Kael retrocedió un paso, su respiración entrecortada. La imagen de Elaia seguía allí, inmóvil, observándolo con aquellos ojos que tanto había amado. Pero la sombra detrás de ella… esa cosa no era humana. Se retorcía y alargaba, como si el mismísimo vacío intentara tomar forma.
—¿Por qué dudas, Kael? —susurró Elaia, con una dulzura inquietante—. Has venido hasta aquí por mí, ¿no es cierto?
Su voz era un eco lejano, una melodía atrapada entre los recuerdos.
Kael tragó saliva.
—No. No eres real.
Los labios de Elaia se curvaron en una sonrisa.
—Si no soy real… entonces, ¿por qué me sigues viendo?
El suelo tembló bajo sus pies. Las ruinas del templo se estremecieron como si el mundo estuviera a punto de colapsar. Detrás de Kael, un torbellino de sombras comenzó a girar, atrapándolo en una prisión sin escapatoria.
Clara y Viktor.
Sus nombres parpadearon en su mente.
¿Dónde estaban?
—Estás solo, Kael —susurró Elaia, acercándose lentamente—. Siempre lo has estado.
Kael cerró los ojos con fuerza. La voz perforaba su alma, removiendo verdades que no quería enfrentar. Pero en lo más profundo de su ser, sabía que no estaba solo.
—No.
Abrió los ojos.
La sombra de Elaia se abalanzó sobre él.
Kael alzó las manos instintivamente y una explosión de luz brotó de su cuerpo. Un brillo dorado rasgó la oscuridad, dispersando la ilusión. Por un instante, el rostro de Elaia pareció torcerse en una mueca de angustia… y luego se desvaneció en la nada.
Las ruinas desaparecieron.
Kael se encontró de vuelta en la torre, de rodillas en el suelo de piedra.
A su lado, Clara y Viktor yacían inconscientes.
—No estaban conmigo… —susurró, sintiendo una punzada de culpa.
El susurro de la sombra aún flotaba en el aire, débil pero persistente.
**"Siempre lo has estado."**
Kael apretó los puños.
No.
Ya no.
Se levantó, sacudiéndose el polvo, y miró hacia arriba. La escalera aún ascendía, y en su cima, una puerta oscura lo esperaba.
La prueba aún no había terminado.