El tiempo siguió avanzando.
Durante mucho tiempo había creído que sanar significaba olvidar.
Pensaba que, para continuar, debía dejar atrás todos los recuerdos, borrar los nombres y cerrar cada capítulo de mi vida como si nunca hubiera ocurrido.
Pero estaba equivocada.
Sanar no era olvidar.
Sanar era recordar sin permitir que el pasado decidiera cada paso que daba.
Aquella mañana desperté con una sensación diferente.
No era felicidad completa.
Tampoco tristeza.
Era tranquilidad.
Una tranquilidad que durante mucho tiempo pensé que nunca volvería a sentir.
Me acerqué a la ventana.
El sol comenzaba a iluminar el cielo y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo de lo que podía traer el nuevo día.
Había pasado por demasiadas cosas.
Había conocido el rechazo.
Había perdido a alguien importante.
Había confiado en personas que ocultaban partes de sí mismas.
Había cometido errores.
Y también había aprendido.
Miré mi cuaderno sobre el escritorio.
Había sido mi refugio durante mucho tiempo.
Cada página guardaba una versión diferente de mí.
La chica que lloraba.
La chica que tenía miedo.
La chica que no sabía cómo continuar.
Y ahora también comenzaba a guardar las palabras de una persona que estaba aprendiendo a vivir de nuevo.
Me senté frente al escritorio y abrí una página en blanco.
Durante unos segundos no escribí nada.
Después coloqué el lápiz sobre el papel.
«Hoy no quiero escribir sobre lo que perdí.»
Me detuve.
Pensé.
Y continué.
«Hoy quiero escribir sobre todo lo que todavía puedo encontrar.»
Sonreí ligeramente.
Aquellas palabras parecían pequeñas.
Pero para mí significaban mucho.
Hasta entonces, mi vida había estado llena de despedidas.
Personas que habían llegado.
Personas que se habían ido.
Momentos que habían terminado antes de que pudiera comprender cuánto significaban.
Pero ese día comprendí algo.
No quería seguir esperando que alguien apareciera para salvarme.
No quería construir mi felicidad sobre una persona.
Quería aprender a encontrarla también dentro de mí.
Los días siguientes fueron diferentes.
Comencé a participar más en clase.
Hablé con personas que antes apenas conocía.
Volví a reír sin sentir culpa.
Al principio me resultó extraño.
Cada vez que sentía felicidad, una pequeña parte de mí recordaba los momentos tristes.
Como si ser feliz significara olvidar a quienes habían formado parte de mi vida.
Pero poco a poco comprendí que no era así.
Las personas importantes no desaparecen de nuestros recuerdos solo porque volvemos a sonreír.
Una tarde, mientras caminaba por el patio del colegio, me detuve cerca de un pequeño jardín.
Había varias flores creciendo entre las plantas.
Entonces recordé las rosas.
Durante mucho tiempo las había visto como un símbolo del peligro.
Hermosas por fuera.
Dolorosas si uno se acercaba demasiado.
Pero ahora las veía de otra manera.
Una rosa podía tener espinas.
Y aun así, continuaba creciendo.
No pedía permiso para florecer.
No esperaba que alguien la salvara de la lluvia.
Simplemente continuaba.
Me acerqué un poco.
—Quizás nunca fuiste tan débil como pensabas —susurré.
No sabía si hablaba de la rosa.
O de mí.
Una voz detrás de mí interrumpió mis pensamientos.
—¿Hablando con las flores?
Me giré y sonreí.
Era una compañera del colegio.
—Tal vez.
Ella se acercó.
—Eso es un poco extraño.
—Lo sé.
—Pero me gusta.
Reí.
Una risa sencilla.
Sin miedo.
Nos sentamos cerca del jardín y comenzamos a hablar.
No fue una conversación profunda.
No hablamos de grandes tragedias ni de secretos.
Hablamos de cosas simples.
De clases.
De libros.
De lo que queríamos hacer en el futuro.
Y, mientras hablábamos, comprendí cuánto tiempo había pasado preocupándome por personas que ya no estaban.
Había olvidado que todavía existían personas nuevas por conocer.
Historias que todavía no habían comenzado.
Y momentos que aún no podía imaginar.
Aquella noche regresé a mi habitación y abrí mi cuaderno.
Escribí durante horas.
Pero esta vez no escribí desde la tristeza.
Escribí desde la esperanza.
No porque mi pasado hubiera dejado de existir.
Sino porque finalmente comenzaba a comprender que el futuro también tenía derecho a existir.
Antes de cerrar el cuaderno, escribí:
«Tal vez mi historia no necesitaba terminar con todo lo que perdí. Tal vez podía continuar con todo lo que aprendí.»
Me quedé observando aquellas palabras.
Después cerré el cuaderno.
Miré por la ventana.
La luna estaba allí, como tantas otras noches.
Pero esta vez no sentí la necesidad de pedirle respuestas.
Ya no necesitaba saber por qué algunas cosas habían ocurrido.
Algunas preguntas quizás nunca tendrían una respuesta.
Y estaba aprendiendo a vivir con eso.
Respiré profundamente.
Había pasado mucho tiempo buscando el momento en que todo volviera a ser como antes.
Pero ahora comprendía que nunca volvería a ser la misma.
Y, sorprendentemente, eso ya no me asustaba.
Porque había cambiado.
Había crecido.
Y aunque algunas partes de mí todavía necesitaban sanar, otras comenzaban a florecer.
Regresé al escritorio y abrí nuevamente mi cuaderno.
En la última página escribí:
«No sé qué encontrará mi corazón en el futuro. Pero esta vez no voy a tener miedo de seguir caminando.»
Guardé el lápiz.
Apagué la luz.
Y antes de dormir, pensé en todas las versiones de mí que habían existido hasta ese momento.