Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 3: SUSURROS DE PAPEL Y PIEDRA

El jueves amaneció en Porto Gris con un cielo de color plomo derretido. Mateo se despertó antes de que la alarma cortara el silencio de su habitación. Se quedó inmóvil, mirando las grietas del techo que, bajo la luz mortecina del alba, parecían venas de un organismo antiguo y enfermo. El cuaderno de cuero descansaba sobre su mesa de noche, como un animal dormido que se alimenta de sus pensamientos.

​Al llegar a la oficina, el ambiente se sentía más pesado que de costumbre. El zumbido de los fluorescentes del Sótano B tenía un tono más agudo, casi como un lamento eléctrico. Mateo se sentó en su escritorio y se encontró con un nuevo fardo de documentos. Esta vez, eran registros de demoliciones de la década de los setenta.

​—Mateo, hoy estás más pálido de lo normal —comentó una de sus compañeras, Clara, una mujer que llevaba veinte años archivando licencias de conducir y cuya mirada se había vuelto tan borrosa como las copias de carbón que manejaba—. ¿Es que Porto Gris no te deja dormir?

​Mateo forzó una sonrisa, un gesto que se sintió extraño en sus músculos faciales.

—Solo es el frío del sótano, Clara. Ya sabes que el concreto de este edificio retiene el invierno incluso en verano.

​Clara asintió y volvió a su máquina de escribir. Mateo empezó a pasar las hojas. De repente, sus dedos se detuvieron. Un plano de un edificio antiguo en la zona de San Lorenzo mostraba una modificación estructural no autorizada: un nivel subterráneo que no figuraba en las escrituras originales. No era la calle 45, pero el concepto de "lo oculto bajo el suelo" empezaba a ser una constante que lo perturbaba. El dramatismo de su trabajo diario ya no estaba en el papel, sino en lo que el papel intentaba desesperadamente no decir.

​A las cuatro, el ritual de escape fue casi violento. Mateo necesitaba el aire del parque, aunque fuera un aire cargado de hollín. Caminó con paso rápido, esquivando a los hombres de negocios que hablaban por teléfonos públicos y a los niños que jugaban con barcos de papel en los charcos de la avenida principal.

​Llegó al Parque de los Suspiros. Hoy, el parque estaba inusualmente concurrido por ancianos que buscaban los últimos rayos de luz antes de que la niebla nocturna los expulsara. Mateo se sentó en un banco diferente, cerca de un estanque donde el agua estaba tan quieta que parecía un espejo negro.

​A su izquierda, un hombre de mediana edad, vestido con un uniforme de técnico de comunicaciones, hablaba con un joven que llevaba una mochila de estudiante. La conversación no era una discusión, sino una instrucción susurrada con una urgencia que cortaba el aire.

​—Tienes que entrar después de que la patrulla de las seis pase por la puerta norte —dijo el técnico, señalando un punto invisible en el horizonte de edificios—. El código de la caja de conexiones sigue siendo el mismo. Una vez dentro, no busques dinero. Busca las cintas magnéticas de la grabación del 89.

​El joven tragó saliva, y Mateo pudo ver la manzana de Adán subiendo y bajando con un realismo aterrador.

—¿Y si el vigilante no está en su puesto?

—El vigilante está pagado para estar dormido. Lo que debe darte miedo no es el hombre, sino el sistema que lo puso allí. Si fallas, Porto Gris te convertirá en una estadística antes del amanecer.

​Historia 3: El Código de las Sombras.

​Mateo sintió que sus manos se cerraban en puños dentro de los bolsillos. Aquello no era una confesión de un secreto familiar, era la planificación de una incursión en la memoria prohibida de la ciudad. El drama de la traición y el espionaje urbano se mezclaba con su propia vida de archivista. ¿Qué había pasado en el 89? Mateo recordaba vagamente que ese fue el año del gran apagón de Porto Gris, un evento que los libros oficiales calificaban como "accidente técnico".

​Regresó a su apartamento con los sentidos en alerta máxima. Cada paso que daba sobre la madera de las escaleras le recordaba la advertencia del técnico: "El sistema es el que debe darte miedo". Entró en su estudio, pero esta vez no se preparó té. Necesitaba escribir de inmediato.

​Sacó el cuaderno. La piel de cuero parecía palpitar bajo sus dedos.

​"Jueves. Historia 3. La memoria no es un derecho, es un botín," escribió con una caligrafía que delataba su agitación. "Hoy he escuchado el plan para un robo de verdad. No buscan oro, buscan cintas magnéticas. El año 89 vuelve a golpear la puerta de Porto Gris. Me pregunto cuántos de los expedientes que sello cada mañana son en realidad cintas borradas en la mente de la gente. El técnico tenía razón: el sistema no solo archiva papeles, archiva personas."

​Mateo dedicó páginas enteras a describir la mirada del joven estudiante, una mirada de cordero yendo al matadero. Reflexionó sobre su propia posición: él era parte de ese sistema, un eslabón en la cadena de olvido. El realismo de su complicidad lo golpeó con fuerza. Al escribir sobre el vigilante pagado para dormir, Mateo se dio cuenta de que él mismo había estado dormido durante años, sellando documentos sin preguntar qué historias estaba asesinando con su tinta.

​"¿Qué hay en el 89 que todavía duele tanto?", anotó al final del capítulo. "¿Es posible que mi padre también fuera una cinta magnética borrada por este mismo sistema?"

​Cerró el cuaderno a las tres de la mañana. Porto Gris afuera estaba envuelto en un silencio absoluto, ese silencio que precede a las grandes tormentas. Mateo se acostó, pero por primera vez, dejó su abrigo gris sobre la cama, como si necesitara tener su identidad lista para huir en cualquier momento.

​Ya llevaba tres historias. Tres hilos de una red que empezaba a apretarle el cuello. Y aún le faltaban dos voces más antes de que el equilibrio de su vida se rompiera para siempre.




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