Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 5: LA ÚLTIMA CONFESIÓN DE PORTO GRIS

El sábado amaneció con un silencio inusual, un silencio que en Porto Gris no significaba paz, sino advertencia. Aunque Mateo no trabajaba los fines de semana, su cuerpo estaba tan programado por la oficina que se despertó a las seis en punto, con el sabor amargo de la desconfianza en la lengua. El apartamento se sentía más frío de lo normal; el vapor de su respiración flotaba en el aire como un pequeño fantasma personal.

​Mateo pasó la mañana revisando sus cuatro historias previas. Las leía y releía bajo la luz mortecina de su estudio, buscando el patrón que ya intuía. La calle 45, el año 89, archivos que desaparecen y muertos que no figuran en las actas. Su cuaderno de cuero ya no era solo un refugio; se había convertido en un mapa de un crimen a escala urbana. El dramatismo de saber algo que nadie más parece notar empezaba a erosionar su cordura.

​Cerca de las cuatro de la tarde, sintió la necesidad imperiosa de salir. Necesitaba la quinta voz. Necesitaba cerrar el círculo.

​Caminó hacia el Parque de los Suspiros. La neblina era tan densa que los leones de piedra de la entrada parecían estar flotando en un mar de algodón gris. El parque estaba casi vacío, exceptuando a los cuervos que se posaban en las ramas desnudas de los robles. Mateo se sentó en un banco alejado, cerca de la verja perimetral que colindaba con un callejón sin salida.

​Fue entonces cuando los escuchó. No estaban en el parque, sino del otro lado de la verja, en la penumbra del callejón.

​—Él no se dio cuenta de que lo seguíamos, jefe —dijo una voz joven, pero con una frialdad que denotaba una falta total de empatía—. Estuvo en el banco del roble, como siempre. Parece un tipo normal, un don nadie de archivos.

​Mateo sintió que la sangre se le convertía en hielo. Se quedó petrificado, con el corazón martilleando contra sus costillas con un realismo ensordecedor. Hablaban de él.

​—Ningún don nadie escucha tanto como él, idiota —respondió una segunda voz, más profunda, madura y cargada de una autoridad oscura—. Ese cuaderno que carga no es para notas de oficina. Es una colección. Y si tiene lo que escuchó el viernes sobre el hospital y la calle 45, es una amenaza que hay que archivar definitivamente.

​—¿Lo borramos ahora?

​—No aquí. Mañana en la oficina. Gutiérrez se encargará de que entre en el sector de "Incidentes Laborales". Nadie hace preguntas cuando alguien cae por el hueco del montacargas en el Sótano B.

​Historia 5: El Cazador Cazado.

​Mateo no esperó a escuchar más. Se levantó con movimientos lentos, como si fuera una sombra más del parque, y caminó en dirección opuesta con una calma que le quemaba las entrañas. No corrió hasta que estuvo a dos calles de distancia. El realismo de la amenaza era tan tangible que podía sentir el aliento de la ciudad en su nuca.

​Llegó a su apartamento y, por primera vez, no se preparó té. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo encender la lámpara del estudio. La luz vaciló, proyectando sombras alargadas que parecían dedos intentando alcanzar su cuaderno.

​Sacó la pluma y escribió con una caligrafía que se deshacía en los bordes, reflejando su terror.

​"Sábado. Historia 5. Mi propia sentencia de muerte," escribió, y una gota de sudor cayó sobre el papel, emborronando la tinta negra. "Hoy no escuché la historia de un desconocido. Escuché la mía. Saben quién soy. Saben lo que hago. El sistema no solo me ha estado mirando; me ha estado diseccionando. Mañana quieren que sea un 'incidente laboral'. Mañana, el Sótano B quiere tragarme como se tragó a mi padre."

​Mateo llenó páginas enteras con una confesión desesperada. El dramatismo de este capítulo era absoluto. Reflexionó sobre la ironía de su vida: había pasado años recolectando las voces de los demás para no sentirse solo, y ahora su propia voz era la que estaba a punto de ser silenciada. Describió el miedo, no como una emoción, sino como un frío físico que se instalaba en la base del cráneo.

​"He escuchado cinco historias," anotó al final, con la pluma casi sin tinta. "Cinco hilos que me han llevado al borde del abismo. No puedo volver mañana a las siete como si nada. Pero si no voy, me buscarán aquí. Porto Gris no tiene escondites para los que saben demasiado. Mañana, el archivista tendrá que decidir si se deja enterrar o si incendia el archivo entero con sus propias palabras."

​Cerró el cuaderno. Sus dedos acariciaron el cuero rústico por lo que sentía que podía ser la última vez. El capítulo terminó con Mateo sentado en la oscuridad, mirando fijamente la puerta de su estudio, con el cuaderno apretado contra el pecho como si fuera un escudo. Afuera, la ciudad de Porto Gris rugía en la distancia, esperando el amanecer para reclamar su próxima estadística.




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