El hospital volvía a oler a lo mismo: desinfectante, silencio y muerte contenida. Carter caminaba por el pasillo con el pulso acelerado, siguiendo a los médicos que empujaban la camilla de Clara hacia el quirófano. Las ruedas chirriaban contra el suelo pulido.
—Traumatismo craneal severo, hemorragia interna y múltiples fracturas —decía uno de los médicos mientras revisaba el monitor portátil—. Preparad quirófano tres. Necesitamos sangre.
Las puertas batientes se cerraron de golpe con un sonido metálico. El pasillo quedó en silencio.
Eric llegó corriendo pocos minutos después, todavía con la chaqueta mal abrochada y el pelo revuelto.
—¿Está viva? —preguntó sin aliento.
Carter asintió, sin apartar la vista de las puertas cerradas.
—De momento.
Eric se pasó las manos por el rostro.
—Esto no puede estar pasando… otra vez.
—Sí está pasando —respondió Carter con frialdad—. Y no es un accidente.
Eric lo miró, alarmado.
—¿Lo dices por lo de Ethan?
—Y por esto.
Carter sacó del bolsillo un pequeño fragmento de plástico rojo: parte del faro del coche que había encontrado en la calle, junto al cuerpo de Clara.
—El coche no frenó. Ni siquiera intentó esquivarla. Fue directo a por ella.
Eric tragó saliva, pálido.
—Entonces alguien intentó matarla.
—No —corrigió Carter en voz baja—. Intentó callarla para siempre.
—¿Dijo algo antes de perder el conocimiento?
Carter dudó solo un segundo. Esta vez no ocultó nada.
—Dijo “Ste…”. Solo eso. “Ste…”.
Eric se quedó helado.
—¿Steven?
Carter no respondió, pero su silencio fue suficiente.
—Tienes que decírselo a la policía —insistió Eric—. Aunque sea solo eso.
—Sin pruebas no sirve de nada —replicó Carter—. Y él lo sabe perfectamente.
—¿Entonces qué hacemos?
Carter miró hacia las puertas del quirófano, la mandíbula tensa.
—Esperar.
Pero en su voz no había paciencia, solo rabia contenida y una determinación peligrosa.
—¿Esperar qué? —preguntó Eric.
La voz llegó a sus espaldas, tranquila y familiar:
—Que las próximas horas decidan si Clara vive o muere.
Ambos se giraron al mismo tiempo.
Steven estaba allí, de pie en mitad del pasillo, con gesto preocupado y las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro. Parecía recién llegado de la calle; todavía tenía gotas de niebla en los hombros.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Eric, desconfiado.
—Me enteré de lo que le pasó a Clara —respondió Steven con naturalidad—. ¿Cómo está?
—Está en cirugía —contestó Carter, sin apartar la vista de él ni un segundo.
Steven asintió lentamente y miró hacia las puertas cerradas.
—Joder… Esto se está yendo completamente de las manos.
Carter dio un paso hacia él, midiéndolo.
—¿Sí? ¿Eso crees?
Steven lo miró directamente.
—Sí.
—¿Por qué lo dices?
Steven dudó apenas un instante, lo justo para que Carter notara la pausa.
—Porque primero Ethan… ahora Clara. Alguien está intentando borrar todo lo que sabe.
Carter lo observaba con intensidad, estudiando cada microexpresión.
—¿Y quién crees que es ese alguien?
Steven sostuvo su mirada sin parpadear.
—Ojalá lo supiera.
Mentira. Carter lo sintió en las tripas. Eric, a su lado, miraba a uno y a otro, claramente confundido por la tensión que crepitaba en el aire.
—Esto no tiene sentido —murmuró Eric—. Todo apunta en direcciones distintas… pero nada encaja del todo.
Steven giró ligeramente la cabeza hacia él.
—A veces las cosas más evidentes son las menos reales.
Carter apretó la mandíbula.
—¿Y las menos evidentes?
Steven esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
—Esas son las peligrosas.
Carter no pudo contenerse más.
—¿Dónde estabas esta noche, Steven?
Eric lo miró, sorprendido por la brusquedad. Steven, en cambio, ni se inmutó.
—En casa.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Alguien puede confirmarlo?
Una pausa brevísima.
—No.
Carter asintió lentamente.
—Curioso.
—¿Por qué? —preguntó Steven, ladeando la cabeza.
—Porque Clara tampoco tenía coartada cuando le pregunté por la noche en que Ethan murió.
La sonrisa de Steven desapareció durante un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente para que Carter viera el destello frío en sus ojos.
—Carter —intervino Eric en voz baja—. No es el momento…
—Sí lo es —cortó Carter sin apartar la mirada de Steven—. Porque alguien intentó matar a Clara justo cuando iba a hablar. Y ese alguien sabía exactamente dónde y cuándo encontrarla.
Steven no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz sonó calmada, casi compasiva.
—Todos estamos en peligro. No solo Clara.
Carter entrecerró los ojos.
—¿Eso es una advertencia?
Steven negó con suavidad.
—Es un hecho.
En ese instante, las puertas del quirófano se abrieron. Un médico salió, todavía con la mascarilla colgando del cuello. Los tres se giraron al unísono.
—¿Familiares de Clara?
—No exactamente —respondió Carter—. Pero estamos con ella. ¿Cómo está?
El médico dudó un momento, mirando los tres rostros expectantes.
—Está estable… de momento. Ha perdido mucha sangre y el traumatismo es grave. Las próximas horas serán críticas.
Eric soltó el aire que había estado conteniendo.
—¿Ha recuperado la conciencia en algún momento? —preguntó Carter.
—No. Sigue inconsciente desde que la llevamos al quirófano.
Steven bajó la mirada, aparentemente afectado.
—Ojalá despierte pronto…
Carter lo observó con atención. Cada gesto, cada palabra. Y entonces lo entendió: no era preocupación. Era cálculo. Control.
Steven se apartó un poco del grupo, como si necesitara espacio. En ese preciso momento, el teléfono de Carter vibró en su bolsillo. Lo sacó y abrió el mensaje de un número desconocido.
Editado: 30.04.2026