Las rosas del ring

Capítulo 9

Habían pasado casi tres semanas desde la última vez que lo vi. Veintiún días en los que cada hora parecía repetirse una y otra vez, como si el mundo se hubiera quedado atascado en una pausa eterna.

Me tomé unos días de descanso del trabajo. Y era un lunes cualquiera cuando volví al gimnasio. Lo hice sin pensarlo demasiado, con esa mezcla de impulso y miedo que te empuja a hacer justo lo que juraste no hacer.

El aire olía igual que siempre, a sudor, y había mucho ruido, pero algo se sentía distinto.

Quizás era el silencio que me envolvió al cruzar la puerta hacia la sala.

Mis pasos resonaron sobre el suelo de goma. Cada golpe contra el saco, cada respiración agitada a lo lejos, me parecían más intensos de lo normal.

Y entonces lo vi. Estaba allí. Leo.

No me di cuenta de que había dejado de respirar hasta que sentí el pecho dolerme.

Su espalda estaba más ancha, su postura más firme, como si hubiera crecido en esas tres semanas.

No estaba peleando con nadie, solo entrenando.

Golpeando el saco con precisión, no con rabia.

Sus movimientos eran controlados, calculados, como si hubiera aprendido a contener el fuego sin apagarlo.

Por un segundo pensé en dar media vuelta y marcharme antes de que me viera, pero algo dentro de mí no pudo hacerlo.

Me quedé quieta, observándolo desde lejos, con el corazón desbocado y las manos temblando.

Entonces, como si hubiera sentido mi presencia, como aquella primera noche, levantó la vista.

Sus ojos me buscaron entre la gente y se detuvieron justo en mí. Y, durante un instante eterno, no hubo ruido, ni golpes, nada más.

Solo nosotros dos. Otra vez.

No sé quién dio el primer paso, pero de pronto estábamos frente a frente.

Él se quitó los guantes, los dejó caer al suelo con un suspiro largo.

Yo crucé los brazos para disimular mis nervios.

— Pensé que no volverías por aquí — dijo él, con la voz más baja de lo que recordaba.

— Yo también pensaba eso de ti — respondí, intentando mantener la calma.

Hubo una pausa incómoda. De esas que te obligan a mirarte sin decir nada, pero donde todo se entiende.

Tenía los nudillos curados, aunque aún se notaban las marcas. Y su mirada, ya no era la misma. Seguía siendo intensa, pero más tranquila, más madura.

— He dejado las peleas — dijo de repente, sin mirarme a los ojos.

Me quedé en silencio, intentando procesar esas palabras.

Él siguió hablando, casi como si necesitara sacarlo todo de golpe.

— No fue fácil. Pero… después de aquella noche, lo entendí.

— ¿Qué entendiste? — pregunté, apenas en un susurro.

— Que no estaba peleando contra los demás. Estaba peleando contra mí mismo.

Y entonces sonrió, apenas un segundo, una sonrisa rota, cansada, pero era real. Esa sonrisa me desarmó más que cualquier mirada suya.

Nos quedamos allí, sin saber muy bien qué decir.

Él se pasó una mano por el pelo, nervioso, y yo solo pude mirarlo.

Era el mismo chico de siempre, pero algo dentro de él había cambiado. Era más fuerte, sí, pero no solo por fuera. Había aprendido a resistir sin destruirse.

— ¿Y tú? — me preguntó de repente. — ¿Estás bien?

Asentí, aunque ambos sabíamos que era mentira. Ninguno de los dos estaba bien, pero estábamos aquí. Y eso ya era algo.

Nos sentamos en uno de los bancos del fondo, lejos del ruido.

El silencio entre nosotros era distinto, era vez. No incómodo, sino tranquilo. Como si por fin pudiéramos respirar sin miedo a romper algo.

Él me comentó que había empezado a entrenar de otra forma, que un entrenador lo había visto y quería ayudarlo a prepararse para un torneo legal.

Yo escuchaba sin interrumpirlo, con el corazón lleno de orgullo y ternura.

Era extraño, pero por primera vez, lo veía realmente libre.

Su voz se fue suavizando mientras hablaba, y cuando me miró, sentí esa conexión otra vez. La misma de la primera noche. Solo que ahora no dolía. Ahora se sentía en paz.

Y ahí, entre el ruido de los sacos, entendí algo que llevaba tiempo negando.

Que a veces, para volver a encontrarte con alguien, primero tienes que encontrarte tú.

Nos quedamos hablando durante más de una hora, aunque el tiempo se sintió distinto. Era como si el reloj se hubiera rendido, como si nada fuera más importante que ese momento.

Él me iba contando cosas, pero en su voz había algo diferente.

Ya no era el chico que se escudaba en la rabia, ni el que usaba el silencio como armadura. Era más abierto, más sereno, incluso más humano.

— He empezado a levantarme temprano y a aprovechar más el día — me dijo, sonriendo.




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