Italia, Día 2, tarde-noche
Después de que se fue a correr —con el mismo paso despreocupado con el que apareció— me quedé mirando la taza de café que había usado. No tenía sentido guardarla sin lavar, pero algo en mí quería conservarla unos minutos más.
Me reí sola. Era absurdo.
La enjuagué, limpié la mesa y volví al interior. El día apenas comenzaba y yo no tenía idea de qué hacer con tanto tiempo libre. Era como si el silencio me incomodara, como si mi cuerpo todavía estuviera esperando la siguiente indicación, la siguiente urgencia, el siguiente “doctora, la paciente de la 3 se está desaturando”.
Salí y busqué a Paola, que estaba barriendo la entrada de la villa con una energía envidiable para ser apenas las diez de la mañana.
—Paola, ¿hay algo que recomiendes hacer por aquí? Algún lugar bonito, algo típico...
Ella se iluminó.
—¡Claro! Hay un viñedo a diez minutos en biclicleta. Los dueños son encantadores. Puedes comer ahí, hacer un recorrido. Nada turístico, muy local.
Sonreí. Justo lo que necesitaba.
Media hora después, estaba caminando entre hileras de viñas verdes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El aire olía a tierra mojada y a uvas dulces. El sol no quemaba, pero sí acariciaba.
El dueño del viñedo, un hombre mayor con acento musical, me mostró el proceso de fermentación, los barriles de roble y hasta me dejó probar una copa directamente de uno.
Comí pan artesanal, queso de cabra con romero y un risotto de setas que me hizo cerrar los ojos.
Me preguntaron de dónde venía. Dije que de México, pero que había crecido en California. No dije nada más. Ningún apeliido, ni a qué me dedicaba. Solo dije que que necesitaba un descanso del ajetreo de la ciudad. Y me entendieron sin más.
Antes de regresar, pasé por la tienda del pueblo. Compré tomates, pan, albahaca, queso, y una botella de vino tinto.
Al volver, el cielo se teñía de ese dorado italiano que parece pintado. Subí los escalones con la bolsa de papel en los brazos, pensando en cenar sola y leer, cuando lo vi.
Henry estaba frente a mi villa, justo al lado, con una camisa de lino arrugada y el cabello aún húmedo. Parecía estar a punto de tocar mi puerta, pero se detuvo al verme.
—Ah, justo iba a tocar —dijo bajando la mano—. Me aburro solo. Y la cena siempre sabe mejor con alguien que no se llame “yo”.
Reí, sorprendida por su naturalidad.
—¿Esa es tu forma de invitarme a cenar?
—Ni siquiera sé si es una invitación. Digamos que es… una coincidencia útil. ¿Tú cocinas?
—Depende de a quién le preguntes. Mi mamá dice que sí. Mi padrastro dice que es “experimental”.
—Suena como algo que debería probarse.
—¿Y tú? ¿Qué sabes hacer?
—Brindar bien y hablar sin interrumpir. Es un comienzo.
—Dame cinco minutos.
Entré, me lavé la cara, cambié los tenis por sandalias, y crucé a su villa. Me abrió con una toalla de cocina al hombro y una sonrisa tranquila.
—Bienvenida a la experiencia culinaria de Henry Smith. Espera lo mínimo, agradece lo básico.
—¿Siempre tan modesto?
—Solo cuando estoy nervioso.
La mesa estaba servida. Pan tostado, pasta con ajo y albahaca, y una botella de vino abierta.
La cena transcurrió entre risas, pausas y palabras elegidas sin prisa. Él no dijo que era actor. Solo que necesitaba alejarse un rato de todo. Que los últimos años habían sido agotadores, y que Italia le parecía un buen lugar para desaparecer por un rato.
Yo tampoco le dije que lo reconocí desde el primer segundo. Ni que sabía perfectamente quién era. Ni que había visto más de tres películas suyas sin decirlo en casa, porque sabía que Eleanor y Richard hablaban de él con tono profesional.
No. Esa noche no lo dije.
Le conté que nací en México y crecí en California. Que estudiaba medicina, y que antes de comenzar mi residencia necesitaba recuperar el aire. Que mi vida siempre fue entre ruidos ajenos y silencios propios. Y que, cuando no me encontraba, escribía canciones que casi nadie escuchaba.
Él me escuchó.
Toda la noche.
Y yo lo escuché a él.
La conversación se volvió anécdota. El vino se volvió carcajada. Y la noche… la noche fue maravillosa.
Fue la primera.
La primera de muchas.