El amanecer llegó pálido y húmedo, como si la niebla no quisiera abandonar el puerto. Carter no había dormido bien. Seguía repasando la conversación con Ethan, la carta, el olor a aceite… todo lo que no cuadraba
Pidió un café doble en el hostal y bajó a la recepción. El encargado le dijo que alguien había preguntado por él temprano.
—Un joven, delgado, nervioso —añadió—. Dijo que volvería más tarde.
Carter frunció el ceño. Ethan.
Lo encontró un par de horas después, esperándolo frente a la biblioteca vieja. El joven parecía más tranquilo, aunque su rostro mostraba signos de una noche sin descanso.
—Gracias por venir —dijo Ethan, encendiendo un cigarrillo—. No podía quedarme callado más tiempo.
—¿Has recordado algo más? —preguntó Carter, directo.
Ethan asintió. —Sobre Clara.
Carter lo observó con atención. —¿Qué pasa con ella?
—Samantha y yo la conocíamos bien. Era dulce, amable, pero… había algo. Siempre estuvo demasiado pendiente de Eric. —Ethan bajó la voz—. Creo que estaba enamorada de él.
Carter arqueó una ceja. —¿Y Samantha lo sabía?
—Sí. Y no le gustaba. Discutieron una vez, por algo que Clara dijo. Samantha se sintió traicionada. Después de eso, empezaron las tensiones.
—¿Qué tipo de tensiones?
Ethan se encogió de hombros. —Clara empezó a alejarse. Pero también sabía cosas. Cosas que solo Samantha le contaba. Si alguien pudo acceder a sus notas o a las cartas, fue ella.
Carter tomó nota mentalmente. —¿Insinúas que Clara tuvo algo que ver con su muerte?
—No lo sé —dijo Ethan, exhalando el humo con nerviosismo—. Solo digo que no confíes tanto en ella.
El detective guardó silencio. Por primera vez, algo parecido a la duda se filtró en su mente.
Más tarde, Carter se reunió con Eric en el muelle. El joven estaba sentado en el borde, mirando el agua con expresión sombría.
—¿Te pasa algo? —preguntó Carter.
—No dejo de pensar en Clara —respondió él, sin apartar la vista del mar—. Ha estado rara últimamente. Distante. Y ayer la vi hablando con alguien en el puerto, pero cuando me acerqué, fingió que no me había visto.
—¿Con quién?
—No lo sé. Era de noche. Pero juraría que era un hombre, alto, con abrigo oscuro.
Carter sintió un escalofrío. —¿Y no intentaste seguirlos?
—No. No quiero parecer paranoico, pero algo no va bien.
El detective lo observó. Eric parecía genuinamente confundido. Quizá Ethan tenía razón: Clara estaba ocultando algo.
Al caer la tarde, Carter fue a verla. Clara había vuelto a su casa; a pesar de su advertencia de quedarse en la habitación del hostal, ella lo recibió con una sonrisa tensa.
—John, me alegra verte. ¿Ha pasado algo nuevo?
—Solo quería asegurarme de que estabas bien —respondió él, entrando.
Sobre la mesa había papeles esparcidos, recortes de periódicos y un cuaderno abierto. Carter lo miró de reojo. Reconoció la letra: era de Samantha.
—¿Dónde conseguiste eso? —preguntó.
Clara se sobresaltó. —Oh… lo encontré hace poco, entre unas cosas viejas. Iba a mostrártelo.
Carter se acercó y hojeó el cuaderno. Eran notas sobre Helena Morris, Marcus Ellwood y una mención subrayada: “el archivo de ética médica – universidad”.
—Curioso —dijo en voz baja—. No recordaba que me hubieras hablado de este cuaderno antes.
—No lo recordaba —replicó ella, algo alterada—. Hay tantas cosas de Samantha… a veces me cuesta revisarlas.
Carter la observó un momento, notando la rigidez en sus manos, el temblor leve en su voz.
—Clara, ¿has hablado últimamente con alguien de la universidad?
—¿Con la universidad? No, claro que no —contestó, apartando la mirada—. ¿Por qué?
—Porque alguien estuvo allí buscando documentos sobre Margaret Ellwood.
Ella se quedó en silencio unos segundos antes de responder. —Yo no tengo nada que ver con eso.
—No te estoy acusando —dijo Carter, con calma—. Solo intento entender quién más está interesado en lo mismo que nosotros.
Clara suspiró. —A veces pienso que todo esto debería quedarse enterrado. Que hay verdades que no vale la pena desenterrar.
—Las verdades siempre valen la pena —respondió él, pero su tono fue más frío de lo que pretendía.
Ella bajó la mirada. —Tienes razón. Pero no todas las verdades traen paz.
De regreso al hostal, Carter abrió el cuaderno de notas de Samantha bajo la lámpara. Entre las páginas, encontró un papel doblado.
Era una carta mecanografiada, igual que las otras.
Pero esta vez, la tinta estaba algo corrida, y las letras ligeramente torcidas, como si se hubiera usado una máquina diferente.
“El amor también puede matar. A veces, la razón está más cerca de lo que imaginas.”
Al reverso, había una pequeña mancha de perfume. Carter la olió. El mismo aroma floral que Clara usaba.
El corazón se le aceleró. ¿Era posible que ella estuviera implicada? ¿O alguien estaba intentando incriminarla?
Encendió un cigarrillo y miró por la ventana. Afuera, el faro de Raven’s Bay parpadeaba en la distancia, como un ojo que todo lo vigilaba.
Mientras el humo se elevaba, Carter se repitió lo que ya sabía: en ese pueblo, nada —ni nadie— era exactamente lo que parecía.
Editado: 17.01.2026