Las rosas que aprendieron a sobrevivir

Capítulo 8: Un secreto entre los árboles

Después de aquella tarde bajo la lluvia, nuestra amistad cambió lentamente.

No fue algo que ninguno de los dos dijera en voz alta.

Simplemente ocurrió.

Comenzamos a buscarnos con más frecuencia.

Yo esperaba encontrarlo al llegar al colegio.

Él se sentaba cerca de mí durante los descansos.

Nuestras conversaciones se hicieron más largas y nuestros silencios comenzaron a significar algo diferente.

Había momentos en los que me sorprendía sonriendo después de hablar con él.

Y eso me asustaba.

Porque ya conocía ese sentimiento.

Sabía cómo comenzaba.

Primero era una conversación.

Después una amistad.

Luego, poco a poco, aquella persona comenzaba a ocupar un lugar demasiado importante dentro de ti.

Intenté convencerme de que esta vez sería diferente.

Pero mi corazón parecía no estar de acuerdo.

Una tarde, mientras caminábamos juntos después de clases, él se detuvo.

—Tengo que preguntarte algo.

Lo miré.

—¿Qué ocurre?

Por unos segundos pareció dudar.

—¿Alguna vez has pensado que podríamos ser algo más que amigos?

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

No esperaba aquella pregunta.

Lo observé durante unos segundos, intentando descubrir si estaba bromeando.

Pero su expresión era seria.

—¿Por qué preguntas eso?

Él bajó la mirada.

—Solo quiero saber qué piensas.

Guardé silencio.

Había esperado durante mucho tiempo que alguien me hiciera aquella pregunta.

Sin embargo, cuando finalmente ocurrió, sentí miedo.

Recordé el pasado.

Recordé lo mucho que había dolido querer a alguien que no sentía lo mismo.

Recordé todo lo que había perdido.

—No lo sé —respondí sinceramente.

Él me miró.

—¿No sabes?

—Me da miedo.

Su expresión cambió.

—¿Por lo que pasó antes?

Asentí.

—No quiero volver a perder a alguien.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Después él dio un paso más cerca.

—No puedo prometerte que nada malo ocurrirá.

Sus palabras me sorprendieron.

—Eso no es precisamente tranquilizador.

Él sonrió apenas.

—Pero puedo decirte que quiero intentarlo.

Lo miré.

Había esperado escuchar palabras perfectas.

Promesas.

Seguridad.

Pero, extrañamente, su sinceridad fue lo que me hizo permanecer allí.

—¿Intentar qué?

Su sonrisa desapareció.

—Conocerte de una manera diferente.

Aquella tarde, por primera vez, dejamos de fingir que nuestra relación era solamente una amistad.

No teníamos todas las respuestas.

No sabíamos cuánto podía durar.

Solo sabíamos que queríamos intentarlo.

Los primeros días fueron tranquilos.

No se lo contamos a muchas personas.

Al principio pensé que era porque ambos éramos personas reservadas.

Pero después, él me pidió algo que no esperaba.

—Quiero que nuestra relación sea un secreto.

Lo miré confundida.

—¿Por qué?

—No me gusta que las personas se metan en mi vida.

—Pero no estamos haciendo nada malo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué esconderlo?

Él permaneció en silencio.

—Porque quiero evitar problemas.

Aquella respuesta no terminó de convencerme.

Había algo extraño en la forma en que evitaba hablar del tema.

—¿Qué clase de problemas?

—No importa.

Sus palabras me hicieron sentir incómoda.

Pero una parte de mí no quería comenzar una discusión.

Apenas estábamos empezando algo.

Y tenía miedo de que hacer demasiadas preguntas lo alejara.

Así que acepté.

—Está bien —dije—. Por ahora.

Él sonrió.

Pero mientras lo hacía, yo sentí una pequeña inquietud.

Una sensación que decidí ignorar.

Durante las siguientes semanas seguimos viéndonos.

Hablábamos en el colegio.

Caminábamos juntos cuando podíamos.

Y algunas veces nos encontrábamos en lugares tranquilos, lejos del ruido y de las miradas de los demás.

Un día me dijo que quería llevarme a un lugar que le gustaba.

—¿Dónde?

—Es una sorpresa.

—No me gustan las sorpresas.

Él sonrió.

—Entonces tal vez esta te guste.

Acepté.

Llegó el día y caminamos durante un buen rato hasta llegar a un sendero rodeado de árboles.

El lugar era tranquilo.

Demasiado tranquilo.

La luz atravesaba las ramas y el viento movía las hojas lentamente.

—Es bonito —dije.

Él me observó.

—Pensé que te gustaría.

—¿Vienes mucho aquí?

—A veces.

—¿Solo?

—La mayoría del tiempo.

Seguimos caminando.

Al principio hablamos de cosas normales.

De las clases.

De nuestros gustos.

De algunas historias que queríamos escribir.

Pero, poco a poco, comencé a sentir que algo era diferente.

Él estaba más callado que de costumbre.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí.

La respuesta fue demasiado rápida.

Me detuve.

Él continuó caminando unos pasos antes de darse cuenta.

—¿Qué ocurre?

Lo miré.

—No lo sé.

—¿Qué quieres decir?

—Siento que estás extraño.

Él permaneció en silencio.

El viento sopló entre los árboles.

Por unos segundos, todo pareció demasiado quieto.

—Estoy bien —repitió.

Quise creerle.

Pero algo dentro de mí comenzó a decirme que no.

Observé su ropa.

Había una pequeña mancha en su camisa.

No era muy visible.

Al principio pensé que podía ser tierra o alguna mancha antigua.

Pero algo me hizo acercarme un poco.

Él notó que la estaba observando.

—¿Qué pasa?

Señalé la mancha.

—¿Qué es eso?

Su expresión cambió.

Y, por primera vez desde que lo conocía, sentí que había algo que no quería que yo viera.

—Nada.

—No parece nada.

Él miró hacia otro lado.

—Deberíamos regresar.




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