Las rosas del ring

Capítulo 8

Han pasado cinco días. Cinco días desde aquella noche en la que lo dejé en el suelo, con los nudillos rotos y la mirada vacía. Cinco días sin mensajes, sin llamadas, sin señales de vida. Cinco días que parecen meses.

Al principio intenté engañarme. Dije que necesitaba espacio, que aquello era lo correcto. Pero la verdad es que cada mañana me despierto con esa sensación extraña en el pecho, como si me faltara el aire. Como si me hubieran arrancado algo que no sabía que era mío.

Sigo con mi rutina. O eso intento.

Me levanto temprano, desayuno con Ruth que no deja de hablar nunca. La escucho, asiento con la cabeza, pero no la oigo realmente. Mi mente sigue atrapada en aquella imagen de él, sentado en la acera, sangrando, sin decir una palabra.

En el gimnasio todo sigue igual. El ruido de las pesas, la música alta, el olor a sudor…

Pero su rincón, el saco donde siempre suele entrenar, está vacío. Nadie lo ocupa. Y cada vez que paso por ahí, siento como si el silencio me gritara su nombre.

Ruth lo nota. Claro que lo nota.

— Tienes una cara horrible, Zoe — me suelta una tarde mientras recoge sus cosas. — ¿Vas a seguir fingiendo que no te importa?

— No estoy fingiendo — respondo sin mirarla.

— Claro, solo pareces un fantasma.

No contesto porque no puedo, porque si abro la boca, todo lo que llevo conteniendo estos días saldrá de golpe.

LEO

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Leo camina con las manos en los bolsillos, el cuerpo aún resentido por los golpes de la última noche.

No ha vuelto al gimnasio. No ha vuelto a pelear. Pero tampoco ha hecho nada más.

Evita pasar por las calles donde podría verla.

Borra los mensajes que empieza a escribir y nunca envía. Apaga el móvil cuando las ganas de buscarla se vuelven insoportables.

En su habitación, el silencio es insoportable. La televisión rota, la lámpara sin bombilla, el colchón hundido.

Su madre duerme en el sofá, la habitación más caliente de la casa, porque el dinero no alcanza para el gas, y las noches se vuelven más frías.

Leo se culpa en silencio.

Por pelear. Por mentir. Por haberla dejado ir.

A veces, mientras fuma junto a la ventana, piensa en voz alta.

En cómo decía su nombre. En cómo la miraba sin miedo, incluso cuando él se odiaba.

Y entonces siente un nudo en la garganta que ni el humo consigue disolver.

ZOE

Yo intento distraerme.

He vuelto a salir con mis amigas, a ir a fiestas donde no me apetecía estar.

Los flashes de los móviles, la música alta, los vestidos cortos, los tragos dulces.

Todo parecía tan vacío.

Me descubro comparándolo con ellos.

Con los chicos que me hablan, pero no saben mirar como él. No saben escuchar sin decir nada. No saben hacer que el mundo se calle con solo levantar la vista.

Y me odio por eso.

Por no poder desconectarlo de mi cabeza. Por no poder dejar de buscarlo, incluso cuando sé que debería olvidarlo.

Una tarde, al salir del gimnasio, me detuve en el mismo callejón donde lo encontré la primera vez.

El aire olía igual, humo y lluvia.

No había nadie.

Pero juro que sentí su presencia, como un eco que se niega a morir.

LEO

Leo empieza a cambiar sin darse cuenta.

Ya no busca peleas. Cuando ve a su antiguo entrenador, simplemente lo evita.

Empieza a ayudar a su madre en un bar pequeño del barrio, fregando vasos y sirviendo cafés.

No dice mucho, pero su mirada parece distinta. Más cansada, sí, pero también más consciente.

Cada vez que pasa frente al gimnasio donde ella trabaja, acelera el paso. Y aun así, siempre mira por un segundo hacia adentro. Como si esperara verla ahí, sonriendo, fingiendo que todo está bien.

Una noche, se queda quieto frente al cristal.

Ella está dentro, limpiando unas máquinas con el pelo recogido, auriculares puestos y la mirada perdida.

Ella no lo ve. Y él no entra.

Solo se queda ahí, observando desde la acera, con las manos metidas en los bolsillos, con ese gesto de quien se castiga, por lo que no se atreve a arreglar.

ZOE

En casa, Ruth insiste en que algo me pasa.

— Estás rara, Zoe. Ya no te interesas en nada.

No sé cómo explicarle que lo único que me interesa ahora está demasiado lejos, incluso cuando vive a solo unos barrios de distancia.

El lujo de mi casa me resulta asfixiante. Todo brilla, todo está en su sitio, todo es perfecto. Y, sin embargo, me siento vacía. Las paredes se sienten más frías que nunca. El silencio se siente más fuerte que el ruido del reloj.




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