El sol ascendía lentamente en el horizonte, bañando el paisaje con tonos dorados. Clara y Viktor avanzaban en silencio, siguiendo las indicaciones del diario. Este parecía tener una voluntad propia, pues las páginas se movían solas, señalándoles el camino con símbolos que Clara comenzaba a entender.
“No deja de sorprenderme,” dijo Viktor, rompiendo el silencio. “Ese libro... parece estar vivo.”
Clara lo miró de reojo. “Lo está, en cierto sentido. Es un reflejo de las intenciones de quien lo lleva. Pero no confío en él completamente. Tiene su propio propósito.”
Viktor asintió, sin replicar. Había aprendido a no subestimar la fuerza de voluntad de Clara.
El camino los llevó a un valle oculto entre montañas. En el centro del valle se alzaba un templo antiguo, construido con piedra blanca que parecía brillar bajo la luz del sol. Sus puertas estaban abiertas, como si los estuviera esperando.
“Es aquí,” murmuró Clara, observando cómo las runas del diario coincidían con las inscripciones del templo.
Viktor frunció el ceño. “¿Qué tipo de prueba crees que será esta?”
Clara miró el templo con determinación. “Es la Prueba de la Luz. Jan Pier mencionó en sus escritos que la luz puede revelar tanto las verdades que buscamos como las que tememos enfrentar. Supongo que eso es lo que encontraremos aquí.”
Sin más palabras, ambos cruzaron el umbral del templo. Al hacerlo, la luz del sol se intensificó, inundando la sala principal con un resplandor cegador. Clara levantó una mano para protegerse los ojos, pero Viktor gruñó, retrocediendo un paso.
“¿Qué sucede?” preguntó Clara, alarmada.
Viktor respiró con dificultad, su rostro contrayéndose de dolor. “La luz... está hurgando en mí. Me obliga a ver cosas que había enterrado.”
Clara sintió que la luz también la afectaba, pero de una manera diferente. Mientras Viktor luchaba contra sus recuerdos, ella sentía cómo la luz escarbaba en sus dudas, en sus inseguridades. Imágenes de su madre, de las decisiones que había tomado y de las vidas que había cambiado pasaron por su mente.
“La luz no es solo verdad,” resonó una voz en la sala. “Es juicio. Aquellos que no pueden soportarla serán consumidos.”
Clara apretó los dientes y avanzó, mientras Viktor caía de rodillas detrás de ella. “Viktor, levántate. No podemos detenernos aquí.”
Él la miró, su rostro lleno de angustia. “No entiendo cómo puedes soportarlo. Todo lo que he hecho... todas las vidas que arruiné... la luz me lo muestra como si estuviera ocurriendo de nuevo.”
Clara se arrodilló junto a él, colocando una mano sobre su hombro. “Porque no se trata de soportar el juicio. Se trata de aceptarlo. Todos hemos cometido errores, Viktor. Pero si seguimos huyendo de ellos, jamás podremos avanzar.”
Viktor cerró los ojos, sus lágrimas cayendo sobre el suelo brillante del templo. Poco a poco, la luz que lo rodeaba comenzó a menguar, dejando un resplandor más suave. Cuando abrió los ojos, su expresión había cambiado.
“Lo entiendo,” dijo en voz baja. “No puedo cambiar lo que hice, pero puedo elegir no repetirlo.”
Clara asintió, ayudándolo a ponerse de pie. La luz en la sala se intensificó nuevamente, pero esta vez no era dolorosa. En el centro de la sala, apareció un pedestal con un cristal transparente que irradiaba una energía cálida.
“El cristal de la verdad,” dijo Clara, acercándose.
Al tomarlo, sintió una oleada de paz y claridad. Su mente se llenó de imágenes: un mapa, una figura encapuchada, y un portal oscuro que parecía pulsar con vida.
“La próxima prueba nos llevará allí,” dijo Clara, mostrando el mapa a Viktor.
Él asintió, aunque su mirada seguía reflejando un cansancio profundo. “La luz me ha cambiado. No sé si estoy listo para lo que sigue, pero no me detendré.”
Con el cristal en su poder, Clara y Viktor salieron del templo. La Prueba de la Luz había terminado, pero el camino hacia el corazón del legado de Jan Pier apenas comenzaba. Lo que los esperaba en las sombras sería aún más desafiante, pero ambos sabían que ya no podían retroceder.