Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 1: EL PESO DEL SILENCIO

​El segundero del reloj de la oficina central de archivos de Porto Gris no avanzaba; simplemente golpeaba el aire. Era un sonido seco, rítmico, que para Mateo se sentía como el pulso de una ciudad que se negaba a morir pero que tampoco sabía cómo vivir. Eran las 3:45 de la tarde. En ese sótano inmenso, donde la luz del sol era un recuerdo borroso, el tiempo se medía en legajos, cajas de cartón gris y el olor penetrante a tinta seca y olvido acumulado durante décadas.

​Mateo, a sus treinta años, tenía la piel del color del papel que custodiaba. Sus manos, de dedos largos y precisos, estaban marcadas por pequeños cortes casi invisibles, cicatrices de su guerra diaria contra el desorden ajeno. Su escritorio era una isla de orden absoluto. A su izquierda, la pila de "Pendientes"; a su derecha, los "Archivados". Mateo no solo movía papeles; él enterraba destinos. Para él, cada expediente era una persona que Porto Gris había decidido dejar de mirar.

​—¿Otra vez mirando el reloj, Mateo? —La voz de Gutiérrez, su supervisor, llegó como un crujido de cuero viejo.

​Mateo no levantó la vista. Sabía que Gutiérrez disfrutaba de esos últimos minutos de la jornada laboral, recordándoles a todos que sus vidas les pertenecían hasta que el reloj marcara las cuatro.

—Solo verifico la sincronización, señor —respondió con un tono neutro, casi robótico.

​Gutiérrez soltó una risa nasal y se alejó. Mateo suspiró, sintiendo el peso del cuaderno de cuero dentro de su mochila. Ese cuaderno era su única posesión real en un mundo de apariencias. Al dar las cuatro, el zumbido de las luces fluorescentes pareció intensificarse antes de apagarse. Mateo se levantó, se ajustó su abrigo gris y salió a la superficie.

​La ciudad lo recibió con su habitual neblina industrial. Porto Gris era un laberinto de concreto donde la gente caminaba con la cabeza baja. Mateo avanzó con paso firme hacia el Parque de los Suspiros. Para él, ese trayecto era un proceso de "limpieza": dejaba de ser el archivista sumiso para convertirse en el observador supremo. Al cruzar la entrada del parque, custodiada por leones de piedra sin dientes, el ruido de los motores se desvaneció, reemplazado por el susurro de las hojas secas.

​Se sentó en su banco habitual, bajo un roble que parecía gritar en silencio. No sacó el cuaderno; eso era para la casa. Allí, simplemente cerró los ojos y dejó que sus oídos se convirtieran en radares. A pocos metros, dos hombres hablaban sentados en el césped húmedo. Sus voces eran bajas, pero el entrenamiento de Mateo en el silencio del sótano le permitía aislar cada sílaba.

​—Ella no sabe que lo encontré —dijo uno de ellos, su voz cargada de una culpa antigua—. Lo guardé bajo el piso de la cocina, donde el frío no deja que la madera hable.

​Mateo grabó la frase. "Donde el frío no deja que la madera hable". Era una frase cargada de dramatismo, de una poética oscura que solo Porto Gris podía parir. Se quedó allí, inmóvil, durante una hora más, recolectando gestos, tonos de voz y pausas. Para Mateo, la vida no era lo que hacías de 7 am a 4 pm, sino lo que escuchabas de 4 a 5.




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