Las rosas que aprendieron a sobrevivir

Capítulo 14: Las rosas que aprendieron a sobrevivir

Había llegado el momento de mirar atrás.

No para regresar.

No para quedarme atrapada en los recuerdos.

Sino para comprender cuánto había cambiado.

Me senté frente a mi escritorio y coloqué todos mis cuadernos sobre la mesa.

Cada uno representaba una parte de mi vida.

Había páginas llenas de tristeza.

Páginas escritas con lágrimas.

Páginas donde había intentado comprender por qué algunas personas llegaban a nuestra vida solo para irse.

También había páginas llenas de miedo.

Páginas donde dudaba de mí misma.

Donde creía que no sería capaz de continuar.

Tomé el primer cuaderno.

Recordé a la chica que había escrito aquellas palabras.

La chica que pensaba que su corazón no podía soportar una pérdida más.

Durante mucho tiempo sentí pena por ella.

Pero ahora la veía de otra manera.

Ella había sido fuerte.

No porque nunca hubiera tenido miedo.

Sino porque, incluso teniendo miedo, había continuado.

Cerré el cuaderno y tomé el siguiente.

En sus páginas estaban los recuerdos de personas que habían marcado mi vida.

Algunas me enseñaron lo que significaba querer.

Otras me enseñaron lo que significa perder.

Y algunas me enseñaron una de las lecciones más difíciles:

Que no todo aquello que llamamos amor es realmente amor.

Durante mucho tiempo había buscado respuestas.

¿Por qué algunas personas cambian?

¿Por qué otras se van?

¿Por qué a veces entregamos nuestro corazón y recibimos dolor?

Pero ya no necesitaba conocer todas las respuestas.

Había comprendido que algunas historias no llegan para quedarse.

Algunas llegan para enseñarnos.

Miré por la ventana.

La tarde comenzaba a desaparecer lentamente.

El cielo estaba lleno de nubes y el viento movía las ramas de los árboles.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí tranquilidad.

No porque mi pasado hubiera dejado de existir.

Sino porque ya no tenía poder para detener mi futuro.

Abrí uno de mis cuadernos y encontré una página en blanco.

Durante unos segundos sostuve el lápiz sin escribir.

Después comencé.

«Esta es la historia de una chica que creyó que el dolor sería el final de todo.»

Me detuve.

Sonreí ligeramente.

Y continué.

«Pero descubrió que, incluso después de las noches más largas, todavía podía volver a encontrar la mañana.»

Mientras escribía, pensé en las rosas.

Siempre habían estado presentes en mis palabras.

Al principio eran solamente una metáfora.

Después se convirtieron en un símbolo de las personas.

Hermosas.

Delicadas.

Pero también capaces de lastimar.

Sin embargo, ahora comprendía que las rosas podían significar algo más.

Una rosa atraviesa la lluvia.

Resiste el viento.

Pierde algunos pétalos.

Y aun así, cuando llega el momento adecuado, puede volver a florecer.

Quizás yo también era una rosa.

No perfecta.

No intacta.

Pero viva.

Había perdido partes de mí.

Había cambiado.

Había tenido días en los que no sabía cómo continuar.

Pero allí estaba.

Escribiendo una nueva página.

Comprendí que no podía cambiar todo lo que había ocurrido.

No podía recuperar el pasado.

No podía obligar a las personas a quedarse.

Tampoco podía cambiar las decisiones de otros.

Pero podía elegir algo.

Podía elegir mi futuro.

Podía decidir qué personas merecían permanecer cerca de mí.

Podía aprender a decir que no.

Podía proteger mi corazón sin cerrarlo completamente.

Y, sobre todo, podía continuar.

Salí de mi habitación y caminé hacia el pequeño jardín de mi casa.

El viento era suave.

El cielo comenzaba a oscurecer.

Me senté cerca de una planta que había crecido lentamente durante los últimos meses.

La observé durante un largo momento.

Entonces pensé en todas las veces que había esperado que alguien llegara para salvarme.

Había esperado que alguien me eligiera.

Que alguien me amara.

Que alguien llenara el vacío que sentía.

Pero nadie podía hacer eso por mí.

La felicidad no podía depender completamente de otra persona.

Aquella fue una de las cosas más difíciles que aprendí.

Yo podía amar.

Podía confiar.

Podía conocer nuevas personas.

Pero nunca más quería olvidarme de mí misma intentando conservar a alguien.

Volví a mi habitación y abrí mi último cuaderno.

En la primera página escribí un título:

Las rosas que aprendieron a sobrevivir

Observé aquellas palabras.

Por primera vez comprendí todo lo que significaban.

No hablaban solamente de flores.

Hablaban de las personas que han pasado por momentos difíciles y, aun así, han encontrado una razón para seguir creciendo.

Hablaban de quienes han perdido algo importante.

De quienes han tenido miedo.

De quienes han sentido que su historia no tenía un camino claro.

Y, aun así, han decidido continuar.

Tomé el lápiz una última vez y escribí:

«No elegí todas las cosas que ocurrieron en mi vida. No pude evitar todas las pérdidas ni cambiar las decisiones de otras personas. Pero sí puedo elegir qué hacer después de cada caída.»

Cerré el cuaderno.

Me acerqué a la ventana.

La luna comenzaba a aparecer en el cielo.

La observé y recordé todas las noches en las que había buscado respuestas en ella.

Había llorado.

Había tenido miedo.

Había sentido que el mundo era demasiado grande y yo demasiado pequeña.

Pero esa noche todo era diferente.

Ya no necesitaba preguntarle al cielo por qué.

Ahora podía mirar hacia adelante.

Respiré profundamente.

Y sonreí.

No porque hubiera olvidado el pasado.




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