Las rosas que aprendieron a sobrevivir

Capítulo 2: Palabras que no quería escuchar

Después de aceptar que estaba enamorada de él, todo comenzó a sentirse diferente.

Ya no podía fingir que nuestros encuentros eran simplemente una parte más de mi rutina. Cada vez que lo veía acercarse, mi corazón parecía olvidar cómo comportarse con normalidad.

Y él no parecía notarlo.

O quizás simplemente nunca imaginó lo que ocurría dentro de mí.

Seguíamos siendo amigos. Hablábamos todos los días, reíamos y compartíamos pequeños momentos que para él probablemente no significaban nada especial, pero que para mí se habían convertido en recuerdos importantes.

Cuanto más tiempo pasaba, más difícil se volvía guardar lo que sentía.

Había noches en las que me acostaba pensando en todas las cosas que quería decirle.

Me gustas.

Eres importante para mí.

No sé cuándo ocurrió, pero ya no puedo verte solamente como mi amigo.

Sin embargo, cuando estaba frente a él, todas aquellas palabras desaparecían.

Tenía miedo.

Miedo de perderlo.

Miedo de que, después de conocer la verdad, todo cambiara entre nosotros.

Porque a veces preferimos vivir con una duda antes que enfrentarnos a una respuesta que podría romper algo que amamos.

Pero llegó un momento en el que ya no pude seguir guardándolo.

Aquella tarde el cielo estaba cubierto de nubes. Habíamos salido de clases y caminábamos lentamente, hablando de cosas sin importancia. Yo apenas podía concentrarme en lo que decía.

Mi mente estaba en otro lugar.

Sentía que aquel día tenía que hacerlo.

Tenía que decirle la verdad.

—¿Estás bien? —preguntó de repente.

Lo miré.

—Sí.

—No parece.

Intenté sonreír.

—¿Por qué dices eso?

—Porque estás muy callada.

Por un momento pensé en negar todo otra vez.

Decirle que estaba cansada.

Cambiar de tema.

Seguir caminando y guardar mis sentimientos como había hecho durante tanto tiempo.

Pero algo dentro de mí me dijo que ya era suficiente.

Me detuve.

Él también se detuvo y me miró con curiosidad.

—Tengo que decirte algo.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Ocurrió algo?

Negué con la cabeza.

—No… bueno, no sé.

Sentí cómo mis manos comenzaban a temblar.

Nunca había sentido tanto miedo por unas simples palabras.

Él esperó.

Y aquel silencio hizo que mi corazón latiera con más fuerza.

—Yo… —comencé.

Las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.

Respiré profundamente.

—Creo que me gustas.

Por un instante, todo quedó en silencio.

Él no respondió.

Y ese silencio fue suficiente para que comenzara a arrepentirme.

—No tienes que decir nada —me apresuré a decir—. Olvídalo. Yo no debería haber dicho eso.

Pero él levantó una mano, pidiéndome que esperara.

—No —dijo—. No quiero que pienses eso.

Lo miré.

Una pequeña parte de mí todavía esperaba algo.

Quizás una sonrisa.

Quizás una respuesta diferente.

Quizás que él sintiera lo mismo.

Pero su mirada me dio a entender que no era así.

—Eres una persona muy importante para mí —dijo finalmente—. Pero no siento lo mismo.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

No lloré.

No en ese momento.

Simplemente asentí, intentando mantener una expresión tranquila.

—Lo entiendo.

Mentí.

Porque no lo entendía.

No entendía por qué mi corazón había elegido querer a alguien que nunca podría quererme de la misma manera.

—Espero que esto no cambie nuestra amistad —continuó.

Sus palabras dolieron más de lo que esperaba.

Porque, aunque quería seguir siendo su amiga, sabía que para mí ya no sería tan fácil.

—No cambiará nada —respondí.

Otra mentira.

Claro que cambiaría.

Todo había cambiado desde el momento en que comprendí que estaba enamorada de él.

Él parecía aliviado.

—Me alegra escucharlo.

Yo sonreí.

Una sonrisa que había aprendido a utilizar cuando no quería que los demás vieran lo que realmente sentía.

Continuamos caminando.

Intentamos hablar de otros temas.

Intentamos fingir que aquella conversación nunca había ocurrido.

Pero yo sentía que había una distancia nueva entre nosotros.

Una distancia invisible.

Esa noche llegué a mi casa y me encerré en mi habitación.

Me senté frente a la ventana y miré el cielo oscuro.

Por primera vez desde que lo conocía, deseé poder volver atrás.

Volver al momento en el que todo era sencillo.

Cuando todavía podía convencerme de que mis sentimientos no existían.

Cuando él era solamente mi amigo.

Pero ya era demasiado tarde.

Las lágrimas comenzaron a aparecer silenciosamente.

No porque él hubiera sido cruel.

No lo había sido.

Tal vez eso era lo que más dolía.

Él simplemente no sentía lo mismo.

Y nadie puede obligar a un corazón a amar.

Con el paso de los días, intenté comportarme como siempre.

Cuando lo veía, sonreía.

Cuando hablábamos, fingía que todo estaba bien.

Y cuando alguien me preguntaba cómo estaba, respondía lo mismo de siempre:

—Estoy bien.

Pero en mi interior había comenzado una batalla silenciosa.

Una parte de mí quería alejarse.

Otra quería permanecer a su lado.

Porque, incluso después de escuchar las palabras que no quería escuchar, seguía siendo una de las personas más importantes para mí.

Así que tomé una decisión.

Seguiría siendo su amiga.

No porque fuera fácil.

Sino porque todavía no estaba preparada para perderlo.

Lo que no sabía era que él también guardaba secretos.

Secretos que se escondían detrás de sus silencios.

Había momentos en los que lo veía distraído, mirando hacia algún lugar sin realmente observar nada. A veces sonreía, pero su sonrisa parecía desaparecer demasiado rápido.




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