Las rosas del ring

Epílogo

Han pasado dos años. A veces tres, dependiendo de cómo mida el tiempo: si por calendarios o por recuerdos. Porque hay días en los que todo parece tan lejano que cuesta creer que esa chica asustada, sentada en un coche con el corazón acelerado, fuera yo. Y otros en los que basta con oler el sudor del gimnasio o escuchar el golpe seco de los guantes contra el saco para que todo vuelva de golpe, nítido, real.

El gimnasio sigue siendo el mismo, al menos por fuera. La pintura desconchada en algunas paredes, el suelo gastado, el ruido constante de pesas chocando entre sí. Pero ya no lo miro con miedo. Ya no siento ese nudo en el estómago cada vez que cruzo la puerta. Ahora es un lugar que me resulta familiar, casi seguro. Un sitio donde aprendí que las personas también pueden cambiar de escenario sin perder su esencia.

Me apoyo en la barandilla y lo observo entrenar. Lo hago en silencio, como siempre. Él no sabe que estoy aquí todavía, o quizá sí, porque a veces tiene esa manía de girar la cabeza justo cuando lo miro, como si pudiera sentirme incluso a la distancia. Su cuerpo se mueve con precisión, con control. Cada golpe tiene una intención clara, cada paso está medido. Ya no pelea desde la rabia, ni desde la necesidad desesperada de demostrar algo. Ahora pelea porque quiere, porque lo ha elegido.

Y eso es lo que más me emociona.

Sigue teniendo un buen físico, incluso mejor que antes, pero hay algo distinto en su forma de estar presente. No es solo fuerza. Es calma. Es disciplina. Es saber cuándo parar. Las cicatrices siguen ahí, algunas visibles, otras escondidas bajo la ropa o bajo la piel, pero ya no las veo como heridas abiertas, sino como capítulos cerrados. Como pruebas de que sobrevivió.

A veces pienso en todo lo que callamos durante tanto tiempo. En las discusiones que parecían no tener fin, en las noches en las que me preguntaba si amarle significaba perderme un poco a mí. Recuerdo el miedo constante, la sensación de estar siempre al borde de algo que podía romperse en cualquier momento. Vivíamos con la tensión pegada al cuerpo, como si el futuro dependiera de un solo golpe mal dado.

Ahora el miedo es distinto. Más pequeño. Más humano. Ya no temo perderlo en un ring improvisado, ni recibir una llamada en mitad de la noche. Me preocupa, claro, porque siempre me preocupará. Pero he aprendido que amar no es vivir aterrada, sino confiar incluso cuando cuesta.

Nuestra vida juntos no es una película perfecta. Hay días en los que discutimos por tonterías, por cansancio, por silencios mal interpretados. Hay días en los que el pasado vuelve a asomarse, disfrazado de inseguridad o de dudas. Pero ya no huimos. Nos quedamos. Nos miramos. Hablamos. Y eso, aunque parezca simple, ha sido lo más difícil de aprender.

Cuando lo veo bajar del ring, secándose el sudor con la toalla, siento algo parecido a la paz. No esa paz idealizada que prometen las historias, sino una real, construida con esfuerzo, con errores y con segundas oportunidades. Me busca con la mirada y, cuando nuestros ojos se encuentran, todo lo demás desaparece por un segundo, igual que la primera vez. Solo que ahora no duele. Ahora sostiene.

Y en ese instante entiendo que no fue el destino lo que nos mantuvo aquí. Fueron las decisiones. Las suyas. Las mías. Las nuestras.

Se acerca a mí con esa sonrisa pequeña que solo aparece cuando cree que nadie lo está mirando. Me besa la frente con cuidado, como si aún temiera romper algo, y me pregunta desde cuándo estoy ahí. Le digo que desde hace un rato, que quería verle entrenar. No hace falta decir nada más. Entre nosotros, muchas palabras ya sobran.

Salimos del gimnasio cuando el sol empieza a caer. El cielo está teñido de naranja y durante unos segundos me permito pensar que la vida, a veces, también sabe ser amable. Caminamos en silencio, con las manos entrelazadas, y ese gesto sencillo me recuerda todo lo que hemos atravesado para llegar hasta aquí. Antes, tocarnos era una forma de anclarnos para no hundirnos. Ahora es simplemente hogar.

Los combates legales llegaron despacio, casi sin hacer ruido. Primero fue una oportunidad pequeña, luego otra un poco más grande. Entrenamientos más duros, horarios estrictos, normas que antes parecían imposibles de cumplir. Le costó adaptarse. Hubo momentos en los que quiso rendirse, en los que la tentación de volver a lo fácil —aunque fuera peligroso— apareció de nuevo. Pero esta vez no estaba solo. Y, por primera vez, tampoco se sentía obligado a cargar con todo el peso del pasado.

El nombre de su padre ya no es una herida abierta. Sigue doliendo, sí, pero ahora duele de otra manera. No como una razón para destruirse, sino como un recuerdo al que honrar sin repetir los mismos errores. Cuando sube al ring, lo hace con respeto. Por él. Por su madre. Por la vida que estamos construyendo.

Yo también he cambiado. Aprendí que amar no significa salvar a nadie, ni sacrificarme hasta desaparecer. Aprendí a poner límites, a decir que no, a elegir-me sin sentir culpa. Y, curiosamente, fue cuando dejé de intentar protegerlo de todo cuando él empezó a crecer de verdad.

A veces, por la noche, hablamos del futuro. No hacemos planes grandiosos ni promesas eternas. Hablamos de cosas pequeñas: de mudarnos a un piso más luminoso, de viajar sin prisas, de mañanas tranquilas. De seguir eligiéndonos incluso cuando no sea fácil. Incluso cuando el amor no se sienta épico, sino cotidiano.

Le veo dormir y pienso que el amor no fue encontrarlo en un lugar oscuro, sino quedarnos cuando decidimos salir de allí. Que nuestra historia no va de combates, ni de violencia, ni de peligro. Va de transformación. De segundas oportunidades. De aprender a pelear solo cuando vale la pena.

Y mientras cierro los ojos, con su respiración acompasando la mía, sé que no ganamos porque venciera a otros en un ring. Ganamos porque, al final, eligió luchar por su vida. Y yo elegí quedarme para verla florecer con él.




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