Las Sombras de Raven's Bay

Capítulo 34

La bufanda descansaba dentro de una bolsa de pruebas transparente sobre la mesa metálica. Carter la observaba mientras el técnico forense la colocaba con cuidado bajo la luz ultravioleta. Las manchas, antiguas y secas, parecían heridas apagadas en la tela.

—¿Cuánto tiempo tardarán los resultados? —preguntó Carter.

—Una semana, quizá menos. Pero no espere milagros —respondió el técnico—. Después de tantos años, no será fácil obtener nada útil.

Carter asintió. La bufanda se había convertido en el centro de todo. Si lograba descubrir quién la colocó en el coche de Eric, quizá por fin rompería el círculo de sombras que lo rodeaba desde que llegó a Raven’s Bay.

Esa misma tarde condujo hasta la casa del padre de Samantha. El hombre lo recibió con la mirada cansada y la voz temblorosa.

—¿Ha pasado algo nuevo, detective?

—Encontramos algo que podría pertenecer a su hija —dijo Carter, mostrando la fotografía de la bufanda.

El anciano la reconoció al instante. —Era su favorita.

Carter bajó la mirada. —El día que Samantha desapareció, el asesino se llevó la bufanda.

—¿Le comentó usted a la policía que llevaba ese día la bufanda?

—Sí. La policía nunca me la devolvió… Pensé que se había perdido.

Carter respiró hondo. No podía decirle más por el momento. Antes de marcharse, el hombre lo detuvo.

—Si encuentra al que lo hizo, hágaselo pagar. Por ella.

Al salir, su teléfono sonó. Era Emma, otra de las amigas de Samantha.

—Carter, tenía que llamarte. Anoche vi a alguien frente a mi casa, observando desde la calle. No pude distinguir su cara, pero estoy segura de que me vigilaba.

—¿Estás sola ahora?

—Sí, pero cerré todo con llave.

—Voy para allá.

Cuando llegó, Emma lo esperaba en la puerta, nerviosa.

—¿Crees que tenga que ver con lo de Samantha?

—Es posible —respondió él—. ¿Viste a alguien más? ¿Algún coche?

Ella negó. —Solo esa sombra. Me pareció que llevaba un abrigo oscuro.

Carter anotó el detalle. No quiso alarmarla más, pero la sensación de que alguien los observaba volvió a clavarse en su mente.

Más tarde, en la cafetería del puerto, se reunió con Clara. Ella escuchó todo con gesto serio.

—¿Entonces ahora Emma también está en peligro?

—No lo sé —dijo Carter—. Pero el hallazgo de la bufanda cambia las cosas.

Clara bajó la mirada, fingiendo sorpresa. —Esa bufanda… desapareció la noche que murió Samantha, ¿no? Ethan la mencionó una vez.

Carter la observó en silencio. —Ethan nunca mencionó a nadie lo de la bufanda—se dijo para sí mismo.

Ella suspiró. —John, no quiero parecer cruel, pero creo que no deberías perder más tiempo con Emma o conmigo. El asesino es Ethan. Siempre fue raro, obsesivo con Samantha. Y si la bufanda estaba manchada de sangre, ¿no lo dice todo?

—Lo dice todo o no dice nada —respondió Carter con frialdad.

Clara se removió incómoda. —Solo quiero que esto acabe.

Horas después, Ethan fue citado en comisaría. Dos agentes lo interrogaron durante más de una hora. Carter observó desde el cristal. Ethan se veía exhausto, ojeroso, y cada respuesta sonaba como una súplica.

—No la maté —repetía—. Yo solo intenté ayudarla.

Cuando salió, se acercó a Carter. —¿Ya estás convencido?

—¿De qué mientes, sí? De que mataste a Samantha, no lo sé —respondió Carter.

Ethan apretó los dientes. —Deberías mirar más cerca de ti. A Emma… o a Clara. Una de las dos no te está diciendo la verdad.

—¿Por qué lo dices?

—Porque alguien me sigue. Y no son policías.

Carter lo observó con cautela. No sabía si estaba frente a un paranoico o a un hombre desesperado.

Esa noche, Steven apareció en el hostal.

—He oído que encontraron la bufanda —dijo, tomando asiento frente a Carter.

—Así es. Los forenses aún analizan las pruebas.

Steven lo miró con gesto preocupado. —Si puedo ayudar en algo, lo haré. Tal vez alguien la entregó para confundirlo, para desviar las sospechas.

—¿Y por qué alguien haría eso?

—Porque el asesino no quiere que lo encuentre.

Carter asintió. No podía negar que Steven tenía razón. Y, de momento, era el único que parecía dispuesto a colaborar sin condiciones.

Una semana después, los resultados del laboratorio llegaron al correo de Carter.

Solo había una huella reconocible: la de Samantha.

Nada más.

El informe era claro: ninguna evidencia reciente, ninguna pista del responsable.

Carter lo leyó tres veces. La bufanda había estado guardada durante años, y alguien la había colocado en el maletero de Eric recientemente.

¿Quién la conservó todo ese tiempo? ¿Y por qué ahora?

Llamó a Emma para confirmarle los resultados.

—Entonces, ¿no sirve de nada? —preguntó ella, decepcionada.

—Sirve para complicarlo todo —respondió Carter.

Al día siguiente, volvió a citar a Emma y a Clara.

La primera llegó nerviosa, mirando hacia todos lados.

—No quiero meterme en problemas, pero… el día del accidente yo no estaba en el pueblo. Estaba de viaje con mis primos. Tengo fotos, billetes, todo.

Carter tomó nota.

Luego miró a Clara. —¿Y tú?

—Yo… estaba en casa. Sola. —Sus palabras quedaron flotando en el aire.

Carter la observó sin decir nada. Clara bajó la vista, fingiendo sentirse ofendida.

—¿De verdad crees que yo podría hacer algo así?

—No descarto nada.

El silencio fue su única respuesta.

Esa misma noche, un nuevo golpe: un patrullero encontró en casa de Ethan un pasador dorado que pertenecía a Samantha.

El hallazgo lo hundió aún más.

Cuando Carter lo visitó, Ethan apenas podía hablar.

—No lo puse yo ahí, lo juro —dijo—. Me quieren culpar.

—Tienes enemigos, Ethan —respondió Carter.

El joven lo miró, temblando. —No lo entiendes, John. No solo es uno. Hay más de uno.

Carter se quedó callado. Pensó en las cartas, en la bufanda, en la vigilancia. ¿Y si tenía razón?



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Editado: 26.02.2026

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