Las Sombras de Raven's Bay

Capítulo 31

La lluvia había cesado, pero el aire aún olía a sal y a tormenta. Carter caminó por la calle que conducía a los apartamentos de Ethan, con el abrigo empapado y la mente llena de preguntas.

Cuando Carter llegó a los apartamentos, paró un momento y miró hacia todos los lados; tenía la sensación de que lo seguían. Luego entró para ir a casa de Ethan.

Golpeó la puerta. Nada. Golpeó otra vez.

—Ethan, soy Carter. Necesitamos hablar.

Unos segundos después, la cerradura giró. Ethan apareció con el rostro cansado y los ojos enrojecidos.

—No esperaba verte tan pronto.

—No me gusta perder tiempo —respondió Carter, entrando sin pedir permiso.

El apartamento estaba desordenado. Libros, tazas vacías y papeles cubrían casi todas las superficies. Carter notó sobre la mesa varias carpetas con el sello de la universidad.

—Sigues con tus investigaciones —comentó.

Ethan se encogió de hombros. —Antiguos hábitos. No sé hacer otra cosa.

Carter tomó una de las carpetas. Eran copias de documentos de archivo. Entre ellas, un informe con el nombre de Margaret Ellwood.

—¿Qué haces con esto? —preguntó.

Ethan se tensó. —Solo estaba revisando el material que usaba en el seminario.

—¿Y por qué tiene informes médicos de la esposa de su exprofesor?

El silencio llenó la habitación. Ethan desvió la mirada. —No sé cómo llegaron a mis manos. Puede que Marcus me los diera para que revisara la tipografía o algo así.

—No me trates como a un idiota, Moore —dijo Carter, avanzando un paso—. Sé que trabajabas en el archivo y que tenías acceso a los informes originales. También sé que Samantha estaba investigando el mismo tema y que tú la acompañaste al faro la noche en que murió.

Ethan palideció. —No la maté, si eso estás pensando.

—Entonces, ¿por qué mentiste sobre lo que pasó esa noche?

—Porque tenía miedo. —Ethan levantó la voz—. Samantha me dijo que alguien la había estado siguiendo. Pensé que era paranoia, pero… tenía razón.

Carter lo observó en silencio. El temblor en las manos del joven parecía genuino.

—¿La viste caer? —preguntó en voz baja.

—No. Cuando regresé al coche, ya no estaba. Grité su nombre, la busqué por toda la costa. Encontré su bufanda… y sangre en una roca.

Carter lo estudió con detenimiento. —¿Sangre? Eso no estaba en el informe policial.

Ethan tragó saliva. —No dije nada. Pensé que me culparían.

Carter caminó hacia la ventana. El puerto estaba cubierto de niebla. —¿Y Marcus Ellwood? ¿Qué relación tenías con él fuera de la universidad?

—Ninguna —respondió rápido. Demasiado rápido.

Carter se giró. —¿Ninguna? Porque tengo pruebas de que te visitó varias veces antes de morir.

Ethan apretó los puños. —No para hablar de Samantha. Él quería recuperar algo.

—¿Qué cosa?

El joven dudó. —Unas grabaciones. Decía que pertenecían a Helena Morris. Yo no las tenía, pero insistía en que alguien las había usado para chantajearlo.

Carter sintió un vuelco en el estómago. Helena, Marcus, las grabaciones… todo volvía a cruzarse.

—¿Y quién más sabía de esas cintas?

Ethan negó con la cabeza. —Solo él y… su sobrino, Steven.

Carter fingió sorpresa. —¿Steven Ellwood?

—Sí. Venía a veces a la universidad, ayudaba a su tío. Siempre me pareció raro. Callado, observador. Como si lo analizara todo.

El silencio se instaló unos segundos.

De pronto a Carter le sonó el móvil; era Eric, tenía que hablar con él Carter le dijo dónde estaba y que lo esperaba allí; mientras esperaban a Ethan,le fue contando lo que sabía.

Un golpe en la puerta los hizo sobresaltarse. Ethan se acercó con cautela y abrió. Era Eric, empapado, respirando agitadamente.

—Lo siento —dijo—. Necesitaba hablar con Carter.

Carter lo observó con desconfianza. —¿Qué ocurre, Eric?

—Recibí otra carta. —Sacó un sobre arrugado de su bolsillo—. Dice que deje de ayudar a Carter o terminaré como Samantha.

Carter le arrebató la carta. Mismo tipo de papel. Misma máquina de escribir.

—¿Quién la dejó?

—No lo sé. Pero estaba en mi parabrisas cuando salí del trabajo.

Ethan retrocedió un paso. —Esto ya se está saliendo de control.

Eric lo miró fijamente. —¿Tú sabías que Samantha estaba investigando a Marcus Ellwood?

—Sí, lo sabía —respondió Ethan, con voz tensa—. Pero eso no significa que yo la haya matado.

—No, claro —replicó Eric con sarcasmo—. Solo fuiste el último que la vio con vida.

—Tú también fuiste el último que la viste con vida.

Carter intervino antes de que la discusión escalara. —Basta. Nadie va a resolver nada acusándose entre ustedes.

El silencio se hizo pesado. El sonido de la lluvia volvió a llenar el apartamento. Carter revisó la carta una vez más y notó algo distinto: un leve olor a aceite de máquina. Lo mismo que había sentido en la nota del faro.

—¿Dónde guardas tu máquina de escribir, Ethan? —preguntó.

El joven se tensó. —¿Qué estás insinuando?

—Nada todavía. Solo quiero verla.

Ethan vaciló, luego señaló el escritorio. La máquina estaba allí, vieja, cubierta de polvo. Carter arrancó una hoja del bloc y escribió unas líneas. Las letras eran idénticas a las de la amenaza.

Eric dio un paso atrás. —Santo Dios…

—No es lo que parece —balbuceó Ethan—. Esa máquina está aquí desde antes. Cualquiera pudo usarla.

Carter lo observó en silencio. No respondió. Solo guardó la hoja y la carta en una bolsa de plástico.

—Por ahora, nadie dice nada de esto —dijo finalmente—. Mañana hablaremos en la comisaría.

Salió bajo la lluvia sin mirar atrás. En el reflejo de un escaparate, creyó ver una silueta que lo observaba desde la esquina opuesta: quieta, inmóvil, con un paraguas negro.

Cuando parpadeó, ya no estaba.

De regreso en su habitación del hostal, Carter extendió la carta sobre la mesa.

El olor a aceite, el tipo de papel, el espaciado perfecto de las letras… No podía ser casualidad.



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En el texto hay: #suspense, #asesinato, #crimen

Editado: 17.01.2026

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