El tiempo comenzó a avanzar de una forma extraña.
Algunas heridas parecían sanar lentamente, mientras que otras permanecían escondidas, esperando el momento para volver a doler.
Yo continué escribiendo.
Mi cuaderno comenzó a llenarse de palabras que nadie más conocía.
Allí guardaba mis recuerdos.
Mis miedos.
Mis preguntas.
Y también aquellas pequeñas esperanzas que todavía no me atrevía a decir en voz alta.
Habían pasado varios meses desde aquella noche bajo la luna.
No podía decir que todo estuviera bien.
Pero ya no todo estaba mal.
Había aprendido a convivir con la ausencia. Algunos días recordaba el pasado y sentía un profundo vacío. Otros días podía sonreír sin sentir culpa.
Poco a poco, mi vida comenzó a cambiar.
El inicio de una nueva etapa en el colegio llegó acompañado de nuevos salones, nuevos profesores y personas que todavía no conocía.
Al principio me sentí extraña.
No sabía si quería volver a empezar.
Una parte de mí todavía estaba acostumbrada a mirar hacia atrás.
Pero recordé las palabras que me había dicho aquella noche.
Voy a intentarlo.
Así que entré al salón.
Había grupos de estudiantes hablando, riendo y buscando sus lugares. Algunos parecían conocerse desde hacía mucho tiempo.
Yo elegí un asiento cerca de la ventana.
Siempre me habían gustado las ventanas.
Me permitían observar el mundo sin tener que participar en él.
Saqué mis cuadernos y esperé a que comenzaran las clases.
Fue entonces cuando lo vi.
Estaba sentado unas filas más adelante.
Solo.
No hablaba con nadie.
Mientras los demás reían y conversaban, él permanecía observando la mesa frente a él.
Había algo diferente en él.
No era solamente que fuera solitario.
Era la forma en que parecía estar rodeado de personas y, aun así, encontrarse completamente lejos.
Por un instante me recordó a alguien.
Aparté rápidamente aquel pensamiento.
No quería comparar a nadie.
Pero era inevitable.
Había conocido aquella mirada antes.
La mirada de una persona que parecía esconder demasiado.
Durante los primeros días no hablamos.
Solo sabía su nombre porque los profesores lo mencionaban durante las clases.
A veces lo veía caminar solo por los pasillos.
Otras veces permanecía sentado en lugares apartados durante los descansos.
Los demás parecían tener opiniones sobre él.
—Es extraño —escuché decir a una estudiante.
—Nunca habla con nadie.
—Dicen que siempre está solo.
Yo no dije nada.
Había aprendido que las personas podían crear historias sobre alguien sin conocer realmente lo que escondía su corazón.
Un día, durante el descanso, decidí sentarme en un lugar tranquilo.
Llevaba conmigo mi cuaderno.
Había comenzado a escribir una historia sobre una rosa que crecía en medio de un jardín abandonado.
No sabía exactamente por qué.
Quizás porque, de alguna manera, sentía que algunas personas también podían crecer incluso en los lugares más difíciles.
Estaba tan concentrada escribiendo que no escuché los pasos.
—¿Qué escribes?
Levanté la mirada.
Era él.
El chico que siempre estaba solo.
Cerré el cuaderno por instinto.
—Nada importante.
Él sonrió apenas.
—Si lo escondes, probablemente sea importante.
No supe qué responder.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Después señalé el lugar vacío frente a mí.
—Puedes sentarte, si quieres.
Él pareció sorprendido.
—¿No te molesta?
—No.
Se sentó.
Durante los primeros minutos reinó el silencio.
Pero no era un silencio incómodo.
Era tranquilo.
Como si ninguno de los dos sintiera la necesidad de llenar cada momento con palabras.
Finalmente, él habló.
—Siempre estás escribiendo.
—¿Me has estado observando?
—A veces.
Lo miré con curiosidad.
—Eso suena un poco extraño.
Él dejó escapar una pequeña risa.
—Entonces somos dos personas extrañas.
Por primera vez, sonreí.
Aquella conversación fue sencilla.
No hablamos de cosas importantes.
Solo de libros, música y algunas historias que nos gustaban.
Sin embargo, cuando terminó el descanso, descubrí que no quería que la conversación acabara.
—¿Te gustan las historias tristes? —me preguntó antes de levantarse.
—Sí.
—¿Por qué?
Pensé durante unos segundos.
—Porque a veces las historias tristes nos hacen sentir menos solos.
Él me observó en silencio.
—Eso es cierto.
Después se alejó.
Lo observé caminar hasta desaparecer entre los demás estudiantes.
No sabía mucho sobre él.
Ni siquiera podía decir que lo conocía.
Pero algo había despertado mi curiosidad.
Durante las siguientes semanas comenzamos a hablar más.
Descubrimos que teníamos gustos parecidos.
A los dos nos gustaba escribir.
A los dos nos gustaban las historias misteriosas.
A los dos nos agradaban los lugares tranquilos.
Y, curiosamente, los dos parecíamos sentirnos más cómodos con el silencio que con las multitudes.
Nuestra amistad comenzó lentamente.
Sin grandes promesas.
Sin palabras especiales.
Simplemente comenzó.
Pero había momentos en los que él hacía cosas que me parecían extrañas.
A veces desaparecía durante horas y nadie sabía dónde estaba.
Otras veces llegaba al colegio con una expresión cansada y permanecía en silencio durante todo el día.
Cuando le preguntaba si algo estaba mal, siempre respondía lo mismo.
—Todo está bien.
Yo conocía demasiado bien aquellas palabras.
Por eso nunca insistía demasiado.
No quería obligarlo a hablar.
Solo quería que supiera que podía hacerlo.
Un día, mientras caminábamos después de clases, me preguntó: