Mulán había regresado a su hogar, pero la guerra nunca abandona del todo a quienes la han vivido, las cicatrices marcaban no solo su cuerpo, sino que algo más profundo, ella pretendía aparentar que todo se encontraba de maravilla, aunque por dentro los estragos de aquellos años en el campo de batalla no la dejaban estar en tranquilidad; tampoco ayudaban las visitas de vecinos que querían escuchar las hazañas de la valiente guerrera que desafió las normas del imperio y volvió llena de honor; incluso personas viajaban de pueblos lejanos solo para conocerla. Caminando por el pueblo vislumbro aquella casa de té que había visitado a los diecisiete años, a su mente volvieron las palabras de aquella casamentera “¡Nunca llevaras el honor a tu familia!”, pero ahora de que le servía eso, si no podía ni dormir más de dos horas seguidas porque cada noche, el sonido de los tambores de guerra resonaba en su mente, y en cada sombra creía ver a los compañeros que nunca pudieron volver a casa; se sentía perseguida a todas horas y por ello siempre llevaba consigo una daga para protegerse de cualquier ataque
—Señorita Fa —la voz de aquella vieja casamentera detuvo el andar de la chica —¿Gusta un poco de té?
—Gracias por el ofrecimiento, pero me encuentro bien
—Está próxima a cumplir los treinta años ¿Aún no ha pensado en buscar un esposo? —Aquella mujer sonrió ampliamente acercándose a Mulán —abra muchos que estarían complacidos de ser el elegido
—Creo fervientemente que no necesito de un esposo
Mulán no espero respuesta de aquella mujer y avanzo rápidamente por las calles que la sacaban del pueblo, ni siquiera se percató del momento en el que había comenzado a correr, al llegar a lo alto de una colina se desplomo en el pasto, su respiración agitada era acompañada por el sonido del viento; en ese momento deseaba tanto poder tener a su lado a Mushu, pero desde aquel día en que volvieron a casa se esfumo, por más que oraba en el templo de sus ancestros aquel pequeño dragón no había vuelto a verla, al parecer él también desapareció como todos sus viejos compañeros y por supuesto Shang de quien en más de dos años no había tenido noticias.
Cuando la noche se aproximó decidió volver, el aroma del té recién hecho llenaba la casa, y su madre la miraba con ojos llenos de amor y preocupación. Su padre, aunque orgulloso, notaba el cambio en su hija: ya no era la joven que había partido con miedo y esperanza, sino una mujer que había conocido el peso de la espada y la pérdida en el campo de batalla. Aún conservaba la gracia y la determinación que la habían convertido en una leyenda, pero en su mirada había un dejo de nostalgia, como si una parte de ella hubiera quedado atrás, atrapada en los días de guerra y en los recuerdos de quienes ya no estaban.
—Mulán, hija —su madre rompió el silencio con voz suave—, ¿Te encuentras bien? —Mulán forzó una sonrisa y asintió —¿Segura?
—Estoy bien, madre —respondió, pero el nudo en su garganta la delató, desviando la mirada hacia la ventana, donde las sombras de la noche comenzaban a extenderse sobre la aldea, por el rabillo del ojo pudo percibir la presencia de su padre
—No tienes que cargar el peso de lo vivido tu sola
—Quizás sea así, pero es algo que no se puede evitar y usted mejor que nadie lo sabe padre — el hombre intento abrazar a su hija; sin embargo, desde aquella tarde que volvió a casa Mulán se alejaba ante cualquier toque y esta ocasión no fue la excepción —me retiro a descansar, que tengan buena noche
Tras una reverencia y sin decir otra cosa Mulán tomo camino a esa vieja habitación que ahora parecía tan extraña sentía que no pertenecía a ese lugar ni a ningún otro, después de todo habían pasado más de diez años de que tomo la decisión de irse a la batalla. Esa noche como muchas otras, Mulán no pudo conciliar el sueño. Se removió varias veces en su futón, mirando el techo de su habitación, mientras pensamientos dispersos se agolpaban en su mente. Recordaba los momentos compartidos con sus compañeros en el campamento, la sensación del viento golpeando su rostro al cabalgar hacia la batalla, y el eco de las palabras de Shang resonando en su memoria. Dos años habían pasado y, sin embargo, su corazón seguía atado a aquellos días.
Al amanecer, decidió visitar el templo de sus ancestros una vez más, intentaba calmar todas esas memorias que se arremolinaban en su cabeza, oraba por que las imágenes aberrantes se esfumaran y la dejaran al menos dormir. Caminó con pasos lentos y medidos, sintiendo el frío de la mañana calar en su piel. Se arrodilló frente al altar y prendió un incienso.
—Ancestros, les ruego que me guíen —susurró, cerrando los ojos con fervor—. Si mi camino aún no ha terminado, muéstrenme la senda que debo seguir. Aplaquen el dolor que llevo por dentro, consuelen mi alma y mi mente.
El silencio reinó en el templo. Solo el crepitar del incienso acompañaba su espera. Sin embargo, cuando abrió los ojos, un leve susurro en el viento le hizo girar la cabeza. Era un sonido familiar, un crujido leve como de pequeñas garras deslizándose sobre la piedra hicieron que no dudara en sacar la daga y apuntarla en dirección a donde el sonido provenía, el movimiento rápido y ágil de algo rojo se movio entre las cosas dentro del templo, hasta que se detuvo detrás de una columna, con precaución la chica se acercó hasta ahí empuñando la daga; sin embargo, al rodear la columna no hayo nada solo pequeños arañazos en el suelo, esos que conocía muy bien
—¡Mushu! —exclamo esperanzada de que su protector haya vuelto —Mushu — volvió a llamar, pero no sucedió nada, reviso en su totalidad el templo sin encontrar a su entrañable amigo. Su corazón latía con fuerza. Tal vez sólo había sido su imaginación... o tal vez no. Camino nuevamente a la columna descubriendo que los arañazos habían desaparecido —¿A caso lo imagine?