Las voces del túnel

Capítulo 2

Capítulo 2: El Eco del Remordimiento

La oscuridad en el interior de "La Ciega" no era simplemente la ausencia de luz; era una entidad física. Se sentía pesada, densa, como si el aire húmedo y cargado de polvo tuviera la consistencia del agua estancada. Al principio, el grupo avanzó con una mezcla de adrenalina y falsa confianza. La linterna de Daniel, una potente luz LED de su equipo de filmación, abría un túnel de claridad blanca y artificial a través de la penumbra, revelando las paredes de roca rugosa, las vigas de roble que goteaban un agua aceitosa y las antiguas vías de hierro de los carros mineros, medio enterradas en el lodo rojizo.

Sin embargo, a medida que los minutos se transformaron en horas, el entusiasmo inicial comenzó a marchitarse bajo el peso del silencio subterráneo.

—Detengámonos un momento —pidió Carlos. Su voz, normalmente firme y analítica, sonó extrañamente aguda, quebrada por un eco que tardó demasiado en apagarse en las profundidades del corredor—. Necesito aire.

Erick se detuvo de inmediato, agradeciendo la tregua en silencio. Sentía que el pecho le apretaba. El frío que al principio había sido un alivio tras el calor calcinante de Machalí, ahora se le colaba bajo la polera húmeda de sudor, calándole los huesos. Se apoyó contra la pared de piedra, pero la retiró al instante: la roca estaba helada y cubierta de una película pegajosa que olía a cobre oxidado y descomposición.

—¿Qué pasa, Carlos? ¿Ya te dio la pálida? —intentó bromear Daniel, aunque su propia frente brillaba de sudor frío bajo el haz de su linterna.

—No es broma, Dani —respondió Carlos, dejándose caer sobre una roca plana con un gemido. Se quitó los lentes, empañados por la humedad del pozo, y se pasó una mano temblorosa por el rostro—. Es la presión. O tal vez la falta de oxígeno. Siento la cabeza enorme, como si me fuera a estallar. ¿Qué rayos tenían esas cervezas que nos tomamos en la mañana?

—Cervezas no —murmuró Juan, que permanecía de pie a unos pasos de distancia, mirando el suelo con fijeza—. Esto no tiene que ver con el alcohol, Carlos.

Erick cruzó una mirada rápida con Daniel. Había un desconcierto silencioso flotando entre ellos, una sombra de duda que ninguno se atrevía a verbalizar. Erick se frotó las sienes. El dolor de cabeza que Carlos describía también empezaba a aquejarle a él; era un zumbido sutil, una frecuencia casi imperceptible que parecía vibrar detrás de sus ojos, distorsionando sus sentidos.

—Podría ser deshidratación —insistió Carlos, buscando desesperadamente una explicación lógica—. El calor de afuera nos deshidrató antes de entrar. Y la claustrofobia... la claustrofobia está jugando en nuestra contra.

Nadie refutó la teoría, pero el silencio con el que la aceptaron fue elocuente. Uno a uno, imitando a Carlos, dejaron caer sus mochilas al suelo, buscando en sus botellas de agua un consuelo que ya no existía. El agua estaba tibia y sabía a plástico.

Erick miró hacia atrás, por el pasillo por el que supuestamente habían venido. La oscuridad total devoraba el túnel a escasos diez metros de donde se encontraban. Intentó calcular mentalmente la distancia. Habían caminado en línea recta, o eso creían, durante al menos dos horas. Pero en ese laberinto de piedra, el tiempo y la distancia parecían haberse estirado de manera inverosímil.

—Oigan... —dijo Daniel, rompiendo el silencio mientras sostenía su teléfono celular en alto—. ¿Alguno tiene señal?

Juan soltó una risa amarga.

—¿Señal? Dani, estamos bajo tierra, en una ladera de la precordillera de Coya. Olvídate del mundo exterior.

—No es solo la señal —replicó Daniel, frunciendo el ceño mientras presionaba la pantalla táctil de su dispositivo—. Mi batería estaba al ochenta por ciento cuando cruzamos la entrada. Ahora está en el doce. Y el teléfono está hirviendo.

Erick sacó el suyo del bolsillo de su jeans. La pantalla parpadeó un par de veces antes de mostrar el temido icono de la batería en rojo: ocho por ciento.

—El mío también se está descargando solo —comentó Erick, sintiendo una punzada de alarma en el estómago—. Debe ser por el frío. El frío extremo drena el litio de las baterías.

—O el mineral —sugirió Carlos, colocándose los lentes con dedos torpes—. El cerro está cargado de cobre y magnetita. La interferencia electromagnética de estas vetas puede volver locos a los dispositivos electrónicos. Tenemos que empezar a regresar. Ya grabamos suficiente material para el canal. Esto no es seguro.

—Regresar —repitió Juan. Su voz carecía de inflexión. Miró a Carlos y luego a Erick—. ¿Por dónde, Carlos?

—¿Cómo qué por dónde? —Daniel se incorporó de un salto, apuntando con la linterna hacia el camino de regreso—. Por donde vinimos. El túnel no tiene bifurcaciones, es una sola galería recta. Solo tenemos que dar la vuelta y caminar en sentido contrario.

—Hicimos eso hace quince minutos, Daniel —dijo Juan con voz baja, casi en un susurro—. Caminamos de vuelta durante diez minutos completos. ¿Viste la entrada de madera? ¿Viste la luz del sol?

Un silencio helado cayó sobre el grupo. Daniel abrió la boca para protestar, pero la cerró de inmediato. El recuerdo del desconcierto de hace unos momentos estaba demasiado fresco. Habían decidido volver, habían caminado con prisa hacia lo que debía ser la salida, pero solo habían encontrado más piedra, más vigas de roble podridas y la misma oscuridad insondable. Habían creído ver el marco de madera en diagonal a lo lejos, pero al acercarse, solo eran sombras proyectadas por las irregularidades de la roca.

—Nos confundimos —insistió Carlos, aunque sus ojos reflejaban un pánico creciente detrás de los cristales—. Las sombras... con una sola linterna es fácil perder la noción del espacio. Volvamos a intentarlo. Esta vez, busquemos marcas específicas.

Daniel se pasó una mano por el cabello húmedo, visiblemente frustrado.

—Podemos usar los videos —sugirió. Su obsesión por la cámara se convirtió de pronto en una tabla de salvación—. Grabé casi todo el trayecto desde que cruzamos el madero diagonal de la entrada. Si revisamos las grabaciones, podremos identificar las rocas, las formas de las vigas, los puntos de referencia para saber si vamos por el camino correcto o si nos desviamos sin darnos cuenta.



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En el texto hay: misterio, thriller, suspenso

Editado: 20.06.2026

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