Había pasado mucho tiempo desde que todo comenzó.
A veces me sorprendía pensando en la persona que era antes.
La chica que tenía miedo de decir lo que sentía.
La chica que creyó que un rechazo era el final de su historia.
La chica que pensó que una pérdida podía destruirla para siempre.
La chica que confundió el amor con la necesidad de quedarse, incluso cuando algo dentro de ella le pedía alejarse.
Esa chica seguía siendo yo.
Pero también había cambiado.
Una mañana desperté antes de que sonara la alarma.
La luz comenzaba a entrar por la ventana y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí el peso de la tristeza al abrir los ojos.
Me quedé observando el techo durante unos segundos.
Era una sensación extraña.
No porque todo estuviera perfecto.
Todavía había días difíciles.
Todavía existían recuerdos que aparecían sin avisar.
Pero ya no sentía que cada recuerdo tuviera el poder de detener mi vida.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
El cielo estaba claro.
Los árboles se movían suavemente con el viento.
Y, por un momento, simplemente disfruté del silencio.
Había aprendido a no tener miedo de estar sola.
Antes, la soledad me parecía un lugar vacío.
Ahora comenzaba a verla como un espacio donde podía escucharme.
Donde podía descubrir lo que realmente quería.
Tomé mi cuaderno.
Ya no era el mismo que había llevado conmigo durante los momentos más difíciles.
Aquel antiguo cuaderno estaba guardado en una caja.
No porque quisiera olvidar lo que había escrito.
Sino porque había decidido comenzar una nueva etapa.
Abrí mi nuevo cuaderno y escribí:
«No estoy comenzando desde cero. Estoy comenzando desde todo lo que aprendí.»
Me quedé observando aquella frase.
Era verdad.
No podía borrar el pasado.
No podía cambiar las decisiones que había tomado.
No podía recuperar a las personas que había perdido.
Pero podía decidir qué hacer con todo aquello.
Con el tiempo, comprendí que algunas heridas no desaparecen por completo.
Simplemente dejan de controlar cada parte de nosotros.
Aprendemos a vivir con las cicatrices sin permitir que definan todo lo que somos.
En el colegio, las cosas también comenzaron a sentirse diferentes.
Ya no buscaba desesperadamente a una persona que hiciera que mi vida tuviera sentido.
Había comenzado a hablar con más personas.
A reír sin sentir que estaba traicionando los recuerdos.
A disfrutar pequeños momentos sin preguntarme cuándo terminarían.
Había aprendido que la felicidad no siempre llega como un gran acontecimiento.
A veces aparece en cosas pequeñas.
En una conversación inesperada.
En una canción que nos gusta.
En una tarde tranquila.
En la sensación de saber que, después de tanto tiempo, finalmente podemos respirar.
Una tarde, durante el descanso, me senté en el lugar donde tantas veces había escrito.
Abrí mi cuaderno y comencé una nueva historia.
Era diferente a todas las anteriores.
Esta vez no quería escribir únicamente sobre la tristeza.
Quería escribir sobre alguien que había perdido muchas cosas y que, aun así, seguía caminando.
Al principio pensé que sería una historia sobre una rosa.
Una rosa que había sido lastimada por el viento.
Una rosa que había pasado por tormentas.
Una rosa que había perdido algunos pétalos.
Pero, mientras escribía, comprendí algo.
La historia no era realmente sobre una rosa.
Era sobre mí.
Sonreí.
—Supongo que siempre estuve escribiendo sobre mí sin darme cuenta.
—¿Qué cosa?
Levanté la mirada.
Una compañera se había sentado cerca de mí.
Me reí ligeramente.
—Nada importante.
Ella miró mi cuaderno.
—Parece importante.
Recordé algo.
Alguien me había dicho esas mismas palabras mucho tiempo atrás.
Por un instante sentí tristeza.
Pero después sonreí.
Los recuerdos ya no tenían que destruirme.
Podían simplemente existir.
—Tal vez sí lo sea —respondí.
Mi compañera sonrió.
—¿Puedo leerlo algún día?
Antes habría respondido que no.
Antes habría cerrado inmediatamente el cuaderno.
Pero esta vez pensé en ello.
—Quizás.
Ella sonrió.
Y continuamos hablando.
Fue una conversación sencilla.
Sin secretos.
Sin miedo.
Sin promesas imposibles.
Y eso fue suficiente.
Esa noche regresé a casa y saqué una pequeña caja donde guardaba algunos recuerdos.
No quería deshacerme de ellos.
Cada uno representaba una parte de mi vida.
Una persona.
Una emoción.
Un momento que había cambiado algo dentro de mí.
Me senté en el suelo y observé la caja durante unos minutos.
Entonces comprendí que podía recordar sin quedarme atrapada.
Podía querer a las personas que habían formado parte de mi historia sin permitir que su ausencia detuviera mi futuro.
Cerré la caja.
La guardé nuevamente.
Y caminé hacia la ventana.
La luna comenzaba a aparecer en el cielo.
La observé durante un largo momento.
Había sido testigo de muchas de mis noches.
De mis lágrimas.
De mis preguntas.
De mis despedidas.
Pero también estaba allí ahora.
En una noche diferente.
En una versión diferente de mí.
Respiré profundamente.
Y pensé en algo que había tardado demasiado tiempo en comprender:
La vida no siempre nos da las historias que queremos.
A veces perdemos.
A veces nos equivocamos.
A veces entregamos nuestro corazón a personas que no saben cuidarlo.
Pero ninguna de esas cosas significa que nuestra historia ha terminado.
Tomé nuevamente mi cuaderno y escribí una última frase:
«No soy la misma persona que comenzó esta historia. Perdí cosas importantes, pero también encontré algo que había olvidado: a mí misma.»