Las Sombras de Raven's Bay

Capítulo 33

La mañana amaneció encapotada, con un cielo de plomo sobre Raven’s Bay. Carter había dormido poco; seguía dándole vueltas a la carta con el perfume. No podía quitarse de la cabeza la frase: “El amor también puede matar.”

Mientras bebía su café, su teléfono vibró. Era Ethan.

—Necesito hablar contigo —dijo al otro lado, con voz ronca.

Carter frunció el ceño. —¿Has descubierto algo?

—Es sobre Samantha.

Se reunieron en la biblioteca vieja, como la primera vez. La luz gris se filtraba entre los ventanales rotos, proyectando sombras irregulares. Ethan parecía inquieto, con las manos temblorosas y los ojos hundidos.

—Aquel día —comenzó—, cuando fui con Samantha al faro, ella llevaba puesta su bufanda roja. Cuando desapareció, la vi tirada junto a una roca, manchada de sangre. Pensé que debía recogerla, pero primero empecé a buscarla. No quería perder tiempo; sé que se lo conté antes, pero no le conté un detalle.

—¿Qué detalle? —preguntó Carter, con calma.

—Cuando volví… ya no estaba. La bufanda había desaparecido.

Carter lo miró fijamente. —¿Le contaste eso a alguien?

Ethan negó con la cabeza. —No. Nunca. Ni siquiera a Eric.

—¿Y cómo estás tan seguro de lo que viste?

Ethan lo observó, casi ofendido. —Porque nunca podría olvidar esa imagen. Esa bufanda… era un rojo muy fuerte.

Carter lo dejó marchar poco después. Pero sus palabras se quedaron girando en su mente como un eco persistente.

Por la tarde, fue a visitar a Clara. Llevaba el cuaderno de Samantha consigo, con la carta aún dentro. Ella lo recibió algo nerviosa, aunque intentó disimularlo.

—Pasa, John. No esperaba verte hoy.

—Ni yo —respondió él, dejando el abrigo en el perchero—. Necesitaba aclarar algo.

Se sentaron en el salón. La lluvia golpeaba los cristales con un ritmo irregular.

—Samantha, cuéntame sobre la bufanda.

Clara lo miró confundida. —¿La bufanda roja? Sí, claro. Era su favorita; esa bufanda tenía gotas de sangre la noche en que desapareció en el faro.

Carter se inclinó hacia adelante. —Dices “era”. ¿Cómo sabes que estaba manchada con gotas de sangre y que Samantha desapareció en el faro?

Clara se quedó helada. Tardó unos segundos en responder. —Eric me lo contó.

—Eric no sabía nada de eso —replicó Carter, sin apartar la mirada—. Acabo de hablar con él.

Clara tragó saliva. —Bueno… quizá lo leí en algún sitio.

—¿Dónde? —insistió él.

Ella se levantó y caminó hasta la ventana. —John, ¿qué estás insinuando?

—Que sabes cosas que nadie más sabía. Ni la policía, ni Eric, ni yo. Las manchas de sangre en la bufanda nunca aparecieron en el informe porque la bufanda desapareció. ¿Cómo podías conocer ese detalle?

Clara lo miró con los ojos muy abiertos. —No lo sé… no recuerdo dónde lo oí. ¡Por Dios, no me mires así!

Carter se levantó despacio. —Clara, si estuviste en el faro esa noche, necesito que me lo digas.

—¡No estuve allí! —gritó ella, dando un paso atrás—. Samantha era mi amiga, ¿cómo puedes pensar eso?

—Entonces, ¿por qué mentiste?

El silencio se volvió insoportable. Clara apretó los puños, los ojos brillantes de rabia contenida. —Porque tenía miedo, ¿de acuerdo? Raven’s Bay no perdona a quienes hablan demasiado.

—¿Miedo de quién?

Ella vaciló. —De alguien que también estaba esa noche.

Carter la observó atentamente. —¿Quién?

Clara respiró hondo, como si luchara contra sí misma. —No puedo decirlo. Si lo hago… sé que acabaré como ella.

Antes de que Carter pudiera insistir, sonó su teléfono. Era Eric.

—John, tienes que venir —dijo, jadeando—. Han forzado la puerta de mi coche. Alguien estaba dentro.

—Voy enseguida —respondió Carter, saliendo al porche.

—¿Puedo acompañarte? —preguntó Clara, nerviosa.

—No. Quédate aquí. Y no hables con nadie.

El viento rugía cuando Carter llegó al aparcamiento cerca del trabajo de Eric; él lo esperaba, con el rostro desencajado.

—Mira esto —dijo, abriendo el maletero.

Dentro, entre unos periódicos empapados, había una bufanda roja. Doblada con cuidado.

Carter se agachó y la tocó con un guante. La tela estaba húmeda, pero vieja, con manchas oscuras ya secas. Sangre.

—¿Dónde la encontraste? —preguntó.

—No lo sé. Cuando venía del trabajo, la puerta del coche estaba entreabierta.

Carter se quedó inmóvil, observando el tejido. El color, el material… todo coincidía con la descripción que Ethan le había dado.

—¿Podría ser la de Samantha? —preguntó Eric, casi en un susurro.

Carter asintió lentamente. —Podría serlo.

Sacó una bolsa y la guardó con cuidado.

—No digas nada de esto, ¿de acuerdo? A nadie.

Eric frunció el ceño. —¿Ni siquiera a Clara?

—Especialmente a Clara —respondió Carter.

Esa noche, de regreso en el hostal, Carter extendió la bufanda sobre la mesa. La observó bajo la luz: el tejido estaba desgastado, con un pequeño hilo suelto en uno de los extremos.

Recordó la carta, el perfume, la mentira, la reacción nerviosa. Todo encajaba.

Por primera vez desde que había llegado a Raven’s Bay, Carter sintió que se acercaba a la verdad.

Y esa verdad, al menos por ahora, tenía el rostro de Clara.

Sin embargo, algo lo inquietaba. El hilo suelto de la bufanda estaba anudado, como si alguien lo hubiera cortado y vuelto a atar… deliberadamente.

La clase de detalle que solo tendría sentido si alguien hubiera querido hacerla reaparecer.

Y Carter sabía que, en ese pueblo, las coincidencias no existían.



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Editado: 23.01.2026

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