Después de aquel primer encuentro, algo cambió entre nosotros.
No fue inmediato.
No comenzamos a contarnos todos nuestros secretos ni nos convertimos en mejores amigos de un día para otro.
Simplemente empezamos a hablar.
Y cada conversación parecía acercarnos un poco más.
Al principio eran cosas sencillas.
Libros.
Música.
Películas.
Historias que nos gustaban.
Pero con el paso de los días descubrimos que teníamos más cosas en común de las que imaginaba.
A los dos nos gustaban los lugares tranquilos.
Los dos preferíamos observar antes que hablar.
Y, aunque él no escribía con la misma frecuencia que yo, también tenía una forma extraña de comprender las palabras.
Una tarde, durante el descanso, me encontró sentada cerca de la ventana.
Como siempre, tenía mi cuaderno conmigo.
—¿Otra vez escribiendo? —preguntó.
Levanté la mirada.
—¿Y tú otra vez observando?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Supongo que cada uno tiene sus costumbres.
Cerré el cuaderno.
—¿Quieres saber qué estaba escribiendo?
Él se sentó cerca de mí.
—Pensé que nunca se lo mostrabas a nadie.
—Normalmente no.
—¿Entonces por qué yo?
Me quedé pensando unos segundos.
—No lo sé.
Aquella era la verdad.
No sabía por qué comenzaba a sentirme cómoda con él.
Tal vez era porque no hacía demasiadas preguntas.
Tal vez porque podía permanecer en silencio sin que el silencio se volviera incómodo.
O quizás porque, de alguna manera, sentía que él también tenía muchas cosas que nunca había dicho.
Abrí el cuaderno y le mostré algunas páginas.
Él las observó en silencio.
Esperé una crítica.
Una pregunta.
Cualquier comentario.
Pero después de unos minutos, simplemente dijo:
—Escribes como si tus palabras fueran más sinceras que tu voz.
Sus palabras me sorprendieron.
—¿Eso es algo bueno?
—Creo que sí.
—¿Por qué?
Me miró.
—Porque algunas personas nunca encuentran una forma de decir lo que sienten.
Guardé silencio.
Pensé en todas las cosas que yo misma había sido incapaz de decir.
Pensé en las palabras que había guardado durante demasiado tiempo.
—Tal vez tienes razón —respondí.
Desde aquel día, comenzamos a pasar más tiempo juntos.
Algunas veces caminábamos después de clases.
Otras veces nos quedábamos conversando durante los descansos.
Sin darme cuenta, empecé a buscarlo entre las personas.
Otra vez.
Y cuando descubrí aquello, sentí miedo.
No quería repetir el pasado.
No quería volver a querer a alguien y terminar perdiéndolo.
Por eso traté de convencerme de que solo era amistad.
Esta vez será diferente, pensé.
Una tarde, mientras caminábamos por el patio del colegio, él me preguntó:
—¿Todavía piensas mucho en él?
Me detuve.
Él sabía que había perdido a alguien importante, aunque nunca le había contado todos los detalles.
—A veces —respondí.
—¿Lo extrañas?
Miré hacia el suelo.
—Sí.
Él permaneció en silencio.
—Pero estoy aprendiendo a seguir adelante.
—¿Y puedes?
La pregunta me hizo pensar.
—No siempre.
Él asintió lentamente.
—Creo que nadie puede olvidar completamente a una persona importante.
—No quiero olvidarlo.
—Entonces no lo hagas.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—Recordar a alguien no significa que no puedas continuar con tu vida.
Sus palabras se quedaron conmigo durante el resto del día.
Era extraño escuchar aquello de él.
Había algo en su manera de hablar que me hacía pensar que entendía perfectamente lo que significaba perder.
Pero nunca le pregunté por qué.
Con el tiempo, comenzamos a descubrir más cosas el uno del otro.
Él me contó que también le gustaban las noches silenciosas.
Que prefería los días nublados.
Que no le agradaban demasiado las multitudes.
Yo le hablé sobre mi cuaderno.
Sobre la luna.
Sobre las rosas que aparecían constantemente en mis historias.
—¿Por qué siempre escribes sobre rosas? —me preguntó un día.
Sonreí.
—Porque son bonitas.
—Hay muchas cosas bonitas.
—Sí, pero las rosas son diferentes.
—¿En qué sentido?
Cerré mi cuaderno y pensé en una respuesta.
—Pueden parecer delicadas, pero tienen espinas.
Él guardó silencio.
—Entonces, ¿escribes sobre rosas porque te gustan las cosas peligrosas?
Lo miré.
—No.
—¿Entonces?
—Porque creo que las personas son un poco como las rosas.
Él pareció interesado.
—Explícame.
—Algunas personas parecen hermosas y perfectas cuando las conoces. Pero cuando te acercas demasiado, descubres que también pueden lastimarte.
Él sonrió apenas.
—Eso es una buena historia.
—Quizás algún día la escriba.
—Hazlo.
Aquellas palabras parecían sencillas.
Pero me hicieron sentir algo extraño.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien realmente creyera que mis palabras podían tener importancia.
Los días se convirtieron en semanas.
Y las semanas comenzaron a convertirse en recuerdos.
Yo ya no me sentía tan sola.
Había vuelto a tener a alguien con quien hablar.
Alguien con quien compartir silencios.
Alguien que parecía comprender algunas partes de mí sin necesidad de conocer todos mis secretos.
Sin embargo, todavía había cosas que no entendía.
Había momentos en los que él desaparecía.
No del colegio.
Simplemente de las conversaciones.
Podía estar sentado a mi lado y, de repente, parecía encontrarse en otro lugar.
—¿En qué piensas? —le pregunté una vez.
—En nada.
Sonreí ligeramente.
—No te creo.
Él me miró.
—¿Por qué?