Las Sombras de Raven's Bay

Capítulo 45

El acantilado se alzaba imponente bajo un cielo plomizo, envuelto en la misma niebla que parecía seguir a Carter y Eric como una sombra viva. Las olas rompían con furia contra las rocas trescientos metros más abajo, y el viento cortante les azotaba la cara mientras descendían por el sendero estrecho y resbaladizo. Habían decidido ir esa misma tarde, después del entierro, impulsados por las palabras del cuaderno de Ethan y por la necesidad desesperada de encontrar algo, cualquier cosa, que encajara en el rompecabezas.

—Carter, va a ser imposible buscar algo después de tantos años —murmuró Eric, agachándose junto a un arbusto retorcido por el salitre—. La hierba está intacta. Si alguien luchó aquí esa fatídica noche, ya no queda rastro.

Carter caminaba más adelante, los ojos clavados en el borde del precipicio. El lugar donde Samantha había desaparecido. El mismo sitio donde, según el cuaderno, Ethan había oído una voz y un grito antes de ver una figura huyendo entre las sombras.

—Aquí no hay nada —dijo Carter al fin, deteniéndose a unos metros del abismo. Su voz se perdió en el rugido del mar—. Ni huellas, ni restos, ni siquiera un maldito botón. Quien quiera que estuvo aquí se aseguró de limpiar todo.

Eric se acercó, frotándose las manos para entrar en calor.

—Quizá nunca hubo nada que encontrar. O quizá quien arrancó las páginas del cuaderno ya se encargaría de borrar las pruebas físicas también.

Carter no respondió. Se quedó mirando el vacío, sintiendo cómo el viento le tiraba del abrigo. El acantilado no les había dado respuestas; solo más preguntas. Y la frustración crecía como una marea dentro de él.

Regresaron al coche en silencio. El trayecto de vuelta a Raven’s Bay fue tenso, solo roto por el sonido de los limpiaparabrisas luchando contra la llovizna. Cuando aparcaron frente al hostal, estaba anocheciendo. En la recepción había un sobre blanco, sin remitente, sin sello. Solo su nombre escrito a mano con letra precisa y anónima.

Carter lo abrió allí mismo, antes de ir a su habitación. Eric se inclinó para leer por encima de su hombro.

Dentro había una sola hoja, doblada con cuidado. El texto era corto, impreso en una impresora común, pero las palabras golpearon como un puñetazo:

—Markus no actuó solo en la muerte de su mujer Margaret. Pregunta a Clara por la llamada del acantilado. Ella sabe más de lo que dice. Si sigues buscando, recuerda a Ethan.

Ninguna firma. Solo un número de teléfono al final, tachado con fuerza.

Carter arrugó el papel con fuerza, el pulso acelerado.

—Markus… —murmuró—. El marido de Margaret, hubo rumores de que estaba en un romance con Helena —dijo Eric.

—¿Crees que Helena estuvo involucrada también en eso?

Carter no contestó. Guardó la carta en el bolsillo y subió al coche sin decir una palabra más.

Veinte minutos después estaba frente a la puerta de Clara. No había avisado. Eric se había quedado en su casa, a regañadientes, vigilando por si alguien los seguía. Carter llamó con tres golpes secos.

Clara abrió casi al instante. Llevaba un jersey amplio y el pelo suelto, pero sus ojos estaban enrojecidos, como si no hubiera dormido en días.

—Carter… ¿Qué haces aquí?

Él entró sin esperar invitación, cerrando la puerta tras de sí. La casa olía a café quemado y a nervios.

—Tenemos que hablar —dijo sin rodeos—. De Margaret. De Markus de Helena. De la llamada que Samantha recibió antes de ir al acantilado.

Clara retrocedió un paso, cruzando los brazos sobre el pecho.

—No sé de qué me hablas.

Carter sacó la carta y se la puso delante de la cara.

Clara miró el papel. Sus manos temblaron ligeramente al sostenerlo, pero su expresión se endureció.

—No sé nada de eso, Carter. Nada. Y si sigues presionando… si sigo hablando… me puede pasar lo mismo que a Ethan. ¿Lo entiendes? No estoy segura aquí. Nadie lo está.

Su voz se quebró en la última frase. No era acting. Era miedo puro, crudo.

Carter dio un paso más cerca, bajando la voz, pero sin suavizarla.

—Entonces dime la verdad. ¿Estuviste con Steven esa noche? ¿Fuiste tú quien llamó a Samantha fingiendo ser otra persona?

Clara negó con la cabeza, retrocediendo hasta chocar contra la mesa del salón.

—No… no puedo. Si hablo, estoy muerta. Ya viste lo que le hicieron a Ethan en el hospital. No fue un accidente. Fue una advertencia. Y la próxima seré yo… o tú.

Carter la miró fijamente, buscando alguna grieta en sus ojos. Pero solo encontró terror y algo más: una resignación profunda, como si ya hubiera aceptado su destino.

—Eres una cobarde —escupió él, girándose hacia la puerta—. O una cómplice. No sé cuál de las dos cosas es peor.

Abrió la puerta con rabia y salió al porche. El aire frío de la noche le golpeó la cara. Caminó hacia su coche aparcado en la acera, frustrado, con la sangre hirviendo. Todo parecía un callejón sin salida: el acantilado vacío, la carta anónima, Clara aterrorizada pero muda.

—¡Carter! ¡Espera!

La voz de Clara sonó desesperada a su espalda. Él se detuvo a medio camino del coche y se giró. Ella había salido de la casa sin abrigo, descalza sobre el cemento húmedo, el pelo revuelto por el viento.

—Carter, por favor… tengo que decirte algo. No aquí. No ahora. Pero…

No terminó la frase.

Un rugido de motor rompió el silencio de la calle. Un coche negro, sin luces, surgió de la niebla como un depredador. Avanzaba a toda velocidad, directo hacia ella.

Clara apenas tuvo tiempo de levantar la vista.

—¡CLARA! —gritó.

Pero ya era tarde; el impacto fue seco, violento.

El cuerpo de Clara salió despedido varios metros, cayendo con un golpe sordo contra el asfalto.

El coche no frenó, pasó de largo y desapareció en la niebla.

Carter corrió hacia ella.

—¡Clara! ¡Clara!

Se arrodilló a su lado; había demasiada sangre y su respiración era débil.



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Editado: 30.04.2026

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