Las Sombras de Raven's Bay

Capítulo 27

El amanecer llegó gris y silencioso a Raven’s Bay. Carter apenas había dormido. La llamada anónima, la nota del faro y la presencia repentina de Steven rondaban en su mente como un rompecabezas sin forma.

Pidió un café fuerte en la cafetería del puerto y hojeó los periódicos viejos que el dueño guardaba detrás del mostrador. No había nada nuevo sobre el caso Davenport. Solo rumores. Siempre rumores.

Fue entonces cuando una mujer se acercó a su mesa. Tendría unos cuarenta años, abrigo largo, paraguas en la mano y una mirada que mezclaba nerviosismo y decisión.

—¿Es usted John Carter? —preguntó.

—Depende de quién lo pregunte —respondió él con cautela.

—Mi nombre es Marjorie Blake. Fui amiga de Helena Morris. Su… mejor amiga, en realidad.

Carter enderezó la espalda. —Siéntese, por favor.

Ella lo hizo, pero antes de hablar miró alrededor, asegurándose de que nadie los escuchaba.

—No sé si hago bien viniendo aquí, pero llevo años con esto dentro. Y después de lo del doctor Davenport… sentí que ya no podía callar.

—Estoy escuchando —dijo Carter, bajando el tono de voz.

Marjorie asintió lentamente, sus dedos temblando sobre la taza.

—Helena y yo crecimos juntas. Cuando conoció a Marcus Ellwood, pensé que era un simple enamoramiento, una fascinación de alumna por su profesor. Pero no… ella lo amaba de verdad. Y él se aprovechó de eso.

Carter no interrumpió. Marjorie tragó saliva antes de continuar:

—Cuando me dijo que estaba embarazada, pensé que se alegraría. Pero Marcus… no lo permitió. Dijo que un hijo lo arruinaría todo. Que su esposa, Margaret, jamás lo entendería, que su reputación, su carrera… todo se iría al infierno.

—¿Y qué hizo? —preguntó Carter con voz baja.

Marjorie bajó la mirada. —La obligó a abortar. La llevó a un médico fuera del pueblo. Helena me escribió una carta aquella noche… decía que lo odiaba por dentro, pero que no podía denunciarlo. Tenía miedo.

Carter permaneció en silencio unos segundos.

—¿Y después?

—Después todo se volvió peor —continuó Marjorie—. Margaret se enteró de la aventura y del aborto. Dicen que tuvo una fuerte discusión con Marcus días antes de morir. Helena creía que él la había matado y decidió guardar pruebas… copias de los informes médicos de Margaret. Amenazaba con revelarlo si él no reconocía lo que había hecho.

—Y poco después desapareció —dijo Carter, terminando la frase por ella.

Marjorie asintió, con lágrimas contenidas.

—Sí. La última vez que hablé con Helena me dijo: “Si algo me pasa, busca en los papeles de Margaret. Todo empieza y termina allí.”

Carter apretó el bolígrafo entre los dedos.

—¿Guardó usted esa carta?

—No. La entregué a un periodista… Edward Lane. Quería que la publicara si algo me ocurría. Pero él murió poco después en un accidente de coche. Desde entonces, todo desapareció: las copias, las cartas, los informes.

Carter guardó silencio unos segundos. La historia encajaba demasiado bien con las piezas que había ido encontrando.

Carter lo anotó en su libreta. —¿Ha hablado con alguien más sobre esto?

—No. Hasta hoy.

Ella tomó un sorbo de café y bajó la voz. —Anoche me pareció ver a alguien frente a mi casa. Un coche gris. Motor encendido. Cuando salí, ya no estaba. No sé si me siguen o si son imaginaciones mías, pero… Helena decía lo mismo antes de desaparecer.

Carter la miró con atención. —¿Puede describir el coche?

—Antiguo, tal vez un modelo de los noventa. No vi la matrícula. Solo recuerdo que las luces traseras estaban rotas.

El detective asintió. —Voy a encargarme de esto. Pero necesito que no hable con nadie más por ahora. Si recibe otra visita, llámeme.

Marjorie asintió con nerviosismo, cerrando el abrigo. —Tiene que descubrir la verdad, señor Carter. Helena no merecía lo que le hicieron. Ninguna de ellas lo merecía.

Cuando se levantó para marcharse, Carter notó algo en el ventanal: un reflejo fugaz, como el destello de una lente o un cristal. Giró la cabeza, pero fuera solo vio pasar un coche gris que se perdía entre la bruma del puerto.

Pagó los cafés y salió tras él, pero el vehículo ya había doblado hacia la carretera principal.

Regresó al hostal poco después, con el viento arremolinando los papeles que llevaba en la mano. En su habitación, extendió las notas sobre la cama:

—Margaret: Muerta por sobredosis controlada.

Helena: embarazada, asesinada.

Davenport: Sabía la verdad, asesinado.

Samantha: Investigaba el caso, muerta.

Cuatro nombres. Cuatro víctimas unidas por un mismo hilo.

Cuando cerró el cuaderno, sonó un golpe en la puerta. Carter abrió y se encontró con Steven.

—Clara me dijo que habías salido temprano —comentó, con su tono habitual de preocupación amable—. ¿Alguna novedad?

Carter lo observó unos segundos. —He hablado con una vieja amiga de Helena. Al parecer, Margaret descubrió más de lo que debía.

—¿Y crees que Marcus la mató? —preguntó Steven, bajando la voz.

—No lo sé —respondió Carter, sin apartar la mirada—. Pero cada vez hay más muertos alrededor de esa historia.

Steven suspiró y apoyó una mano en el marco de la puerta. —Ten cuidado, John. Algunos fantasmas no quieren ser despertados.

El detective asintió. —Lo sé. Pero yo no creo en fantasmas. Creo en asesinos.

Cuando Steven se marchó, Carter miró por la ventana. En el puerto, un coche gris estaba detenido junto al muelle, con el motor encendido. Las luces traseras parpadeaban débilmente.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el peligro no estaba detrás del caso… sino vigilándolo, muy de cerca.



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Editado: 15.12.2025

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