El pitido agudo atravesó el pasillo como un grito metálico.
Carter permaneció inmóvil frente a la puerta, con la mano aún apoyada en el marco, mientras dentro de la habitación los médicos luchaban por traer a Ethan de vuelta.
—¡Otra descarga! —ordenó una voz.
El cuerpo de Ethan se arqueó violentamente sobre la cama.
Un segundo de silencio absoluto.
Luego, el monitor volvió a emitir un ritmo irregular, débil.
—¡Lo tenemos… por ahora! —exclamó el médico.
Minutos después, le permitieron entrar.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor frío de las máquinas. Ethan respiraba con dificultad, la piel pálida y brillante por el sudor.
Carter se acercó despacio a la cama.
—Ethan… soy Carter. Tienes que escucharme.
Los párpados del joven temblaron. Apenas un movimiento, pero suficiente para que sus ojos vidriosos encontraran los de Carter por un instante.
Carter se inclinó hasta casi rozar su oído.
—¿Quién le hizo esto a Samantha? Dímelo, por favor.
Un hilo de voz, ronco y quebrado, escapó de la garganta de Ethan:
—El…
Carter apretó la mandíbula.
—¿Quién? Ethan, ¿quién fue?
La mano de Ethan se movió lentamente, buscando a tientas. Carter la sujetó con fuerza. Los dedos del joven se cerraron alrededor de los suyos con una desesperación sorprendente.
—No… —Susurró Ethan, luchando por cada palabra—. No confíes…
El monitor empezó a acelerarse, pitidos rápidos y caóticos.
—¿En quién? —insistió Carter, el corazón latiéndole con fuerza—. ¿En quién no debo confiar?
La puerta se abrió de golpe. Médicos y enfermeras irrumpieron en la habitación.
—¡Tiene que salir ahora mismo! —ordenó el médico jefe.
—¡Está intentando decirme algo! —protestó Carter.
—¡Fuera!
Lo empujaron al pasillo. La puerta se cerró con un golpe seco.
Carter se quedó allí, escuchando el caos: órdenes gritadas, el zumbido de las máquinas, el pitido cada vez más rápido…
Y entonces, el sonido cambió.
Un pitido largo, plano, continuo.
Irreversible.
Carter cerró los ojos. Ya sabía lo que significaba.
Minutos después, el médico salió, quitándose los guantes con gesto cansado.
—Lo siento —dijo simplemente.
Dos palabras que cayeron como una losa.
Ethan estaba muerto.
Eric llegó corriendo poco después, todavía con la chaqueta mal puesta.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, sin aliento.
Carter lo miró. No hizo falta decir nada. Eric lo entendió al instante y se pasó una mano por la cara.
—Joder…
—Dijo algo antes de morir —murmuró Carter.
Eric levantó la vista.
—¿Qué?
—Él. Y luego… No confíes.
Eric frunció el ceño.
—¿No confíes… en quién?
—No llegó a decirlo.
Eric guardó silencio. En su mente se repetía una imagen: la sonrisa tranquila y controlada de Steven en la oscuridad del puerto.
—Esto no ha terminado —dijo Carter.
—Cada vez estamos más lejos —respondió Eric, desanimado.
—No. —Carter levantó la mirada, fría y decidida—. Ahora sabemos que alguien está desesperado. Ethan iba a hablar, y alguien se aseguró de que no pudiera hacerlo.
Antes de marcharse, Carter pidió ver las pertenencias personales de Ethan. Un enfermero le entregó una pequeña bolsa de plástico.
Dentro había una cartera, un reloj y una hoja de papel doblada varias veces, arrugada y con los bordes desgastados.
—¿Esto estaba con él cuando ingresó? —preguntó Carter.
—Sí, en el bolsillo del pantalón.
Carter desdobló el papel con cuidado. La escritura era temblorosa, hecha con prisa y miedo. Apenas se distinguía una palabra incompleta:
“Ste…”
El corazón le dio un vuelco.
Eric se acercó.
—¿Qué pone?
Carter dudó solo un segundo. Luego dobló el papel de nuevo y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Nada claro —mintió—. La tinta está corrida. No se entiende bien.
Eric lo miró con extrañeza, pero no insistió.
Al salir del hospital, la noche era más oscura y la niebla más espesa que nunca. Carter se detuvo junto a su coche y sacó el papel una vez más.
“Ste…”
No era casualidad. Pero todavía no era prueba suficiente.
Su teléfono vibró, número desconocido.
Abrió el mensaje.
Una sola frase:
“Vas demasiado lento.”
Carter levantó la vista y miró lentamente a su alrededor. La niebla parecía moverse con vida propia. Sintió esa presencia invisible, ese control absoluto.
No solo estaba investigando al asesino.
El asesino estaba jugando con él… y disfrutando cada movimiento.
Editado: 08.04.2026