—Despierta pequeña fea durmiente —dice mi hermana, recostada en el marco de mi puerta.
Mis ojos ya están abiertos y la cabeza me da vueltas. Un dolor persistente late en mis sienes. Siento el cuerpo pesado, como si el sueño hubiese sido real... demasiado real.
El accidente.
El impacto.
El aire escapándose de mis pulmones.
No pudo haber sido solo un sueño.
Yo lo viví.
—¿Estás bien? —pregunta Mariana, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos—. Parece que viste un fantasma.
Asiento, dudosa, solo para no preocuparla, aunque sé que mi cara dice todo lo contrario.
—¿Qué día es hoy? —pregunto, con la voz más baja de lo normal.
—El día que te toca hacer el desayuno —responde, divertida.
—¿Qué día es hoy, Mariana? —Repito, esta vez alzando la voz.
—Que pesada, no aguantas una bromita, hoy es sábado.
—¿Sábado qué? —rodee los ojos.
—14 de septiembre.
Al escuchar la fecha, el corazón se acelera de golpe, busco mi peluche casi por instinto, como si aún pudiera aferrarme a algo seguro.
Entonces recuerdo algo: No es la primera vez.
No es la primera vez que un sueño se siente tan real, tan cercano.
Tiene que ser eso. Solo un sueño.
Porque si hubiese sido real...
No estaría aquí, en mi habitación, sino en un hospital, con las costillas. rotas y al borde de la muerte.
Me quedé en silencio unos minutos más. Puedo sentir a Mariana todavía ahí, observándome. Esta vez no dice nada.
Creo que la asusté.
—¿Por qué sigues en mi habitación? !Vete! —espeto, con una seriedad que ni yo reconozco.
No tiene sentido seguir pensándolo. Solo ha sido un mal sueño.
—Valerie, levántate. ¡Tengo hambre!
—Te diré lo mismo que te dije en mi sueños: ¡Tú sí que no tienes vergüenza! ¡Déjame dormir tranquila!
El silencio que siguió fue breve... pero incómodo.
—Joan está aquí —canturrea—. Madrugó solo para verte, y también tiene hambre.
Mis ojos se abren de golpe.
Es lo mismo.
No es exactamente igual, pero... es lo mismo.
Las palabras. El tono. La sensación.
¿Acaso todo se va a repetir?
Porque si es así...
Entonces hoy mi novio va a terminar conmigo.
!NO!
Cierro los ojos con fuerza.
No puedes sacar conclusiones apresuradas Valerie. Un sueño no significa nada, es una mera coincidencia.
Aunque...
Como buen Tauro que soy, prefiero prevenir antes que lamentar.
—Tierra llamando a Valerie —dice Mariana, chasqueando los dedos frente a mí.
—No te haré el desayuno Mariana —espeto molesta—. Sé que Joan no está aquí. No intentes engañarme. Tienes manos, utilízalas y déjame en paz.
Me levanto de la cama con brusquedad y voy directo al clóset. Saco lo primero que encuentro todavía con esa incomodidad metida en el cuerpo.
Siento la mirada de Mariana sobre mí.
De reojo, noto que quiere decir algo... pero se lo guarda.
Al final, se va.
Mi hermana es el ser más molestoso que habita esta tierra. En otras circunstancias, incluso son flojera, le habría hecho el desayuno.
Pero hoy no.
Hay algo más importante.
Si mi relación está en riesgo.
No voy a quedarme esperando a que pase.
No soy una persona supersticiosa, o eso me gusta creer, pero siempre he pensado que es mejor no tentar a la suerte. Recuerdo cuando existían las cadenas de correos electrónicos donde decía que si no compartías el correo a quince amigos, tendrás veinte años de mala suerte, o si no compartes el correo te irá mal en el amor... yo siempre las reenviaba.
Por si acaso.
Uno nunca sabe.
Supongo que ahora estoy haciendo los mismo.
Seguir mi sueño.
Seguir mi corazonada.
Minutos después, ya más despejada, me visto rápido: polo gris, pantalón negro, zapatillas grises y mi reloj deportivo favorito. Tomo las llaves del auto y bajo casi corriendo.
Voy a ir a la oficina de Joan.
No voy a volver a casa hasta hablar con él.
Hasta estar segura de que todo sigue bien entre nosotros.
Mientras conduzco, le envío un mensaje a Joan para avisarle que voy camino a su oficina. Sí, lo sé. No debo mensajear mientras manejo... pero hoy es una pequeña excepción. Al no recibir respuesta, mantengo la vista al frente. No quiero accidentarme antes de verlo.
De pronto, un dolor me atraviesa la cabeza.
Todo vuelve.
El accidente.
El impacto.
La sensación de no poder respirar.
Me detengo frente a un semáforo en rojo y, casi por reflejo, abro la guantera. Saco una pastilla para la migraña y la tomo con rapidez. Luego me orillo unos minutos, esperando que el dolor ceda.
Quince minutos después, el malestar desaparece por completo. Respiro hondo y retomo el camino.
Hace tiempo que no voy a la oficina de Joan. El camino es nuevo para mí, desde que alquilaron en este nuevo edificio, no he venido a visitarlo nunca. Está un poco lejos de la ciudad, y manejar siempre termina pasándome factura. El tráfico, el ruido, la tensión... todo me deja con dolor de cabeza.
Hace dos meses me choqué.
Un bus me cerró sin aviso. Apenas tuve tiempo de reaccionar y girar un poco el volante para que el impacto no fuera peor. Aun así, el susto... y los golpes... se quedaron.
Desde entonces, manejar es casi una guerra:
"Imbécil, mira por donde vas"
"¿Ya me vas a cerrar?"
"Déjame pasar pues manco"
"Hombre tenías que ser"
Mucho calificativos y enojos aparecer durante el tiempo que me mantengo al volante. Cada pocos minutos, termino insultando a alguien. Manejar me irrita, me desgasta. Es necesario... pero lo evito siempre que puedo.
Después de casi una hora y demasiado tráfico, llego por fin a la oficina de Joan. Pero él no está. Su secretaria me dice que salió a una campaña fuera de la ciudad. Intento llamarlo. No contesta.
Mi respiración se acelera un poco... aunque logro calmarme.