Tras capturar aquel fragmento sobre el secreto bajo la cocina, Mateo permaneció en el banco del roble durante veinte minutos más. En Porto Gris, levantarse justo después de que alguien termina una conversación importante es un error de principiante; es una señal que dice "te estaba escuchando". Él no era un principiante. Era un espectro que sabía que la paciencia es la madre de la verdad.
Cuando finalmente se puso en pie, el cielo de la ciudad ya había pasado del gris ceniza a un violeta sucio y profundo. Las farolas de gas, reliquias de una época en la que la ciudad aún intentaba ser bella, se encendieron con un chasquido rítmico. Mateo ajustó el cuello de su abrigo. El frío no era solo una cuestión de temperatura; era una presencia física que intentaba colarse por las costuras de su ropa, recordándole que Porto Gris nunca te permite olvidar que eres vulnerable.
Caminó hacia el sector de San Lorenzo. El trayecto a pie le permitía digerir las voces. En su mente, repetía la frase: "Donde el frío no deja que la madera hable". La analizaba como un cirujano analiza un tejido. ¿Qué habría encontrado aquel hombre? ¿Dinero, una carta de amor, un arma? El dramatismo de la vida ajena era el combustible que mantenía encendido el motor de su propia existencia. Sin esas voces, Mateo sería solo una sombra más regresando a una habitación vacía.
Al pasar por la calle de los Relojeros, el sonido de mil tictacs escapando por las rendijas de los locales le recordó su propia infancia. Se vio a sí mismo, un niño de diez años, sentado en el suelo del taller de su padre, rodeado de muelles y engranajes diminutos. Su padre no hablaba mucho, pero decía que los relojes eran los únicos que decían la verdad en Porto Gris: el tiempo se acaba para todos, sin importar cuántos archivos intentes quemar. Aquel recuerdo le apretó el pecho con un realismo doloroso. Su padre había muerto en silencio, y Mateo sentía que cada voz que recolectaba era una forma de compensar aquel silencio final.
Llegó a su edificio, un bloque de piedra caliza que parecía haber sido esculpido por el mismo tedio que gobernaba la ciudad. Subió las escaleras de madera, evitando el tercer peldaño que siempre crujía con el sonido de una queja humana. Al entrar en su apartamento, no encendió la luz de la sala. Le gustaba la penumbra. Se quitó el abrigo y lo colgó con una precisión casi religiosa.
Caminó hacia la cocina y se preparó un té negro, tan fuerte que amargaba la lengua. Era su único vicio. Con la taza humeante en la mano, entró en su pequeño estudio. Era una habitación de tres metros por tres, pero para él era el universo entero. Las paredes estaban desnudas, a excepción de una pequeña estantería donde descansaban sus cuadernos anteriores, numerados del uno al doce. Aquellos eran sus verdaderos archivos.
Se sentó en su silla de cuero. El roce del material contra su espalda fue la señal para que el archivista se retirara y apareciera el autor. Sacó el cuaderno de cuero rústico de su mochila. Al tacto, la piel se sentía tibia, casi viva. El olor a cuero y papel antiguo inundó sus fosas nasales, despejando la niebla mental de la oficina.
Abrió la primera página. La blancura del papel era un desafío y una invitación. Tomó su pluma fuente, una vieja Montblanc heredada, y la cargó con tinta negra como el fondo de un pozo. Sus dedos, que habían estado fríos durante todo el día, de repente se sintieron calientes.
"Martes. Porto Gris sigue respirando por la herida," comenzó a escribir. Su caligrafía era elegante, llena de florituras que contrastaban con la sequedad de su vida diaria. "Hoy, en el Parque de los Suspiros, escuché el peso de lo oculto. Un hombre hablaba de madera que no habla porque el frío la silencia. Qué metáfora tan perfecta para esta ciudad. Aquí, todos somos madera bajo el piso, esperando que alguien nos pise para poder crujir."
Escribió durante horas. Describió el tono de voz del hombre —una mezcla de alivio y terror—, la posición de sus manos, la forma en que el otro lo escuchaba con una indiferencia que solo se encuentra en Porto Gris. Llegó a los 20,000 caracteres describiendo no solo lo que escuchó, sino lo que sintió al escucharlo. Reflexionó sobre la soledad de vivir en una metrópolis donde hay millones de personas pero nadie se conoce.
"Mi trabajo en el archivo es enterrar muertos. Pero aquí, en estas páginas, les doy una segunda oportunidad," anotó casi al final de la sesión. "Si Porto Gris supiera que tengo sus secretos guardados en este cuero, ya me habrían borrado de la lista de existencias."
A medianoche, cerró el cuaderno. El sonido fue como un disparo en el silencio del apartamento. Se sentía agotado, pero con esa fatiga satisfactoria del que ha cumplido una misión sagrada. Se dirigió al baño, se lavó la cara con agua helada y se miró en el espejo empañado. A sus treinta años, Mateo se preguntó si alguna vez él sería la voz en el cuaderno de alguien más.
Se acostó. El colchón era duro, pero el sueño llegó rápido. No soñó con expedientes ni con jefes gruñones. Soñó con un bosque de robles donde las hojas hablaban con la voz de su padre, recordándole que en Porto Gris, lo único más peligroso que no saber nada, es saberlo todo.
Mañana sería miércoles. Mañana el reloj de la oficina volvería a golpear el aire a las siete de la mañana. Pero por ahora, las voces estaban a salvo bajo su almohada.