Las visiones de Cassandra I: El rostro del culpable

Cassandra se Equivoco

Cassandra supo, en aquel instante, que se había equivocado al haber ido a esa casa.

La certeza le cayó encima con un peso físico, casi doloroso, como si el aire se hubiera vuelto más espeso de pronto. No era solo una corazonada tardía ni un miedo sin forma: era la convicción absoluta de que había cruzado un límite que no debía. Esa casa no era una casa cualquiera. Era —o había sido— la casa del presunto asesino. Y eso ya era suficientemente perturbador. Pero lo que terminó de quebrarla fue reconocer aquel viejo espejo.

Estaba apoyado contra una pared, ligeramente inclinado, con el marco de madera oscurecido por el paso del tiempo y la humedad. Cassandra lo recordó de inmediato, como se recuerdan las cosas vistas en sueños o en visiones: con una claridad imposible de ignorar. Su reflejo apareció primero, pálido, con los ojos demasiado abiertos. Y entonces, detrás de ella, en el fondo del vidrio opaco, apareció otra figura.

No necesitó más que un segundo para saber quién era.

Caleb.

El terror la invadió de golpe, subiéndole por el pecho hasta dejarla sin aire. Sintió que las piernas le temblaban y tuvo que apoyarse en una mesa para no caer. ¿Cómo podía seguir investigando ahora? ¿Cómo continuar, si él parecía conocer cada uno de sus pasos? Si podía verla a través de un espejo. Si, de algún modo inexplicable, había logrado dejar aquel papel en su bolsillo sin que ella se diera cuenta.

Metió la mano con torpeza dentro del abrigo, como si necesitara comprobar que no lo había imaginado. El papel seguía allí, arrugado por el sudor de sus dedos. Dos palabras escritas con una letra firme, casi elegante:

No vuelvas.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

¿Qué le habría pasado a aquel niño que parecía esconderse tan bien del mundo? ¿En qué momento se había convertido en esto? ¿Por qué nadie lo nombraba? Cassandra intentó recordar si alguna vez había escuchado ese nombre antes, pero no. Nunca. Al menos, no hasta que comenzó a investigar en la biblioteca, guiada por una de sus visiones.

Si no hubiera sido por eso, Caleb no existiría para ella. Seguiría creyendo, sin dudarlo, que el verdadero asesino era Ignacio. Y aunque ahora ya no podía descartarlo del todo —algo en su interior le decía que Ignacio también formaba parte de lo ocurrido—, la historia era mucho más compleja de lo que había imaginado al principio.

Había demasiados vacíos.

Demasiadas sombras.

¿Quién era el joven que estuvo con Daniel aquella noche? Esa pregunta seguía girando en su cabeza como un animal atrapado, golpeando una y otra vez contra las paredes de su mente. Cada vez que creía tener una pista firme, algo nuevo aparecía para alejarla aún más de la verdad. Siempre parecía estar a un paso del asesino, y al mismo tiempo, cada vez más lejos.

Ahora lo sabía con certeza: Caleb podía verla a través de los espejos. Podía observarla. Escuchar, quizás. Saber todo lo que ella sabía si no era lo suficientemente cuidadosa. Y eso era lo más aterrador de todo.

Porque si él tenía ese poder, ¿qué más podía hacer?

¿Podía hacerle daño a ella?

¿O a su familia?

El pensamiento le provocó un nudo en el estómago. Vio, sin querer, los rostros de las personas que amaba, ajenos a todo, viviendo sus vidas con normalidad mientras ella se adentraba cada vez más en un juego peligroso. Una cosa tenía clara: no debió haber ido a aquella casa. Lo sabía desde el primer segundo en que cruzó el umbral.

Pero la curiosidad mató al gato, decían. Y Cassandra siempre había sido curiosa. Demasiado.

Lo peor era que no podía decirle nada a la policía. ¿Cómo hacerlo sin parecer una loca? ¿Cómo explicar que un espejo le había mostrado al asesino? ¿Que no lo había visto exactamente, pero que había sentido su presencia con una certeza absoluta? ¿Que alguien había dejado un papel en su bolsillo sin que ella lo notara?

Imaginó la escena con amargura: ella sentada frente a un escritorio, los oficiales intercambiando miradas cargadas de escepticismo. El espejo me mostró al asesino, diría. Y dejó un papel en mi bolsillo que decía “no vuelvas”.

No la creerían.

Claro que no.

Y no solo eso: dejarían de tomar en serio sus pistas, sus intuiciones, todo lo que había reunido hasta ese momento. La encasillarían, la observarían con lástima o con desconfianza. Y entonces sí, no tendría ninguna maldita forma de encerrar al verdadero culpable.

El silencio de la casa parecía observarla, igual que el espejo. Cassandra se abrazó a sí misma, tratando de ordenar sus pensamientos. Tenía que decidir. No podía quedarse paralizada por el miedo.

¿Qué debía hacer ahora?

¿Volver al bosque, donde todo había comenzado, aun sabiendo que ese lugar parecía pertenecerle a él?

¿O llegar hasta allí con la investigación y dejar que la policía se encargara, aceptando que tal vez nunca conocerían toda la verdad?

Cassandra cerró los ojos por un momento. Sabía que, eligiera lo que eligiera, nada volvería a ser igual. El espejo ya había abierto una puerta que no se cerraría fácilmente.

Y en algún lugar, lo sentía, Caleb estaba mirando.




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