Llevaba días sin verlo. Días que se sentían como semanas, cargados de silencio, preguntas y un vacío que no lograba llenar.
Intentaba distraerme en el gimnasio, en casa, en cualquier parte, pero cada vez que cerraba los ojos, veía su mirada. Aquella mezcla de rabia y tristeza que me dejó clavada en el suelo.
Ruth me había vuelto a insistir en que saliera con ella, que despejara la cabeza, que dejara de pensar en “el chico del gimnasio”. Pero no podía. No después de todo lo que pasó.
Y aun así, esa noche acabé vistiéndome.
No porque quisiera salir, sino porque temía que mi mente siguiera girando en círculos si me quedaba en casa.
El coche de Ruth olía a perfume caro y libertad. La música sonaba alta, demasiado alta, pero no dije nada. Me limité a mirar por la ventana mientras las luces de la ciudad pasaban borrosas.
— Zoe, prometo que hoy no habrá peleas — dijo Ruth con una sonrisa nerviosa.
— Ya — respondí sin mirarla. — No hace falta que me lo prometas.
Mentía. Lo supe cuando dobló la esquina.
El mismo callejón. El mismo cartel sin nombre en la puerta. El mismo ruido de fondo que me heló a sangre.
Me temblaron las manos antes de abrir la puerta.
No quería entrar. No quería verlo.
Pero algo dentro de mí me empujó igual.
Y ahí estaba Leo.
Su silueta en el centro del ring improvisado, bajo una luz amarillenta que lo hacía parecer una sombra más entre el humo y el polvo.
Su respiración era pesada, sus movimientos más lentos que antes. Se notaba cansado, más que cualquier otro combate.
Pero seguía golpeando. Golpeando como si quisiera borrar algo.
El público gritaba su nombre, pero él no escuchaba. Solo veía el frente, los puños, el cuerpo que tenía delante. Y en cada movimiento, en cada ataque, se notaba la rabia que llevaba dentro.
Me quedé quieta, incapaz de moverme, con el corazón desbocado. Quería correr hacia él, detenerlo, gritarle que parara.
Pero mis piernas no respondían.
Cuando su rival le dio un golpe en el costado y Leo cayó de rodillas, todo el ruido desapareció.
Solo escuché mi respiración.
Y mi nombre, escapando entre sus labios, apenas audible.
— Zoe…
El mundo pareció detenerse.
Salté la valla sin pensar, entre los empujones y los gritos. El suelo estaba pegajoso, cubierto de polvo y sangre.
Me arrodillé junto a él, con las manos temblando, mientras su mirada intentaba enfocarme.
— ¿Por qué estás aquí? — susurró, con la voz rota.
— Porque tú no sabes cuidarte — le respondí, con un nudo en la garganta.
Él intentó incorporarse, pero le faltó fuerza. Su cuerpo temblaba y la sangre manchaba su camiseta.
Lo sostuve del rostro, obligándole a mirarme.
— No puedo verte seguir así, Leo — le dije, sin poder contener las lágrimas. — No puedo seguir viéndote destruirte.
Por un momento, pareció querer responder, pero solo apretó los dientes luchando por mantenerse consciente.
Y en su mirada, entre el dolor y el orgullo, vi algo más.
Miedo.
Miedo de perderlo todo.
Miedo de sí mismo.
Lo abracé, sin pensar, sin importar quién nos miraba. Él no respondió. Pero sentí como su respiración se aflojaba, como su cuerpo dejaba de resistir. Y justo en ese instante, entendí que aquello no era una pelea cualquiera.
Era su límite.
Y quizás también el mío.
No sé cuánto tiempo pasé abrazándolo. Quizás segundos. Quizás minutos.
Todo se volvió borroso, los gritos, la música, las luces parpadeando como si el mundo se deshiciera alrededor.
Leo se aferró a mí con una fuerza débil, casi instintiva, como si terminara de desaparecer si me soltaba. Su respiración era irregular, entrecortada, y su piel ardía bajo mis manos.
— Déjame — murmuró con la voz rota. — Estoy bien.
— No, no lo estás — susurré, temblando. — Mírate, Leo… te estás destrozando.
Intentó apartarse, pero sus piernas no respondieron. Se desplomó de nuevo, apoyando la cabeza en mi hombro.
El público empezó a dispersarse, aburrido de un combate que ya no tenía espectáculo.
Nadie lo ayudó. Nadie dijo nada.
Solo miradas curiosas, fugaces, como si fueran testigos de una tragedia ajena. Cuando su entrenador se acercó, lo miré con rabia.
— ¿Vas a seguir dejándolo pelear así? — le solté, sin importar el tono.
El hombre bajó la mirada, con gesto cansado.
— Yo no puedo obligarlo a parar, chica. Él pelea porque necesita dinero.
Editado: 22.01.2026