Las Sombras de Raven's Bay

Capítulo 28

La mañana siguiente amaneció con un cielo bajo y gris. La llovizna fina cubría Raven’s Bay con ese velo constante que parecía borrar los contornos del mundo. Carter condujo hasta el edificio semiderruido que alguna vez albergó The Raven’s Bay Chronicle.

El periódico había cerrado hacía más de una década. La fachada de ladrillo estaba cubierta de musgo, y las ventanas, tapiadas con tablones. Una pequeña placa oxidada aún llevaba el nombre del diario.

Dentro, el polvo flotaba en el aire como humo. Carter iluminó con su linterna los restos de escritorios, archivadores vacíos y montones de papel amarillento. Todo olía a humedad y tinta vieja.

En una esquina encontró a un hombre de cabello blanco y suéter grueso, revisando cajas con paciencia.

—Disculpe —dijo Carter, acercándose—. ¿Usted trabajó aquí?

El anciano levantó la vista. —Durante cuarenta años. Soy Frank Henson, exeditor. ¿Y usted quién es?

Carter mostró su identificación. —John Carter. Estoy investigando una serie de muertes antiguas. Busco información sobre un periodista que trabajó aquí: Edward Lane.

El hombre asintió lentamente. —Lane… sí, lo recuerdo bien. Buen muchacho. Demasiado curioso para su propio bien.

—¿Sabe cómo murió?

—Dicen que fue un accidente de coche, camino a Aberdeen. Pero Lane no conducía rápido. Era prudente. La policía cerró el caso enseguida.

—¿Qué estaba investigando antes de morir?

Frank apartó el polvo de una caja y la abrió. Dentro, recortes de periódicos, notas, viejos borradores.

—No llegó a publicarlo, pero hablaba de un asunto turbio. “Irregularidades médicas”, lo llamó. Decía que implicaba a un médico local y a un profesor de la universidad. Nunca mencionó nombres.

Carter sintió un nudo en el estómago.

—¿Podría ver esas notas?

El anciano dudó, luego le entregó una carpeta doblada. —No debería dárselas, pero… Lane confiaba en la gente correcta. Quizá usted pueda terminar lo que él empezó.

Carter la abrió con cuidado. En el interior había páginas manchadas de tinta, frases subrayadas y un fragmento mecanografiado que le heló la sangre:

“Una mujer muerta bajo diagnóstico falso. Medicación alterada. El médico afirma haber perdido los informes. Fuente confirma relación con profesor Marcus Ellwood.”

Frank lo observaba con una mezcla de tristeza y miedo.

—Dos días después de escribir eso, Lane apareció muerto en la carretera. Su coche había caído por un barranco. Los frenos… dijeron que fallaron. Pero nunca investigaron más.

—¿Lane mencionó si tenía pruebas físicas? —preguntó Carter.

—Sí. Dijo que una joven se las había dado. No recuerdo su nombre, pero juraría que era una estudiante.

Carter cerró la carpeta. Helena, pensó.

—¿Dónde están los archivos del diario? —preguntó.

—La mayoría los guardaron en el archivo municipal. Aunque algunos se perdieron en un incendio hace años. Pero Lane… Lane solía llevarse copias a casa. Era desconfiado.

—¿Dónde vivía?

Frank buscó en una libreta vieja. —En la carretera sur, número 18. Una pequeña casa cerca del bosque. No sé si aún existe.

Carter agradeció la información y salió del edificio. El viento había aumentado, arrastrando la bruma del puerto hasta las colinas. Condujo durante casi media hora hasta encontrar la casa: una cabaña modesta, cubierta de hiedra, con las ventanas rotas.

Forzó la cerradura y entró. El suelo crujió bajo sus botas. El interior estaba cubierto de polvo, pero no parecía completamente abandonado. Había huellas recientes en la suciedad del suelo.

Encendió la linterna y revisó los estantes. Encontró algunos recortes, fotografías y, tras una tabla suelta del suelo, una caja metálica. Dentro, varias hojas arrugadas y una cinta de casete etiquetada con letras desvaídas: “Testimonio H.M.”

Carter la sostuvo entre los dedos, sintiendo el peso del descubrimiento. Helena Morris.

Sacó su grabadora portátil y reprodujo la cinta. El sonido era débil, pero reconocible: una voz femenina joven, temblorosa.

—No sé cuánto tiempo más puedo callar. Marcus dice que todo fue por mi bien, pero yo no lo perdono. Me hizo deshacerme de mi hijo. Y Margaret… Margaret lo sabía. No murió de enfermedad. Él lo hizo. Y si algo me pasa, sabrán que dije la verdad.

El resto del audio se perdió en estática Carter se quedó inmóvil, el corazón golpeándole el pecho.

Un ruido lo sacó de sus pensamientos: el crujido de una rama afuera.

Apagó la linterna y esperó. Unos pasos, lentos, se acercaban por la grava. Luego, un golpe seco contra la puerta.

Carter sacó su pistola. —¿Quién está ahí?

Silencio.

Abrió de golpe y salió. El bosque estaba cubierto de niebla. A unos metros, distinguió una silueta oscura entre los árboles. Corrió hacia ella, pero la figura se desvaneció entre la bruma. Solo encontró un objeto en el suelo: una colilla aún encendida.

Miró a su alrededor, respirando con dificultad.

No había duda: alguien había llegado antes que él.

De regreso a la casa, guardó la cinta en el bolsillo interior del abrigo. Sabía que acababa de encontrar la prueba que muchos habían querido borrar.

Y también sabía que, a partir de ese momento, ya no era el cazador.

Era la presa.



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En el texto hay: #suspense, #asesinato, #crimen

Editado: 17.01.2026

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