Por el camino trillado, renqueando y golpeando el suelo con un cayado retorcido, deambulaba una anciana. Una capa polvorienta de paño barato ocultaba su figura y su rostro. Nadie sabía de dónde venía ni hacia dónde dirigía sus pasos.
Solo al llegar al linde del bosque se detuvo, sacudiendo un pequeño saquito que respondió con el entrechocar de unas figuritas, no se sabía si de madera o de hueso.
— ¿Adónde vas, vieja? —preguntó sin un ápice de respeto por su edad el muchacho que montaba guardia.
La mujer sonrió. Fue lo único que alcanzó a distinguirse bajo la profunda capucha. Acto seguido, un polvillo dorado centelleó en el aire, y el sueño venció a los centinelas, y no solo a ellos. Un sueño profundo y plácido, como el de un recién nacido.
La anciana se dirigió entonces hacia una gran jaula fabricada con barrotes de hierro encantados.
— ¿A qué has venido? —rezongó desde el interior de la jaula un montón de harapos con una voz femenina y melodiosa.
— Has perdido, ¿lo admites? —preguntó la anciana, sentándose en un tronco caído cercano y echando hacia atrás la capucha con gesto relajado.
Bajo los rayos del sol poniente, su rostro arrugado adquirió un tono rosado y fresco, mientras sus ojos blanquecinos y desvaídos irradiaban una luz suave y cálida. La prisionera conocía tanto el motivo de la aparición de la viajera como el hecho de que esta no podía haber actuado de otra forma. Quedaban ya muy pocos representantes de la sangre antigua como para permitir que una de ellos muriera a manos de un rey humano. Incluso si entre aquellas dos mujeres existía una guerra que duraba ya varios siglos.
— Lo admito —cedió la mujer de la jaula tras unos largos instantes de silencio. Se puso en pie y, acercándose sin llegar a tocar los barrotes, exigió—: Dime, ¿para qué quieres a esa muchacha?
Los labios de la anciana se curvaron en una sonrisa enigmática.
— Te lo diré... —asintió—. Pero antes, retirarás tu maleficio.
— Trato hecho —accedió a regañadientes la mujer enjaulada.
— Esa chica lleva en sus entrañas a un gran brujo que cambiará el mundo. Nuestro mundo, Grunelda. La poderosa hechicería está regresando. ¿Acaso no lo sientes? Ya flota en el aire. Y ese niño se convertirá en el guardián de nuestro pueblo.
— ¿Y por cuánto tiempo? En cuanto dejas que las cosas sigan su curso y muestras debilidad, los humanos vuelven a creerse dioses —gruñó Grunelda con descontento—. Y volverán a cazarnos... a nosotros, los antiguos.
Tingelda sacudió la cabeza.
— Todo sucederá como debe. Y debes aceptarlo.
Pero por más que lo repitiera, Grunelda no cedía. Así era la hermana menor de la hechicera.
La anciana se levantó, se puso unos guantes en sus manos nudosas y manchadas para no quemarse con el hierro, y rebuscó en los bolsillos del guardia que roncaba, extrayendo la llave de la jaula. La cerradura se abrió con un chirrido.
Grunelda casi cayó hacia fuera, ofreciendo su cuello a la anciana para que le quitara el collar. Tingelda no se hizo de rogar. Al contacto con el hierro forjado, en la garganta de la bruja del norte habían quedado profundas heridas de quemaduras. Pero en cuanto el collar cayó al suelo, las llagas empezaron a cerrarse rápidamente, y con la misma celeridad las fuerzas regresaron al cuerpo de la hechicera.
Tras recuperar el aliento con alivio, Grunelda susurró un conjuro y agitó la mano. Entonces, de la anciana Tingelda, como si de una piel de serpiente se tratara, empezaron a desprenderse los años. Su cabello se oscureció y sus ojos volvieron a ser verdes, como antaño. Su piel se alisó, se refrescó y se aclaró. Y de pronto, en lugar de la anciana, se erguía una mujer de mediana edad, atractiva y con una chispa de astucia en la mirada.
— Así está mucho mejor —sonrió satisfecha la hechicera, despojándose de los guantes para contemplar sus manos.
— Eso no significa que te haya perdonado. La guerra no ha terminado —le recordó Grunelda, levantando la barbilla.
— No lo dudo —rio Tingelda, apoyándose en su cayado más por hábito que por necesidad.
La ley de los antiguos les prohibía emplear la magia los unos contra los otros. Pero la humanidad hacía mucho que había enseñado a los antiguos a utilizar a terceros para lograr sus fines. Por ejemplo, el hechizo con el que Grunelda había envejecido a su hermana estaba destinado a una mujer completamente distinta. Y el collar lo había fabricado un herrero ciego cuando a Tingelda se le escapó, como quien no quiere la cosa, que el poder de una antigua podía sellarse con hierro calcinado. Y así, año tras año, siglo tras siglo. Una confrontación eterna entre seres superiores.
Y no cabía duda de que volverían a encontrarse pronto.
Todo sucederá como debe. Y Tingelda se encargaría de ello.