El viernes en Porto Gris no se sentía como el final de una semana, sino como el peso acumulado de siglos de cansancio. Mateo llegó a su escritorio con las ojeras marcadas por la falta de sueño y el roce constante de su mente contra las verdades a medias. El Sótano B estaba inusualmente gélido. Una de las tuberías de calefacción se había roto durante la madrugada, y un vapor blanquecino flotaba entre los estantes, dándole a la oficina el aspecto de un mausoleo neblinoso.
—Hoy vas a trabajar con el sector de "Personas No Localizadas", Mateo —dijo Gutiérrez, dejando sobre su mesa una caja metálica que crujió al contacto—. Son casos archivados por falta de pruebas desde el gran apagón del 89. Ya sabes qué hacer: revisa que los sellos estén en su lugar y prepáralos para el archivo muerto.
Mateo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente. El año 89 otra vez. El técnico del parque no se había equivocado: ese año era una cicatriz abierta en la piel de la ciudad.
Al abrir la caja, Mateo no encontró solo papeles. Había objetos pequeños guardados en sobres de plástico amarillento: una llave oxidada, un botón de nácar, un mechón de cabello atado con un hilo rojo. El realismo de esos objetos lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Aquellos no eran "casos", eran vidas que alguien había dejado de buscar. Sus dedos temblaron al tocar el sobre de una mujer desaparecida en el distrito de San Lorenzo. El informe decía: "Sin testigos. Sin audio. Sin rastro".
"Sin audio", pensó Mateo. "Porque nadie estaba escuchando".
Esa tarde, la salida a las cuatro se sintió como una huida. No se detuvo a mirar los escaparates ni a saludar a Clara. Caminó directamente al Parque de los Suspiros, pero esta vez no buscó su banco habitual. Se adentró en la zona más descuidada del parque, donde los arbustos crecían sin control y las estatuas estaban cubiertas de musgo negro.
Se sentó en un muro bajo de piedra. A su derecha, una mujer joven, vestida con un uniforme de enfermera manchado de café, lloraba en silencio. A su lado, un hombre mayor, que sostenía un sombrero de fieltro entre sus manos nudosas, intentaba consolarla sin tocarla.
—No pueden simplemente borrarlo, abuelo —decía la mujer, y su voz era un quejido de cristal roto—. Estuvo en el hospital tres días. Yo misma firmé su ingreso. Y ahora dicen que no hay registro, que nunca entró un paciente con ese nombre.
El anciano suspiró, un sonido que salió desde lo más profundo de sus pulmones cansados.
—En Porto Gris, hija, los nombres son como el humo. Si el hospital dice que no estuvo allí, es porque alguien decidió que su voz ya no era necesaria. Ya te lo dije: el 89 se llevó a muchos, pero el sistema se lleva a los que quedan cada día un poco más.
—¡Pero yo lo escuché! —gritó ella en un susurro desesperado, mirando a su alrededor con miedo—. Antes de morir, me dijo que el archivo de la calle 45 no se quemó. Dijo que lo movieron al sótano de la oficina central... a nuestro propio lugar de trabajo.
Historia 4: El Paciente Fantasma.
Mateo sintió que el corazón le daba un vuelco tan violento que temió que los extraños pudieran oírlo. El dramatismo de la escena era insoportable. No solo era otra mención a la calle 45, sino que la mujer estaba señalando directamente a su lugar de trabajo, a su sótano, a su vida gris. La conspiración ya no estaba "afuera", en la ciudad; estaba debajo de sus pies, en las cajas que él mismo sellaba cada mañana.
Regresó a su apartamento envuelto en una paranoia eléctrica. Cada sombra en los portales le parecía un vigilante; cada motor de coche que aceleraba a sus espaldas le hacía apretar el paso. Entró en su hogar, echó los cerrojos y se quedó apoyado contra la puerta, respirando con dificultad.
El estudio se sentía pequeño, casi claustrofóbico. Encendió la lámpara y la luz amarillenta reveló su cuaderno de cuero, que parecía esperarlo con una exigencia silenciosa.
"Viernes. Historia 4. El eco se vuelve grito," escribió con trazos rápidos y nerviosos. "Hoy la ciudad me ha señalado con el dedo. Una enfermera, un abuelo, un muerto que no existe oficialmente. Dicen que el archivo de la calle 45 está en mi sótano. ¿Es posible que lo haya tenido en mis manos hoy mismo? ¿Es posible que Gutiérrez sepa que estoy escuchando?"
Mateo llenó páginas enteras describiendo el dolor de la enfermera, un dolor que se sentía tan real que la tinta parecía humedecerse en el papel. Reflexionó sobre la naturaleza de la verdad en Porto Gris: si no está escrita en un papel oficial, no existe; pero si está escrita y alguien la borra, la realidad misma se deshace. El capítulo se extendió en una disertación sombría sobre el poder de los que controlan la memoria.
"Mi cuaderno es ahora más real que los archivos de la oficina," anotó al final, con la mano entumecida. "Si ellos borran, yo escribo. Si ellos callan, yo escucho. Pero ahora sé que no soy un simple coleccionista. Soy un objetivo. La Historia 4 ha dejado de ser ajena para convertirse en mi propia sombra."
A las cuatro de la mañana, Mateo no se acostó. Se quedó sentado en su silla, mirando hacia la puerta. Porto Gris afuera estaba extrañamente iluminada por una luna pálida que lograba atravesar la neblina. Sabía que solo le quedaba una historia más, una última voz por capturar antes de que tuviera que tomar la decisión más importante de su vida: seguir siendo un fantasma o convertirse en el testigo que Porto Gris tanto temía.