Las veces que repetí por tí

Capítulo I: Despierta, pequeña fea durmiente

Una voz aguda y burlona irrumpió en mi habitación.

—Despierta, pequeña fea durmiente —gritó y golpeaba toscamente la puerta.

Me sobresalté, cubrí mi rostro con una almohada y traté se seguir durmiendo.

—¡Vete y déjame dormir! —gruñí, abrazando con fuerza el peluche de Bulbasaur que me regaló la culpable.

Cuando Mariana quería fastidiar, lo conseguía.

—Valerie, levántate. ¡Tengo hambre!

—¡No tienes vergüenza! ¡Déjame dormir tranquila!

Hubo un silencio breve. Demasiado sospechoso.

—Joan está aquí —canturreó—. Madrugó para verte.

Abrí los ojos de golpe.

¿Joan? ¿Aquí?

El sueño desapareció al instante. Solo escuchar su nombre bastó para despertarme. Me levanté de un salto y bajé las escaleras sin pensar. Mariana venía detrás, riéndose.

—¡Joan! —grité al cruzar la sala, buscando algún indicio de él.

Esperaba un "Hola, princesa". Un "Buenos días, amor". Algo.

Pero lo único que recibí fue una carcajada burlona a mi espalda.

—Ahora ya sé cómo sacarte de la cama —dijo Mariana—. Y ya que estás despierta... estás cerca a la cocina. Huevitos revueltos y un café bien cargado. Tengo examen. Me avisas cuando esté.

Y desapareció en su habitación como si nada.

Siento una punzada en el pecho al darme cuenta de que Joan no estaba ahí. Sin darme cuenta, ya estoy en la cocina. Empiezo a preparar el desayuno. Saco los huevos y empiezo a batirlos, más fuerte de lo necesario. Agrego cebolla, pimiento y tomate. A Mariana le encanta el omelette de verduras.

Antes de ponerlos en la sartén, recuerdo mi celular. Subo rápido a mi habitación. Está tirado debajo de la cama.

Reviso si Joan me ha respondido.

Nada.

Recuerdo que tiene una campaña importante. Seguro está ocupado.
Eso intento creer.

Ni un "Buenos días", ni un "Llegué", ni un "Te amo".

Decido escribirle yo.

Valerie: Buenos días, mi amor. Espero que hoy tengas un lindo día. Que te vaya súper bien en el trabajo. Te amo mucho.

Me quedé esperando, mirando la pantalla unos minutos.

Nada.

Lo veo en línea pero no abre mi mensaje.

Bufo, molesta conmigo misma por sentirme así.

Vuelvo a la cocina. Vierto toscamente la mezcla en la sartén.

—!Mierda! —el aceite salpica y aparto el abrazo de golpe.

Lo que me faltaba. Paso el brazo por el agua, me coloco la membrana de uno de los huevos de había quebrado y termino de servir los platos. Dejo el pan en la mesa. Reviso el celular otra vez.

Nada.

—¡Mariana! ¡Baja a desayunar! —grité.

Ella apareció corriendo como si alguien la persiguiera.

—Ay, ¡Qué rico huele! —dijo abrazándome por la espalda.

—Lávate las manos y siéntate.

—Vale —dijo, y salió disparada al baño.

Cuando volvió, empezó a devorar todo.

—¿Vas a salir hoy? —le pregunté mientras le daba un primer mordisco al pan.

—Sí, tengo clases a las doce del día —respondió con la boca llena.

—Yo me quedaré ordenando la casa... y al mediodía saldré a comprarle algo a Joan. Mañana cumplimos tres años —murmuré, mirando el celular sin darme cuenta.

—Perfecto —dijo, sin despegar la vista del plato.

—Tranquila, nadie te va a quitar la comida —me reí.

—¡Tenía demasiada hambre! —dijo, dándole el primer sorbo a su café.

—Bien podías haber preparado algo —añadí, sin mirarla.

Mariana bajó la mirada y suspiró.

—Lo de Joan... fue broma. Perdón. He estado estudiando toda la noche. Es semana de exámenes.

Le acaricié el hombro.

—Tranquila... —murmuré.

Terminamos de desayunar. Mariana se fue directo a su habitación para continuar con sus trabajos de la universidad y yo regresé a la mía.

El celular vibró en el bolsillo de mi pantalón. Lo saqué de inmediato.

YouTube.

Solté el aire por la nariz y lo dejé sobre la cama.

Es sábado. Le había dado el día libre a los chicos de la oficina, así que aproveché para encargarme de mi habitación y de los espacios comunes. Desde que me mudé con mi hermana hace un año, esa se había convertido en mi rutina los fines de semana.

El celular volvió a vibrar.

Lo miré.

Nada importante.

Lo dejé otra vez.

A la tercera vibración, ni siquiera lo abrí.

—Claro —murmuré, golpeándolo suavemente contra la mesita de noche—. ¿Por qué serías tú?

Seguí limpiando.

Pero cada pocos minutos mi mirada volvía sola hacia el celular, como si en algún momento fuera a cambiar de opinión y aparecer su nombre en la pantalla.

No lo hizo.

Cuando miré el reloj, ya eran las once de la mañana.

Fui a darme una ducha para alistarme. Me demoré más de lo necesario, como siempre, aunque esta vez no fue por vanidad. Era solo una excusa para no pensar demasiado.

A las doce en punto ya iba camino al centro comercial.

El trayecto fue corto, pero suficiente para que revisara el celular más veces de las que quería admitir.

Nada.

Estacioné y bajé del auto. El aire acondicionado del centro comercial me recibió de golpe, junto con el murmullo constante de la gente.

Entré a una tienda de ropa masculina. Suelo comprarle ahí a Joan porque desde que lo conozco siempre ha usado la misma marca de camisetas y camisas.

Recorrí los estantes con calma, pasando la mano por las telas, buscando algo que realmente le gustara. Algo que lo hiciera sonreír.

Al final elegí una camisa de cuadros que se que le encantan y un polo negro.

No era suficiente.

También iba a comprarle su perfume favorito, Sauvage de Dior. Y una carta.

Siempre hay una carta.

Después de más de dos horas recorriendo el centro comercial, terminé.

Tenía todo.

Pensé en quedarme a almorzar, pero el cansancio me cayó encima de golpe. Limpiar la casa me había dejado más agotada de lo que esperaba, así que decidí irme y pediría algo por delivery cuando llegue a casa. Me apresuré hacia el estacionamiento cuando, de pronto, mi celular vibró.




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