Capítulo 3: La Primera Fisura
El pánico es un disparo de adrenalina que anula toda racionalidad. Cuando Carlos se lanzó hacia la negrura, el movimiento fue tan súbito que Erick, Juan y Daniel tardaron una fracción de segundo en reaccionar.
—¡Carlos! ¡Espera! —gritó Erick, con la garganta seca, lanzándose hacia adelante.
El haz amarillo de la linterna de Daniel dio un bandazo violento en el aire. El haz de luz cortó las tinieblas de forma errática, iluminando fugazmente las vigas podridas y el lodo del suelo mientras corrían tras su amigo. Las botas de Carlos resonaban más adelante, pero el sonido de su escape comenzó a distorsionarse de inmediato. No era un único par de pies huyendo; el eco de "La Ciega" devolvía un golpeteo frenético, desordenado y multiplicado. Sonaba como si decenas de personas corrieran al mismo tiempo en distintas direcciones, un tropel invisible que avanzaba tanto hacia el fondo del túnel como hacia las paredes laterales y el techo.
—¡¿Por dónde va?! —jadeó Daniel, deteniéndose en seco en mitad de una galería horizontal—. ¡Escucho pasos a la izquierda! ¡Y atrás! ¡Está sonando atrás nuestro, Erick!
—¡No dejes de correr! —gritó Juan, resbalando en el barro arcilloso y chocando contra la espalda de Daniel para empujarlo a continuar.
Siguieron el ruido más fuerte, pero tras avanzar unos cincuenta metros, se toparon con una pared de roca grisácea y maciza. El túnel continuaba hacia la derecha, pero el sonido de las pisadas de Carlos se había extinguido por completo. Solo quedaba el siseo de sus propias respiraciones agitadas y un silencio denso que cayó sobre ellos como una losa de cemento.
—Lo perdimos —susurró Daniel, bajando la linterna. El aparato parpadeó un par de veces, reduciendo su intensidad—. No entiendo... íbamos justo detrás de él. Es matemáticamente imposible que nos haya sacado tanta ventaja.
Erick apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aire. El oxígeno se sentía escaso, cargado de ese persistente sabor a metal oxidado que le raspaba la garganta. Miró a sus dos amigos. Las caras de Daniel y Juan reflejaban el inicio de un colapso nervioso. Sabía que si uno solo de ellos volvía a correr, la oscuridad se los tragaría a todos por separado.
—No vamos a volver a correr —dijo Erick, con una firmeza que no sentía—. Si nos separamos en esta oscuridad, estamos muertos.
—¿Y qué hacemos? ¡Carlos se volvió loco! ¡Debe estar a kilómetros de aquí! —reclamó Daniel, con la mandíbula temblorosa.
—Nos vamos a asegurar de no perdernos —insistió Erick. Se agachó con dificultad y comenzó a desatar los cordones de sus zapatillas de trekking. Eran cordones de nylon grueso, largos y resistentes—. Suéltense los cordones. Todos.
Juan lo miró confundido, pero imitó el gesto de inmediato. Daniel, tras dudarlo un segundo, dejó la cámara en el suelo y se agachó también. En pocos minutos, Erick unió los cordones mediante nudos marineros dobles, creando una cuerda improvisada de casi tres metros de largo.
—Estiren las muñecas —ordenó Erick.
Ató el extremo de la cuerda a su propia muñeca izquierda, luego hizo un lazo firme en la sección media para sujetar la mano de Daniel, y finalmente amarró el extremo restante a la muñeca de Juan. Quedaron unidos en una fila india: Erick a la cabeza, Daniel al medio, Juan cerrando la marcha. La tensión del nylon sobre sus pieles era una molestia física, pero a la vez, el único recordatorio real de que no estaban solos.
—Bien —dijo Erick, sintiendo un leve alivio al notar el tirón de la cuerda cuando Daniel se movía—. Ahora avanzaremos despacio. Buscaremos marcas en la roca. Cualquier cosa que nos indique por dónde volvimos o por dónde avanzó Carlos, podríamos encontrar sus pisadas o algo que se le haya caído.
Comenzaron a caminar con paso lento, pegados a la pared derecha del túnel. Daniel usaba la punta de una llave para raspar la roca grisácea a la altura de sus hombros, intentando dejar surcos blanquecinos como referencia. Sin embargo, no habían avanzado ni veinte metros cuando la linterna iluminó algo que los detuvo en seco.
En la piedra, justo a la altura de los ojos, había una marca.
No era un raspón accidental. Eran tres líneas verticales cruzadas por una diagonal, toscamente talladas en el granito. La marca parecía reciente; polvo de roca fresca aún descansaba en el borde del relieve.
—Carlos estuvo aquí —dijo Juan, acercando el rostro—. Él hizo esto para guiarse.
—No tiene sentido —replicó Erick, pasando los dedos por la hendidura. Sintió una vibración sutil bajo sus yemas, un cosquilleo frío—. Nosotros íbamos detrás de él. Si Carlos corrió en esta dirección, ¿en qué momento se detuvo a tallar esto con tanta precisión? Además... miren más adelante.
Daniel apuntó con la linterna. A cinco metros de distancia, había otra marca idéntica. Y otra más allá, perdiéndose en la curva del túnel. Eran demasiadas, demasiado perfectas, dispuestas a intervalos regulares como si alguien hubiera dedicado horas a planificar ese sendero de cicatrices en la piedra.
—No fue Carlos —susurró Daniel, dando un tirón involuntario a la cuerda que lo unía a Erick—. Esto ya estaba aquí. Alguien... o algo... las puso para que las sigamos.
La tensión acumulada en la cuerda comenzó a transmitir el temblor de sus cuerpos. El miedo ya no era una sospecha silenciosa; se había convertido en un veneno que buscaba un culpable.
—Esto es por tu culpa, Juan —siseó Daniel, girándose bruscamente hacia el nieto del minero. El tirón de la muñeca obligó a Erick a dar un paso atrás—. ¡Tú nos trajiste aquí con ese maldito mapa! ¡Sabías que este lugar estaba podrido! ¡Tu abuelo te lo advirtió y nos usaste para no venir solo!
—¡Yo no sabía nada! —se defendió Juan, tirando con fuerza de su propio extremo de la cuerda, lo que hizo que Daniel tambaleara—. ¡Ustedes querían el video! ¡Tú, Daniel, estabas desesperado por conseguir visitas para tu canal de porquería! ¡No me eches la culpa de tu propia ambición!