Porto Gris no es una ciudad de mapas, es
una ciudad de silencios. Aquí, el aire pesa
porque está cargado de palabras que nadie
se atrevió a decir en voz alta. Los edificios de
concreto parecen vigilar a los transeúntes,
recordándoles que en esta metrópolis, lo que
no se registra, no existe. Pero las voces no
mueren; se quedan atrapadas en las grietas
del pavimento y en el viento frío que recorre
los callejones. Muchos creen que el olvido es
el final, pero en Porto Gris, el olvido es solo
un archivo esperando a que alguien lo abra.