Capítulo 1: El Eco de la Terquedad
El mes de febrero en la zona central es un enemigo silencioso. No es solo el calor; es una presencia física, un manto de aire espeso y calcinante que desciende desde la cordillera y se estanca en los valles, secando la tierra hasta agrietarla y convirtiendo el viento en un soplido de horno. Para Erick y sus amigos, aquel febrero era, además, exasperantemente lento. Las puertas de la universidad se habían cerrado de manera obligatoria por el receso de verano, despojándolos de los únicos lujos que justificaban sus extenuantes jornadas de estudio: el aire acondicionado de la biblioteca y el café helado de la máquina del casino.
Sin ese refugio artificial, el grupo se había visto obligado a retornar a sus respectivas realidades. Erick pasaba los días en el patio de su casa, bajo la sombra insuficiente de un parrón viejo, contemplando cómo el pasto se volvía amarillo y quebradizo.
Esa tarde, el termómetro rozaba los treinta y nueve grados. Daniel, con una cámara reflex colgada al cuello y la polera empapada de sudor, se abanicaba con un cuaderno universitario mientras permanecía sentado en una de las sillas plásticas del patio. A su lado, Carlos limpiaba con obsesión sus lentes empañados, quejándose en voz baja del polvo en suspensión que parecía flotar como una neblina dorada sobre el cerro San Juan.
—No podemos pasar todo el maldito mes viendo cómo se derriten las piedras —protestó Daniel, ajustando el lente de la cámara hacia las colinas distantes. Su obsesión por registrar todo lo que se cruzara en su camino era a la vez un pasatiempo y una neurosis; manejaba un incipiente canal de videos de exploración urbana que apenas arañaba los mil seguidores, pero él lo trataba con la seriedad de una producción de televisión—. Necesitamos contenido. Algo real. No más videos de nosotros mismos quejándonos del sol en Machalí.
—¿Y qué propones, Spielberg? —preguntó Erick, sin abrir los ojos, recostado sobre una reposera de lona—. ¿Subir el cerro a mediodía para filmar espinos secos? Nos va a dar una insolación antes de llegar a la mitad del sendero.
—Hay otros lugares —intervino Juan.
Juan había estado inusualmente callado, sentado en el borde del pozo de agua seco al fondo del patio. Tenía entre las manos un viejo mapa topográfico de la zona, una copia heliográfica arrugada y manchada de grasa que mostraba las intrincadas curvas de nivel entre Machalí y la localidad precordillerana de Coya. Cuando los tres pares de ojos se posaron sobre él, Juan dobló el papel con deliberada lentitud, como si custodiara un secreto de estado.
—Mi abuelo me entregó esto antes de que su demencia senil se pusiera peor —dijo Juan, bajando la voz—. No es un mapa de senderos turísticos. Son los planos de las antiguas prospecciones de principios del siglo pasado. Los piques de carbón y cobre que quedaron abandonados cuando la Braden Copper Company concentró todo en Sewell.
Carlos se colocó los lentes de un tirón, frunciendo el ceño con desconfianza.
—Juan, tu abuelo trabajó en la fundición de Caletones, no en los piques antiguos —señaló, con su habitual tono analítico—. Esas minas de la precordillera están clausuradas desde los años treinta. No son seguras. Muchas ni siquiera tienen registros oficiales porque eran pirquenes informales. Es pura roca podrida.
—Precisamente por eso —replicó Juan, con una chispa de obstinación en los ojos—. Nadie ha entrado ahí en casi un siglo. Los viejos de Coya dicen que cuando cerraron el último túnel del sector "La Ciega", dejaron atrás herramientas completas, rieles e incluso oficinas subterráneas intactas porque debían salir pronto de ahí. Es historia pura, Daniel. Material exclusivo.
Daniel se incorporó de inmediato, la apatía del calor olvidada en un segundo.
—¿Tienes las coordenadas exactas?
—Tengo algo mejor —Juan dio un golpecito al mapa—. Sé cómo llegar al ingreso del túnel secundario. El que usaban para ventilación y escape. Está oculto por la vegetación detrás del cajón del río Coya.
Erick observó a Juan. Había algo en la rigidez de sus hombros que no encajaba con la habitual ligereza del grupo. Los cuatro se conocían desde el primer año de universidad; una amistad forjada a base de compartir trasnochadas, certámenes difíciles y fines de semana recorriendo los cerros de la comuna. Eran chicos criados en una zona con fuerte identidad minera, acostumbrados a la presencia de la montaña, pero Erick sabía que adentrarse en un pique subterráneo abandonado era una escala de peligro completamente distinta y muy lejana a lo que alguna vez pudieron aprender.
—Juan —dijo Erick, incorporándose lentamente—. ¿Qué te dijo realmente tu abuelo sobre ese lugar?
Juan desvió la mirada por una fracción de segundo hacia las cumbres de la cordillera, que a esa hora se teñían de un rojo encendido por el atardecer.
—Dijo que era una tontería buscar lo que la tierra ya había decidido tragarse —murmuró Juan, y por primera vez su voz perdió el ímpetu—. Pero ustedes conocen al viejo José. Está medio perdido en sus recuerdos. Un día te habla de la huelga del cincuenta y siete y al otro te jura que vio al mismísimo diablo en el nivel diez de El Teniente.
El recuerdo de la conversación con su abuelo, sin embargo, acosaba a Juan con mucha más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir frente a sus amigos.
Había ocurrido dos semanas atrás, en la pequeña y húmeda casa de adobe que el anciano poseía en Coya, un lugar que olía invariablemente a té de hierbas, parafina y al hollín acumulado en las paredes tras décadas de calefacción a leña. José permanecía la mayor parte del día sentado junto a la ventana, con las piernas cubiertas por una manta de lana, observando el río con ojos apagados por las cataratas y el cansancio de una vida respirando polvo de sílice.
—El mapa, no busques esa entrada, Juanito —le había dicho el viejo, con una voz áspera que sonaba como piedras arrastradas por la corriente, como si de pronto hubiera recordado que debía advertirle sobre aquel objeto que en realidad habían olvidado—. En esos cerros no hay oro, ni cobre que valga la pena. Lo que hay es hambre.