Las rosas del ring

Capítulo 10

El amanecer entraba por la ventana, tiñendo el suelo del gimnasio. El aire olía a limpieza, raramente olía así.

Él estaba frente al saco, concentrado, pero esta vez no había rabia en sus golpes, solo control.

Una calma nueva. Una fuerza distinta.

Lo observé desde la esquina, en silencio, con una mezcla de orgullo y alivio que me llenaba el pecho.

No era el mismo chico que conocí aquella noche de peleas clandestinas. Ya no peleaba contra el mundo, ni contra sí mismo.

El sol se filtraba por los cristales, dibujando líneas sobre su piel. El sudor le resbalaba por el cuello y caía al suelo con el ritmo de sus respiraciones. Su cuerpo seguía siendo pura tensión y poder, pero sus ojos tenían otro brillo. Uno que nunca antes había visto.

Cuando se dio cuenta de que lo miraba, sonrió.

No esa sonrisa desafiante de antes, sino una tranquila, sincera.

— No me mires así — dijo, bajando la guardia. — Me vas a desconectar.

— ¿Ah, sí? — le respondí, cruzando de brazos, divertida. — Yo creía que ya no necesitabas excusas.

Él soltó una risa suave, esa que solo le salía cuando bajaba todas sus defensas.

Me acerqué despacio, sin romper el momento.

El ruido de las cuerdas del saco, el eco de nuestras respiraciones, todo parecía formar parte de algo que por fin tenía sentido.

— ¿Estás listo? — pregunté.

— Más que nunca.

Y le creí. Porque en su voz no había miedo, ni irá, ni dudas. Solo decisión.

Habían pasado semanas entrenando de manera legal, sin peleas clandestinas, sin trampas ni golpes bajos. Había vuelto a empezar desde cero.

Lo había perdido todo, pero de algún modo, lo estaba recuperando todo también.

— A veces pienso — dije en voz baja, sin mirarlo directamente. — que si aquella noche no hubiera ido contigo, nada de esto existiría.

— Y yo pienso — contestó él, sin dejar de mirarme — que si no hubieras aparecido, yo seguiría perdido.

Sentí un nudo en la garganta. No era una declaración, ni un adiós. Era una verdad simple. De esas que duelen un poco, pero también sanan.

Nos quedamos en silencio unos segundos, el tipo de silencio que no incomoda, sino que reconforta. El que solo existe entre dos personas que ya se han dicho todo sin palabras.

Él volvió a golear el saco, y yo me quedé observándolo, sabiendo que ese sonido, el de sus golpes firmes, ya no eran de violencia. Era liberación.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el futuro no daba miedo.

Que tal vez, solo tal vez, habíamos aprendido a no huir.

El día del torneo llegó antes de lo que imaginábamos.

El gimnasio estaba irreconocible, luces blancas, pancartas, público ordenado, jueces uniformados. Todo legal. Todo limpio. Nada que ver con aquellos sótanos oscuros y llenos de apuestas clandestinas.

Yo estaba sentada en las gradas, con las manos entrelazadas y el corazón acelerado.

No era miedo, o tal vez sí. Pero no por lo que pudiera pasar en el ring, sino por lo que ese momento significaba para él. Para los dos.

Leo subió al cuadrilátero con paso firme, el cuerpo relajado pero atento. Llevaba la mirada en alto, sin la rabia de antes. Solo determinación.

El público aplaudió, pero él solo buscaba mis ojos entre la multitud.

Y cuando los encontró, me sonrió. Una de esas sonrisas que te dejan sin aire.

El combate comenzó.

Los golpes sonaban secos y eran precisos. Cada movimiento estaba medido. No había violencia descontrolada, sino técnica. Disciplina.

Había aprendido a dominar la furia que antes lo consumía. A convertirla en algo que no destruía, sino que le daba sentido.

Yo contenía la respiración con cada golpe, con cada giro. A veces cerraba los ojos, recordando otras noches, otras heridas. Pero cuando los abría, solo veía a un hombre que ya no huía de sí mismo. Un hombre que había decidido pelear por algo más que sobrevivir.

El último asalto fue intenso.

Ambos estaban agotados, sudorosos, jadeando.

Y entonces, en un instante perfecto, Leo esquivó un golpe y contraatacó con precisión.

El rival cayó.

El árbitro levantó el brazo.

Victoria.

El público estalló en aplausos, pero yo no oí nada.

Solo lo vi a él, de pie, mirando el cielo con los ojos cerrados. Como si respirara libertad por primera vez.

Saltó del ring y vino hacia mí.

La gente lo felicitaba, lo aplaudía, le daban la mano, pero él no se detuvo hasta llegar a donde yo estaba.

Se detuvo frente a mí, empapado en sudor, con una sonrisa cansada y los ojos brillantes.

— Te lo dije — susurró. — Esta vez gané sin destruirme.




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