Las rosas que aprendieron a sobrevivir

Capítulo 10: Las promesas que pesan

Después de aquella conversación, nada volvió a sentirse igual.

Seguía viéndolo en el colegio.

Seguía escuchando su voz en los pasillos.

Pero ahora había una distancia entre nosotros que antes no existía.

No era una distancia física.

Era algo más difícil de explicar.

Una parte de mí todavía recordaba nuestras conversaciones y los momentos tranquilos que habíamos compartido. Otra parte, en cambio, no podía olvidar los secretos.

Había confiado en él.

Y ahora comprendía que confiar en alguien no significaba ignorar aquello que me hacía sentir incómoda.

Durante varios días intenté evitarlo.

No porque lo odiara.

Ni siquiera porque hubiera dejado de sentir cariño por él.

Simplemente necesitaba pensar.

Necesitaba recordar quién era antes de comenzar a preocuparme tanto por lo que él quería.

Una tarde, mientras estaba sentada sola en el patio, él se acercó.

—¿Podemos hablar?

Levanté la mirada.

Durante unos segundos no respondí.

Finalmente, señalé el lugar vacío frente a mí.

—Puedes sentarte.

Él lo hizo.

Por un momento, ninguno de los dos habló.

—He estado pensando —dijo finalmente.

—Yo también.

—Sé que cometí errores.

—Sí.

Su mirada se entristeció.

—No quería perderte.

Aquellas palabras me hicieron bajar la mirada.

Durante mucho tiempo había creído que amar a alguien significaba permanecer a su lado sin importar qué ocurriera.

Ahora comenzaba a comprender que no era así.

—No puedes pedirme que me quede solo porque tienes miedo de estar solo —dije.

Él guardó silencio.

—No es solo eso.

—Entonces, ¿qué es?

Tardó unos segundos en responder.

—No sé cómo explicarlo.

—Inténtalo.

Él respiró profundamente.

—Desde que te conocí, sentí que eras diferente. Me hiciste sentir que alguien podía comprenderme.

Sus palabras me conmovieron.

Pero también recordé algo importante.

Que una persona necesitara compañía no significaba que yo tuviera que sacrificar mi tranquilidad.

—Puedo comprenderte —respondí—, pero eso no significa que tenga que aceptar todo lo que haces.

Él bajó la mirada.

—Lo sé.

—Y si realmente me quieres, debes respetar lo que decida.

Por primera vez, no respondió inmediatamente.

El silencio se extendió entre nosotros.

Entonces dijo:

—¿Y qué vas a decidir?

La pregunta permaneció en mi mente.

No tenía una respuesta sencilla.

Una parte de mí quería recordar únicamente los momentos buenos.

Las conversaciones.

Las risas.

La sensación de no estar sola.

Pero también existía otra parte.

Una parte que había aprendido a escuchar su miedo.

Una parte que ya no quería ignorar las señales.

—Necesito tiempo —respondí.

Él asintió lentamente.

—¿Y después?

Lo miré.

—No lo sé.

Aquella era la verdad.

No podía hacerle una promesa.

No podía decir que todo volvería a ser como antes.

Porque algunas verdades cambian para siempre la forma en que vemos a las personas.

Él se levantó lentamente.

—Esperaré.

—No quiero que esperes algo que quizás no pueda darte.

Se detuvo.

—Entonces, ¿qué quieres que haga?

Pensé durante unos segundos.

—Quiero que respetes mi decisión.

Él me miró.

Y, por primera vez, pareció comprender que no podía obligarme a elegirlo.

Después se alejó.

Yo me quedé sola.

Abrí mi cuaderno y observé las páginas llenas de palabras.

Había escrito tanto sobre otras personas.

Sobre lo que habían significado para mí.

Sobre lo que había perdido.

Sobre los sentimientos que me habían dejado.

Pero esa tarde decidí escribir sobre mí.

Escribí sobre la persona que quería ser.

Sobre la vida que quería construir.

Sobre todo aquello que todavía deseaba conocer.

Y comprendí algo.

Mi historia no tenía que estar definida únicamente por las personas que entraban o salían de mi vida.

Yo también podía decidir quién quería ser.

Los días siguientes continuaron avanzando.

Algunas veces lo veía desde lejos.

Otras veces intercambiábamos unas pocas palabras.

Nada era como antes.

Pero tampoco quería fingir que nada había cambiado.

Había aprendido demasiado.

Aprendí que una relación debe estar construida sobre la confianza.

Que los secretos pueden convertirse en muros.

Que querer a alguien no significa aceptar aquello que nos hace daño.

Y que no debía perderme intentando ser la solución a los problemas de otra persona.

Una noche, mientras escribía, escuché el sonido del viento contra mi ventana.

Miré hacia afuera.

La luna iluminaba silenciosamente la oscuridad.

Durante mucho tiempo había relacionado la luna con la tristeza.

Con los recuerdos.

Con las personas que ya no estaban.

Pero esa noche pensé en ella de otra manera.

Incluso en la oscuridad, algo podía seguir brillando.

Tomé mi lápiz y escribí:

«No quiero que mi historia sea una colección de personas que me hicieron sufrir. Quiero que también sea la historia de una persona que aprendió a levantarse.»

Leí la frase varias veces.

Después sonreí.

Una sonrisa pequeña.

Pero sincera.

Todavía no tenía todas las respuestas.

Todavía había cosas que dolían.

Y sabía que el futuro podía traer nuevas dificultades.

Pero ya no quería vivir únicamente mirando hacia atrás.

Había sobrevivido a momentos que alguna vez creí imposibles de superar.

Había perdido.

Había llorado.

Había tenido miedo.

Y aun así, seguía allí.

Con un cuaderno entre las manos.

Con palabras que todavía quería escribir.

Con una vida que todavía continuaba.

Cerré el cuaderno y me acerqué a la ventana.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.