La noticia no se me fue de la cabeza en todo el día.
Intenté concentrarme en el trabajo, en las clases, en cualquier cosa que no tuviera que ver con él. Pero cada vez que mi mente divagaba, volvía a la misma imagen, su mirada, su voz diciéndome “no deberías acercarte a mí”.
Esa frase resonaba como una advertencia, y aun así, ahí estaba yo, repasando mentalmente todo lo que Ruth me había dicho.
“Otra pelea. Este sábado. El mismo lugar.”
Intenté convencerme de que no iba a ir. De que no me importaba. De que no tenía sentido volver a ese sitio solo para verlo hacerse daño de nuevo.
Pero la curiosidad me ganó.
Al salir del gimnasio, pasé frente a la vieja pared donde colgaban los carteles de los próximos eventos locales. Entre folletos de boxeo amateur y anuncios de batidos proteicos, había uno distinto, con tinta borrosa y letras rojas que parecían sangre.
“COMBATE SUBTERRÁNEO. ESTE SÁBADO - ZONA INDUSTRIAL”
Y debajo, escrito a mano con rotulador negro:
“L. RIVERA vs. KING”
Me quedé mirando ese nombre. No hacía falta preguntar quién era L. Rivera. El corazón me dio un vuelco.
Arranque el cartel sin pensarlo y lo guardé en la mochila, mirando a todos lados, como si alguien pudiera acusarme de algo.
De repente, el aire me pareció más pesado, y el ruido del tráfico, más lejano.
Durante el resto de la tarde, no hablé con nadie. Ni Ruth, ni con Marcos, ni con mi madre, que notó enseguida que estaba rara.
— ¿Todo bien, Zoe? — me preguntó mi madre mientras cenaba con mis padres.
— Sí, solo estoy cansada — mentí, sin levantar la mirada del plato.
Pero no estaba cansada, estaba angustiada.
Porque cuanto más intentaba entender qué lo llevaba a pelear, más me dolía la respuesta: la necesidad.
No podía imaginar lo que debía sentirse vivir al límite, con la cuenta a cero y un pasado que pesaba como una losa. Y aun así, parte de mí quería gritarle que parara. Que había otras salidas.
Aunque, para ser honesta, yo tampoco sabía cuáles eran.
El sábado llegó demasiado rápido.
Me juré que no iría, pero cuando cayó la noche, mis pies me llevaron sin pedir permiso.
El cielo estaba cubierto de nubes y el aire olía a metal y gasolina. La zona industrial quedaba lejos, casi al borde de la ciudad, donde los edificios eran esqueletos de cemento y las luces apenas funcionaban.
Reconocí el lugar por el ruido.
Ese eco de gritos, de golpes, de adrenalina.
Me mezclé entre la gente, con la capucha puesta y el corazón latiéndome tan fuerte que podía oírlo en los oídos.
El ambiente era aún más denso que la primera vez, humo, cerveza, apuestas, dinero pasando de mano en mano.
Y allí, en el centro, estaba él.
Leo.
Llevaba la misma sudadera negra, pero su mirada era distinta. Vacía. Fría.
Se movía con rabia, con precisión, como si el dolor fuera su combustible. Cada golpe sonaba como un latido roto. Cada respiración, una declaración de guerra contra sí mismo.
Su oponente era más pequeño, pero más fuerte, y Leo, aun así, no retrocedía.
La multitud gritaba su nombre, pero él parecía no escuchar nada.
Yo tampoco.
Solo podía mirarlo y pensar que ese no era el mismo chico que me había contado la historia de su padre con voz temblorosa.
Ese no era el Leo que me había mirado con miedo de sentir.
Era otro.
Uno hecho de heridas y de orgullo.
El combate terminó con un golpe seco que lo tiró al suelo. No se levantó enseguida.
El silencio duró apenas unos segundos antes de que los gritos y las apuestas inundaran el aire.
Me abrí paso entre la gente hasta que lo vi levantarse, tambaleante, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.
El público celebraba al vencedor, pero él no miraba a nadie. Hasta que me vio.
Y el tiempo se detuvo.
Su expresión cambió. Primero, sorpresa. Después, ira.
Bajó del ring improvisado, abriéndose paso entre la multitud con pasos duros, decididos. Yo retrocedí un poco, pero no lo suficiente.
— ¿Qué haces aquí? —- escupió, con voz ronca y la respiración entrecortada.
— Podría preguntarte lo mismo.
—- No tenías que venir.
Su tono era áspero, casi cortante, pero en sus ojos no había solo furia, había miedo.
— No podía quedarme en casa sabiendo que ibas a hacer esto — respondí, temblando más por dentro que por fuera.
— Esto no te incumbe, Zoe.
— Claro que sí — repliqué, dando un paso hacia él. — Te estás destrozando, Leo.
Editado: 22.01.2026