Los días posteriores a nuestra última conversación fueron extraños.
Al principio no noté nada.
Pensé que simplemente estaba ocupado. Que quizá necesitaba tiempo para sí mismo. Después de todo, muchas veces había preferido guardar silencio cuando algo le preocupaba.
Pero pasaron los días.
Y él no apareció.
El primer día esperé encontrarlo en el mismo lugar de siempre.
Miré a mi alrededor.
Esperé unos minutos.
Después una hora.
Pero nunca llegó.
Intenté no preocuparme.
Quizás está enfermo, pensé.
Al día siguiente volví a buscarlo.
Y tampoco estaba.
Aquella sensación que había comenzado como una pequeña inquietud se convirtió poco a poco en miedo.
Intenté escribirle.
Esperé una respuesta.
Nada.
Volví a intentarlo más tarde.
Nada.
Los días comenzaron a sentirse demasiado largos.
Cada vez que mi teléfono sonaba, pensaba que podía ser él. Cada vez que alguien mencionaba su nombre, mi corazón se detenía durante unos segundos.
Pero él seguía sin aparecer.
Una tarde, mientras estaba sentada en mi habitación, recordé nuestra última conversación.
—Gracias por quedarte.
Sus palabras volvieron a mi mente.
Entonces sentí algo que no podía explicar.
Una preocupación profunda.
Como si una parte de mí supiera que algo no estaba bien.
Quise buscarlo.
Quise hacer más preguntas.
Quise encontrar a alguien que pudiera decirme dónde estaba.
Pero nadie parecía tener respuestas.
Y entonces llegó la noticia.
No recuerdo exactamente quién me la dio.
Quizás mi mente decidió borrar aquel momento para protegerme.
Solo recuerdo el silencio.
Las palabras.
Y después, nada.
Me quedé inmóvil.
Como si el mundo hubiera continuado avanzando mientras yo permanecía atrapada en un solo instante.
No quería creerlo.
No podía.
Porque hacía tan poco habíamos hablado.
Porque todavía había cosas que nunca le había dicho.
Porque una parte de mí seguía esperando verlo aparecer y escuchar su voz como si nada hubiera ocurrido.
Pero no apareció.
Y fue entonces cuando comprendí lo que significa la ausencia.
No es solamente que alguien ya no esté.
Es buscarlo en lugares donde solía estar.
Es esperar una respuesta que nunca llega.
Es recordar una conversación y preguntarte si podrías haber dicho algo diferente.
Durante los primeros días, mi mente se llenó de preguntas.
¿Por qué no me dijo lo que estaba pasando?
¿Por qué no pidió ayuda?
¿Por qué no supe comprenderlo?
Aquellas preguntas se repetían una y otra vez.
Pero con el tiempo tuve que enfrentar una verdad dolorosa.
Yo lo había querido.
Me había preocupado por él.
Había intentado estar presente.
Pero no podía controlar las decisiones ni las luchas que otra persona enfrentaba en silencio.
No era mi culpa.
Sin embargo, mi corazón tardó mucho tiempo en comprenderlo.
Las noches fueron las más difíciles.
Cuando todo quedaba en silencio, los recuerdos parecían hacerse más fuertes.
Recordaba su forma de hablar.
Sus momentos de silencio.
Sus sonrisas.
Incluso aquellas pequeñas conversaciones que antes me parecían insignificantes.
Ahora daría cualquier cosa por volver a tener una.
Pero el tiempo no vuelve.
Y las personas tampoco.
Una tarde regresé al lugar donde solíamos hablar después de clases.
Me senté sola.
El cielo estaba cubierto de nubes y el viento movía lentamente las hojas de los árboles.
Miré el lugar vacío a mi lado.
Por primera vez, dejé de intentar ser fuerte.
Las lágrimas comenzaron a caer.
No solo lloraba por él.
Lloraba por todas las cosas que nunca ocurrirían.
Por las conversaciones que nunca tendríamos.
Por los días que nunca llegarían.
Por la amistad que había pensado que conservaríamos durante mucho tiempo.
Y también lloraba por mí.
Por aquel amor que nunca llegó a ser correspondido.
Por haber aprendido a aceptar que él nunca sentiría lo mismo y, aun así, haber deseado que permaneciera en mi vida.
—Te extraño —susurré.
El viento fue la única respuesta.
Permanecí allí durante mucho tiempo.
Pensando.
Recordando.
Intentando aceptar algo que mi corazón todavía se negaba a comprender.
En los días siguientes, algunas personas intentaron decirme que el dolor desaparecería.
—Con el tiempo estarás mejor.
Yo asentía.
Pero no estaba segura de creerles.
¿Cómo podía estar mejor cuando una persona tan importante ya no estaba?
¿Cómo podía seguir adelante cuando una parte de mi vida parecía haberse quedado detenida?
Con el tiempo descubrí que superar una pérdida no significa olvidar.
Significa aprender a vivir con la ausencia.
Aprender a recordar sin dejar que el recuerdo destruya todo lo que queda.
Pero yo todavía no sabía cómo hacerlo.
Todavía no estaba preparada para continuar.
Cada mañana parecía igual.
Me levantaba.
Iba al colegio.
Hablaba con otras personas.
Intentaba sonreír.
Pero por dentro me sentía vacía.
Y entonces, una noche, me acerqué a la ventana de mi habitación.
Miré la luna.
Recordé una de nuestras conversaciones.
Él siempre había parecido encontrar algo especial en el cielo.
Yo nunca entendí por qué.
Hasta esa noche.
Porque cuando todo lo demás parecía haber cambiado, la luna continuaba allí.
El mundo seguía avanzando.
El viento seguía soplando.
Las personas seguían caminando.
Y, aunque una parte de mí deseaba detener el tiempo, comprendí que no podía hacerlo.
Cerré los ojos.
Respiré profundamente.
No sabía cuánto tiempo me tomaría volver a sentirme bien.