Habían pasado varios días desde que mi vida cambió.
El tiempo continuaba avanzando, aunque para mí parecía haberse detenido.
Las mañanas llegaban demasiado rápido y las noches parecían no terminar nunca. Me acostumbré a despertar esperando que todo hubiera sido un mal sueño, pero cada día la realidad volvía a encontrarme.
Él ya no estaba.
Y esa verdad dolía cada vez que la recordaba.
Durante el día intentaba mantenerme ocupada. Escuchaba a los demás hablar, respondía cuando me hacían preguntas e incluso sonreía algunas veces.
Pero cuando llegaba la noche, el silencio me obligaba a enfrentar mis pensamientos.
Aquella noche no pude dormir.
Me levanté lentamente y miré por la ventana. La luna iluminaba las calles silenciosas y el viento movía las ramas de los árboles.
Por alguna razón, sentí la necesidad de salir.
Me puse una chaqueta y caminé lentamente.
Las calles estaban tranquilas.
No había demasiadas personas.
Solo se escuchaba el sonido del viento y mis propios pasos.
Mientras caminaba, levanté la mirada hacia la luna.
Siempre había estado allí.
Incluso antes de que lo conociera.
Incluso ahora que él ya no estaba.
Y probablemente continuaría allí cuando yo aprendiera a seguir adelante.
—¿Por qué? —susurré.
No esperaba una respuesta.
Pero necesitaba hacer la pregunta.
—¿Por qué todo tenía que terminar así?
Seguí caminando.
Mi mente comenzó a llenarse de recuerdos.
Recordé la primera vez que hablamos.
Recordé nuestras conversaciones.
Recordé su sonrisa.
Recordé el día en que me dijo que no sentía lo mismo.
Y, extrañamente, ese recuerdo ya no me dolía de la misma manera.
El rechazo había dejado de ser lo más importante.
Ahora solo deseaba haber tenido más tiempo.
Más conversaciones.
Más oportunidades para decirle cuánto significaba su amistad para mí.
Me detuve cerca de un pequeño parque.
Las bancas estaban vacías y las hojas se movían lentamente con el viento.
Me senté.
Por primera vez en mucho tiempo, dejé que mis pensamientos aparecieran sin intentar detenerlos.
Pensé en mi vida.
En todo lo que había ocurrido.
Y en aquella pregunta que regresaba una y otra vez.
¿Por qué siempre me pasan estas cosas a mí?
No era una pregunta justa.
Lo sabía.
Pero cuando estamos tristes, a veces no buscamos respuestas.
Solo buscamos un lugar donde colocar nuestro dolor.
Respiré profundamente.
El aire frío llenó mis pulmones.
Miré nuevamente hacia la luna.
Entonces pensé en algo.
Había pasado por mucho.
Más de lo que alguna vez imaginé.
Y, aunque en ese momento me sentía rota, también sabía que no era la primera vez que mi corazón había tenido que soportar algo difícil.
Tal vez no era tan débil como pensaba.
Tal vez simplemente estaba cansada.
Cansada de perder.
Cansada de esperar.
Cansada de guardar todo lo que sentía.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Pero aquella vez no intenté detenerlas.
Lloré por todo lo que había guardado.
Por las palabras que nunca dije.
Por los momentos que no volverían.
Por el amor que nunca fue.
Por la amistad que había perdido.
Y cuando finalmente las lágrimas dejaron de caer, permanecí en silencio.
Respiré.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El dolor continuaba allí.
Pero ya no se sentía como una tormenta imposible de atravesar.
Era una herida.
Y las heridas necesitan tiempo.
No desaparecen de un día para otro.
Pero pueden sanar.
Me quedé observando la luna durante unos minutos más.
Entonces, por primera vez, pensé que quizá podía seguir adelante.
No porque hubiera dejado de quererlo.
No porque hubiera olvidado todo lo que había ocurrido.
Sino porque comprendí que mi vida no había terminado con aquella pérdida.
Todavía tenía sueños.
Todavía tenía cosas por descubrir.
Todavía había personas que conocer.
Caminos que recorrer.
Palabras que escribir.
Me levanté de la banca.
Antes de regresar a casa, miré una última vez hacia el cielo.
—No sé cómo seguir adelante —susurré—, pero voy a intentarlo.
Aquellas palabras no solucionaron todo.
No hicieron que el dolor desapareciera.
Pero fueron un comienzo.
Al llegar a casa, entré en mi habitación.
Sobre mi escritorio había un cuaderno que llevaba mucho tiempo sin utilizar.
Me senté frente a él.
Abrí una página en blanco.
Tomé un lápiz.
Durante unos minutos no escribí nada.
No sabía por dónde comenzar.
Había demasiadas cosas dentro de mí.
Demasiados pensamientos.
Demasiadas palabras.
Finalmente escribí una sola frase:
«Hay recuerdos que duelen porque fueron demasiado importantes para olvidarlos.»
Me quedé observando aquellas palabras.
Después escribí otra.
Y otra.
Poco a poco, la página comenzó a llenarse.
Escribí sobre él.
Sobre mí.
Sobre la tristeza.
Sobre la luna.
Sobre todas las cosas que no había podido decir en voz alta.
Esa noche descubrí algo.
Las palabras no podían cambiar el pasado.
No podían traer de vuelta lo que había perdido.
Pero podían ayudarme a comprender lo que sentía.
Podían convertirse en un lugar seguro.
Un lugar donde podía ser completamente sincera.
Desde aquella noche, comencé a escribir cada vez que el dolor se hacía demasiado grande.
No siempre escribía cosas tristes.
A veces escribía recuerdos.
A veces preguntas.
A veces simplemente describía cómo se veía el cielo.
Pero cada palabra parecía quitar un poco de peso a mi corazón.
Y lentamente, sin darme cuenta, algo comenzó a cambiar.