Las voces del túnel

Capítulo 5

Capítulo 5: El Limbo de la Piedra

El olor a carne asada y el crujido de las ramas secas al consumirse en el fuego eran las cosas más reales que Erick había sentido en semanas.

Estaban sentados en círculo, protegidos por la tibia oscuridad de una noche de verano en la precordillera. Daniel destapaba una cerveza con los dientes, salpicando un poco de espuma sobre la tierra seca, mientras Carlos, con los lentes bien puestos y limpios, se reía de un chiste que Juan acababa de contar. El viento corría suave, trayendo el aroma dulce de los boldos y los quillayes del cerro.

—Te fuiste al chancho con el carbón, Erick —dijo Daniel, pasándole una botella helada—. Está tirando más humo que la fundición de Caletones.

Erick parpadeó, sintiendo una extraña pesadez en los párpados. Tomó la botella. El vidrio se sentía frío, pero al darle el primer sorbo, el líquido no tenía sabor a malta; era un trago denso, tibio y con un sutil gusto metálico que le raspó la garganta, como si estuviera bebiendo agua directamente de una tubería oxidada.

—Oigan... —murmuró Erick, pasándose una mano por la frente. Estaba sudando, pero no era el sudor del calor de la fogata; era un sudor helado que le corría por la nuca—. ¿Cómo llegamos aquí?

Juan levantó la vista del fuego, sonriendo con pereza.

—¿Cómo que cómo? En el furgón, po. Manejaste tú.

—Sí, pero... —Erick frunció el ceño, buscando en su memoria—. ¿Por qué camino subimos? No me acuerdo de haber cruzado el puente del río Coya. Tampoco me acuerdo de haber armado la carpa.

—Estás cansado, Erick. Debe ser la pálida por el sol de la tarde —comentó Carlos, acomodándose en su asiento.

Erick miró a Carlos. Había algo extraño en su ropa. No llevaba su habitual polera de trekking de marca sintética; vestía una camisa de mezclilla pesada, rígida, toscamente remendada en los codos con hilo de pescar. Erick bajó la mirada hacia su propia mano izquierda. En su muñeca, la piel estaba hundida, mostrando una marca circular, profunda y de un tono verde metálico, como si un grillete de cobre le hubiera cortado la circulación durante años.

De pronto, un destello azul le cruzó la mente de forma violenta.

Oscuridad. Un pasillo de piedra donde no había esquinas. Una cuerda de nylon gris que atravesaba el granito macizo. El grito ahogado de Daniel viniendo desde abajo del lodo.

Erick soltó la botella de cerveza. Esta cayó al suelo, pero no se rompió; simplemente se hundió en la tierra blanda, que pareció absorber el vidrio y el líquido con una rapidez antinatural, como si el suelo tuviera hambre.

—¿Dani? —susurró Erick, sintiendo que el corazón le daba un vuelco—. Tu parka azul... ¿Dónde está tu parka azul?

Daniel lo miró con el ceño fruncido, balanceando la botella en su mano.

—¿De qué parka hablas, Erick? Si yo nunca he tenido una parka azul. Esa era de Arturo.

—¿Quién es Arturo? —preguntó Erick, y la voz se le quebró.

—El perforador del nivel tres —respondió Juan, sin apartar los ojos de las brasas rojas—. El que se quedó abajo en el invierno del veintiocho. ¿No te acuerdas? Nos hizo la sopa de porotos antes de que se viniera abajo el techo.

—No... —Erick se puso de pie de golpe, dando un traspié.

Al mirar alrededor, se dio cuenta de que la fogata no estaba iluminando los matorrales del cerro. La luz amarillenta y vacilante de las llamas rebotaba contra paredes de granito gris que se elevaban hacia un techo invisible. No estaban al aire libre. La fogata estaba encendida directamente sobre el lodo arcilloso de una galería subterránea que se extendía infinitamente hacia la negrura a ambos lados.

—Chicos, tenemos que irnos —jadeó Erick, estirando la mano hacia Juan—. Esto no es real. Juan, tu abuelo... tu abuelo José nos advirtió. ¡Estamos dentro de "La Ciega"!

Juan no se movió. Su rostro, iluminado por el fuego, comenzó a perder definición. Las facciones de su mandíbula cuadrada parecían volverse más delgadas, sus ojos más apagados, y bajo la piel de su cuello, unas sutiles líneas de color verde brillante comenzaron a ramificarse hacia sus hombros, como raíces de cobre que se abrían paso bajo la carne.

—Ya no hay dónde ir, Erick —dijo Juan, y su voz ya no era la de un joven universitario; era un murmullo superpuesto de decenas de voces cansadas que resonaban al unísono en la cavidad de piedra—. Ya no tenemos frío.

Erick dio un paso atrás, horrorizado. Al girarse hacia Daniel y Carlos, vio que ambos seguían sentados, pero ya no se movían. Sus cuerpos se habían vuelto rígidos, de un gris ceniciento que imitaba la textura del granito húmedo. Los ojos de Carlos, fijos en la fogata, eran ahora dos cuentas de cuarzo opaco incrustadas en sus órbitas.

—¡No! —gritó Erick, buscando desesperadamente el cordón de nylon en su muñeca.

La cuerda ya no estaba. En su lugar, el extremo del cordón gris que nacía de su propia carne se introducía directamente en la espalda de piedra de sus amigos, uniéndolos a todos en un solo bloque macizo que formaba la pared del túnel.

Fue entonces cuando Erick notó que no estaban solos alrededor del fuego.

Más allá del círculo de luz de la fogata, en la penumbra del túnel, decenas de siluetas permanecían de pie, observándolos en silencio. Eran hombres con camisas de mezclilla pesada, pantalones de pana rígidos por el barro y sombreros de fieltro sucios de hollín. Sus rostros eran pálidos, casi transparentes, y sus ojos reflejaban la llama con una tímida sonrisa de bienvenida. No los conocían, pero la forma en que los miraban demostraba que los habían estado esperando durante mucho tiempo. Un siglo entero.

En la primera fila de las sombras, sentado sobre un cajón de madera podrida, un joven minero con lentes redondos empañados por el sudor del subsuelo le sonrió a Erick con tristeza. Era Carlos, el de 1928, sosteniendo una lámpara de carburo cuya llama parpadeaba al ritmo de los latidos de la montaña.



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En el texto hay: misterio, thriller, suspenso

Editado: 04.07.2026

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