El café de la mañana en Porto Gris siempre tenía un regusto a ceniza, como si el agua misma recordara los incendios industriales que forjaron la ciudad. Mateo bebió el último sorbo de su taza de porcelana desconchada mientras observaba, desde su pequeña ventana, cómo la bruma se enredaba en los cables del tendido eléctrico. Eran las 6:15 a.m. El ritual del miércoles había comenzado.
Se puso el mismo traje gris, la misma camisa blanca almidonada y el mismo rostro de indiferencia. Al caminar hacia la estación del metro, Mateo se sentía como un actor preparándose para salir al escenario de una obra que odiaba, pero que dominaba a la perfección. La estación de San Lorenzo era una garganta de concreto que engullía a miles de personas cada mañana. El sonido de los raíles chillando contra el metal era la banda sonora de la desesperanza.
Al llegar a la oficina de archivos, el olor lo golpeó como un viejo conocido: papel húmedo, ozono de las luces fluorescentes y el perfume barato de la secretaria del piso superior. Mateo se sentó en su escritorio, el número 42 del Sótano B.
—Mateo, hoy tienes el lote de "Propiedades en Litigio" de la zona sur —dijo Gutiérrez sin siquiera mirarlo, mientras dejaba caer un fardo de carpetas que levantó una nube de polvo grisáceo—. Son expedientes de los años noventa. Puros fantasmas buscando dueños que ya están bajo tierra.
Mateo asintió. Al abrir la primera carpeta, una fotografía en blanco y negro cayó sobre su regazo. Era una casa pequeña con un jardín descuidado. En el reverso, una caligrafía temblorosa decía: "Nuestra historia no termina aquí". Aquella frase, tan llena de un realismo doloroso, lo transportó de inmediato a su propio pasado.
Recordó a su padre, Elías. Elías no era archivista; era un hombre de manos grandes y voz suave que trabajaba en la reconstrucción de los muelles. Mateo recordaba las noches en que su padre llegaba a casa con la ropa manchada de salitre y el rostro marcado por el cansancio de Porto Gris. "Hijo", le decía mientras limpiaba sus herramientas, "en esta ciudad, si no dejas huella en el papel, te borran como si fueras un error de imprenta".
Elías había luchado años por la propiedad de su pequeño taller de relojería, pero los archivos de Porto Gris, esos mismos que Mateo ahora custodiaba, habían "perdido" los documentos clave. Su padre murió con el corazón roto, no por la enfermedad, sino por el peso de la invisibilidad. Ver a su padre convertirse en una sombra fue el dramatismo real que definió el destino de Mateo. No entró al archivo por vocación, sino por venganza silenciosa: quería ser el que decidiera quién era recordado y quién no.
De 7 a 4, Mateo fue un autómata. Selló, clasificó y enterró memorias. Pero su mente estaba en el banco del roble. Al sonar las cuatro, salió disparado. La ciudad estaba bajo una lluvia ligera, de esas que no limpian, sino que ensucian el aire con el olor del asfalto caliente.
Llegó al Parque de los Suspiros. El suelo de grava estaba oscuro por el agua. Buscó su lugar y, tras unos minutos de espera, la vio.
Era una mujer de unos sesenta años, envuelta en un abrigo de piel sintética que había visto mejores décadas. Se sentó en un banco frente a la fuente de la mujer que llora. Llevaba un paraguas negro, pero lo mantenía cerrado, dejando que las gotas resbalaran por su rostro maquillado con exceso de polvo blanco.
No pasó mucho tiempo antes de que un hombre joven, con aspecto de oficinista apurado, se sentara a su lado. No se miraron.
—¿Lo tienes? —preguntó la mujer. Su voz era un hilo de seda arrastrándose por el concreto.
—Es peligroso, tía. Si en la oficina de registros se dan cuenta de que el sello es falso, nos colgarán a los dos —respondió el joven, con una voz que temblaba como una hoja en la tormenta.
—Porto Gris vive de sellos falsos y verdades a medias —sentenció ella con una amargura que caló en los huesos de Mateo—. Tu abuelo no murió para que nosotros viviéramos de rodillas. El sótano de la calle 45 no es solo una dirección; es una tumba que sigue abierta.
Historia 2: La Tumba de la Calle 45.
Mateo sintió que el mundo se detenía. La mención de un sótano y una dirección específica en una conversación aparentemente familiar le dio un giro dramático a su tarde. No era solo una confesión de fraude; era el eco de una injusticia generacional. Grabó cada palabra: "Una tumba que sigue abierta".
Regresó a su casa casi corriendo. El realismo de la ciudad parecía intensificarse: los charcos reflejaban las luces de neón de los bares, y el ruido del tráfico se sentía como un rugido animal. Subió las escaleras de dos en dos, entró en su estudio y encendió la lámpara de mesa con un movimiento brusco.
Sacó el cuaderno de cuero. Sus manos sudaban.
"Miércoles. Historia 2. La herencia de las sombras," comenzó a escribir. "Hoy Porto Gris me ha mostrado su cara más amarga. Una mujer y su sobrino. Un sello falso. Una dirección: Calle 45. ¿Por qué ese número me persigue? Mi padre decía que los engranajes siempre vuelven al mismo punto. Estoy empezando a escuchar la misma canción en diferentes bocas. El sótano de la calle 45 no es solo un lugar, es un símbolo de todo lo que esta ciudad ha intentado ocultar bajo el concreto."
Escribió sobre la tía y el sobrino durante horas, llenando páginas con descripciones del miedo en la voz del joven y la determinación gélida de la mujer. Reflexionó sobre su propio padre y cómo él también habría falsificado un sello si eso hubiera significado salvar su taller. El capítulo se extendió en una exploración profunda sobre la moralidad en una ciudad amoral.
"¿Soy un cómplice por solo escuchar?", se preguntó Mateo en la última página del día. "¿Soy un archivista de voces o un recolector de pruebas de un crimen que aún no entiendo?"
A las dos de la mañana, cerró el cuaderno. Sus ojos ardían por el esfuerzo, pero su espíritu estaba inquieto. Porto Gris afuera estaba en silencio, un silencio pesado y expectante. Mateo sabía que la Historia 2 era solo el principio de una conexión que lo llevaría mucho más lejos de lo que su prudencia le dictaba.