Capítulo 4: La Veta Viva
La oscuridad no tenía esquinas. El túnel donde Erick se encontraba, la negrura era tan absoluta que estirar la mano hacia adelante daba la misma sensación que empujar el vacío. El único vínculo con su existencia anterior era el grillete de nylon que le apretaba la muñeca izquierda. El cordón seguía allí, tenso, rígido como una varilla de acero que se introducía limpiamente en el granito gris de la pared lateral.
Erick tiró de él una vez más. La cuerda vibró, devolviendo un zumbido seco que resonó directamente en los huesos de su brazo, pero la roca no cedió un milímetro.
—¿Daniel? —susurró Erick. El aire se sentía tan espeso que sus palabras parecían caer al suelo de lodo de inmediato, desprovistas de eco—. ¿Juan?
“...estoy aquí, Daniel... siento el tirón...”
La voz de Daniel respondió, pero no venía de ningún punto del espacio que Erick pudiera señalar. Sonaba apagada, como si su amigo estuviera hablando con una almohada presionada contra la boca, justo detrás de su oreja izquierda. El calor de su respiración, sin embargo, era un espejismo ausente; Erick solo sentía el frío glacial que emanaba de la veta de cobre de la pared.
—No se muevan —pidió Erick, aunque sabía que era una instrucción inútil. No se estaban moviendo, y aun así, la distancia entre ellos era infinita—. No gasten aire.
Se obligó a dar un paso adelante, tanteando el suelo con la punta de la zapatilla para no tropezar con las viejas vías de hierro. Al avanzar medio metro, su pie chocó con un objeto blando. El sonido del nylon arrugado fue inconfundible en el silencio de la mina.
Erick se agachó lentamente, manteniendo la mano derecha pegada a la roca helada para no perder el equilibrio. Sus dedos buscaron en el suelo arcilloso hasta que tocaron la textura familiar de una mochila de trekking. Era de color gris, con costuras reforzadas y un llavero metálico que reconoció al tacto: un pequeño mosquetón que Carlos siempre llevaba colgado.
Un destello de esperanza, absurdo y desesperado, le cruzó el pecho.
—¡Carlos! —llamó Erick, levantando la voz—. ¡Encontré tu mochila! ¡Chicos, Carlos debe estar cerca!
Nadie respondió. Solo el siseo constante de las respiraciones invisibles de sus amigos continuó en el aire, rítmico, ajeno a su hallazgo.
Erick buscó el cierre de la mochila con dedos torpes y entumecidos por el frío. Lo deslizó hacia atrás. Esperaba encontrar la botella de agua de plástico de Carlos, sus anteojos de repuesto, tal vez una linterna de repuesto que pudiera salvarlos de la penumbra. Sin embargo, al meter la mano, sus yemas tropezaron con algo pesado, tosco y cubierto de una capa de grasa fría.
Sacó el primer objeto. Era un cincel de hierro macizo, desgastado en la punta, que olía intensamente a óxido viejo y aceite mineral. Desconcertado, Erick volvió a registrar el interior de la mochila. No había rastro de telas sintéticas ni de botellas modernas. Sus dedos se cerraron sobre un objeto plano y rectangular de metal.
Erick sacó su teléfono del bolsillo. La pantalla, corrupta por las líneas de colores, arrojó un último y agónico parpadeo de luz azul antes de que la batería se rindiera por completo. Ese breve destello, sin embargo, fue suficiente para que Erick mirara lo que tenía en las manos.
No era una mochila moderna de trekking. Era un morral de lona gruesa y desgastada, remendado con hilo de pescar de cáñamo. El objeto metálico era una placa de ferrotipo, una fotografía antigua sobre una lámina de hierro, manchada de herrumbre en los bordes.
En la imagen, un grupo de mineros de la Braden Copper Company posaba frente a la entrada diagonal de "La Ciega". Sus rostros estaban sucios de hollín, vestidos con camisas de mezclilla pesada y pantalones de pana rígidos. En el centro de la primera fila, sentado sobre un cajón de madera, un joven miraba fijamente a la cámara con una sonrisa tímida y los lentes redondos empañados por el sudor del subsuelo.
Era Carlos.
No era un antepasado que se le parecía. Las facciones, la cicatriz sutil en la ceja izquierda que se había hecho jugando fútbol en la universidad, la forma en que ladeaba la cabeza al sonreír; todo era de él. En la parte posterior de la placa de metal, una inscripción tosca tallada con la punta de un clavo decía: “Nivel 3. Invierno de 1928”.
Erick dejó caer la placa al lodo. El frío de la mina ya no era solo una temperatura; era una revelación espantosa. El túnel no solo devoraba los cuerpos de los que se perdían en su interior; los asimilaba, reescribiendo sus vidas, sus pasados y sus futuros para tejerlos en la misma veta de piedra y cobre. Carlos no había solo desaparecido hace unas horas; la montaña lo había arrastrado hacia atrás, convirtiéndolo en un engranaje más del pánico que alimentaba al cerro desde hacía un siglo.
Daniel avanzaba de rodillas, intentando no jalar de los cordones que lo unían a sus amigos pero generando el suficiente movimiento para que supieran que él seguía ahí. Había perdido la linterna de su cámara cuando tropezó en la última carrera, y ahora se guiaba únicamente por el sonido de su propia respiración desbocada.
—¿Erick? —llamó Daniel, con la voz quebrada por el llanto—. Por favor, respondan. No veo nada.
De pronto, una luz tenue, un resplandor amarillento y trémulo, parpadeó al fondo de la galería. No era la claridad blanca y fría de un LED; era la luz vacilante de una llama de carburo o una vela.
—¿Juan? —Daniel se incorporó con dificultad, sintiendo que las piernas le temblaban como gelatinas—. ¡Juan, estoy aquí!
La silueta de un hombre recortada contra el resplandor de la llama avanzaba despacio por el túnel, dándole la espalda. Llevaba una chaqueta de lana gruesa y tosca, idéntica a la que Juan usaba para protegerse del viento de la precordillera, y caminaba con una cojera sutil pero constante.
—¡Espera! —gritó Daniel, apresurando el paso—. ¡No corras! ¡La cuerda se va a cortar!