Pasaron varios días desde aquella noche, pero el silencio entre nosotros se volvió tan denso que casi podía tocarlo.
Cada vez que entraba al gimnasio, lo buscaba con la mirada sin atreverme a acercarme.
Él también me veía, pero no decía nada. Ni una palabra. Solo asentía con la cabeza y seguía entrenando, como si yo fuera una desconocida más.
Al principio pensé que lo mejor era dejarlo así. Que quizás, con el tiempo, se le pasaría el enfado y todo volvería a ser como antes. Pero no fue así.
Lo veía llegar cada tarde, cansado, con los nudillos vendados y la mirada perdida.
Lo veía quedarse más tiempo de lo necesario, entrenando hasta el límite, como si el agotamiento fuera una forma de no pensar.
Y cada vez que lo veía así, me dolía un poco más. Porque por mucho que dijera que no necesitaba a nadie, estaba claro que se estaba hundiendo.
Un jueves por la tarde, mientras ordenaba el material en el almacén, lo escuché hablar con Robert.
— Te lo pagaré la próxima semana, lo juro — decía Leo, con el tono bajo, casi desesperado.
— Llevas diciendo eso un mes — respondió Robert, suspirando. — Si no pagas antes del lunes, te quedas sin entrenar aquí.
El silencio que siguió me dolió más que cualquier golpe.
Leo no respondió, solo se fue.
Yo me quedé detrás de la estantería, sin atreverme a moverme. Cuando me aseguré de que se había ido, me acerqué al mostrador, donde estaba el señor Robert.
— ¿Cuánto debe? — le pregunté en voz baja.
— No es asunto tuyo, Zoe — Robert, me miró con una mezcla de inseguridad y sospecha. — Pero si insistes… son ciento veinte.
Asentí sin pensar demasiado.
— Te lo daré mañana.
Esa noche casi no dormí.
No paraba de pensar si estaba haciéndolo bien o mal. Si de verdad lo estaba ayudando o solo alimentando su orgullo. Pero no podía quedarme quieta. No después de todo lo que había visto.
Así que al siguiente día, antes de que él llegara, dejé un sobre en su taquilla, sin nombre, solo con el dinero justo, con un pétalo de rosa y una nota pequeña que decía:
“Para que no dejes de pelear, pero por algo que valga la pena”.
Me quedé un rato mirando el sobre, dudando si era buena idea, y al final lo dejé, justo donde sabía que él lo encontraría.
Salí del gimnasio con un nudo en el estómago. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí una extraña mezcla de alivio y miedo.
Al día siguiente, cunado entré, todo parecía igual. Hasta que lo vi.
Leo estaba junto al mostrador, con el sobre en la mano. Su expresión era imposible de descifrar. Ni furia, ni sorpresa… más bien algo contenido, a punto de estallar.
Me vio apenas crucé la puerta. Sus ojos se clavaron en los míos, fríos, duros, con una mezcla de decepción y rabia.
Me acerqué despacio.
— Leo…
— ¿Fuiste tú, verdad? — me interrumpió, alzando el sobre.
— No — respondí.
— No hacía falta — contestó.
Él apretó los dientes.
— ¿Qué creías que estabas haciendo?
— Solo quería ayudarte.
— ¿Ayudarme? — su voz subió de tono, y varias personas del gimnasio se giraron para mirarnos. — ¿Te parece que necesito limosnas, Zoe?
Sentí que el aire se me atascaba en la garganta.
— No es limosna. Solo que… no quería que te echaran.
— No necesitaba que lo hicieras — replicó, acercándose. — Te pedí que no te metieras en mis asuntos.
— Y yo te pedí que dejaras de destruirte — mi voz tembló. — Pero tú no escuchas a nadie.
El silencio que siguió fue tan tenso que dolía.
Podía oír el zumbido del fluorescente sobre nosotros, el sonido metálico de las pesas chocando al fondo, la respiración contenida de los que fingían no mirar.
— ¿Sabes cómo me haces sentir con esto? — preguntó de repente, con voz baja, pero firme. — Como si fuera incapaz. Como si no sirviera para nada.
— Eso no es lo que pienso.
— Pero es lo que haces — su mirada se endureció aún más. — Lo hiciste a escondidas ¿Por qué?
— Porque sabía que te ibas a enfadar — respondí casi en un susurro.
— Y aun así lo hiciste.
Su tono fue una mezcla de asombro y desilusión. Y esa desilusión dolió más que cualquier palabra.
No supe qué decir.
Solo lo miré, deseando que entendiera lo que no podía explicarle con palabras, que no lo hacía por pena, sino por miedo. Miedo a verlo rendirse, a verlo caer más hondo.
— No puedo quedarme mirando cómo te hundes, Leo — dije al fin.
— Y yo no puedo dejar que sientas que tienes que salvarme — su voz se quebró apenas un instante. — No soy tu princesa a la que tienes que salvar.
Editado: 22.01.2026