desvaneció poco a poco, como si le diera miedo mostrar demasiado sus sentimientos, aunque solo fuera felicidad.
Entonces bajé la mirada, y vi una pequeña cicatriz en su antebrazo, era fina, pero parecía profunda.
— ¿Qué te pasó ahí? — pregunté.
Él miró dónde lo estaba mirando, luego me miró a mí.
— Nada importante — respondió secamente.
— Eso suena a que no quieres hablar de eso.
— Exacto — respondió aún más seco que la vez anterior.
Silencio.
Siguió golpeando el saco, más fuerte de lo que lo hacía habitualmente, más rápido, hasta que el sonido que hacía el saco al recibir el golpe me resulto insoportable.
— A veces me pregunto si entrenas para ganar o para castigarte a ti mismo — dije sin pensar, sin saber si esas palabras le podrían afectar o no.
Se detuvo.
Me miró fijamente, con los ojos brillantes, llenos de ¿emoción?
— Mi padre me enseñó a golpear — dijo rompiendo el silencio tan tenso que yo misma había generado. —- Decía que un buen golpe servía para defenderte, no para demostrar nada.
— ¿Y qué pasó con él? — pregunté lo más cuidadosamente posible.
Leo tragó saliva, me apartó la mirada y clavó su mirada al suelo, mirándolo fijamente.
— Lo mataron cuando tenía once años.
— Lo siento mucho — dije, mientras me acercaba para darle un mínimo de afecto, aunque solo fuera una suave caricia en el hombro.
— No lo hagas — se apartó bruscamente. — Todos estamos destinados a morir, aunque no todos tendremos la misma experiencia.
No supe qué decir.
Él volvió a golpear al saco, pero el ritmo ya no era el mismo que el de antes. Era más suave, más lento.
Como si hubiera dejado ir, algo que le atormentaba desde hacía mucho.
Y mientras lo miraba, entendí que bajo toda esa rabia había algo mucho más frágil. Algo que nadie se había preocupado de ver.
Dio un último golpe y se quedó quieto, respirando con dificultad. Cuando se giró hacia mí, nuestras miradas se cruzaron de nuevo.
Esta vez no había distancia entre nosotros, solo había silencio.
Su mirada se sentía más cercana, como si tuviera más confianza que antes para mostrarme sus sentimientos.
Solo había silencio, y una corriente invisible que nos acercaba sin movernos ni un solo paso.
Editado: 22.01.2026