El lunes no llegó con luz, sino con un presentimiento de acero frío. Mateo no había dormido más de dos horas. Se pasó la madrugada sentado en el suelo de su estudio, con la espalda apoyada contra la estantería de sus cuadernos, vigilando la puerta como si el mismo Porto Gris fuera a derribarla en cualquier momento. El dramatismo de su situación era palpable: un hombre solo, armado únicamente con tinta y papel, enfrentándose a una maquinaria diseñada para triturar la verdad.
A las 6:00 a.m., Mateo se lavó la cara con agua helada. Se miró al espejo y no reconoció al hombre que le devolvía la mirada. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de sombras que parecían tatuajes de cansancio, pero en su interior brillaba una chispa de determinación gélida. Ya no era el archivista sumiso. Era un hombre con una sentencia de muerte que había decidido elegir el lugar de su ejecución.
Se puso el abrigo gris, pero esta vez, bajo la tela, escondió su cuaderno de cuero. Sentir el roce de la piel contra sus costillas le daba una fuerza que no sabía que poseía.
Caminó hacia la oficina. La ciudad de Porto Gris parecía más hostil que de costumbre. Los edificios se inclinaban sobre él y el ruido del tráfico sonaba como el gruñido de una bestia hambrienta. Al cruzar el umbral del edificio de archivos, el aire viciado del vestíbulo lo golpeó. El guardia de la entrada, un hombre que normalmente ni siquiera levantaba la vista, lo miró fijamente durante un segundo de más. Un segundo que para Mateo duró una eternidad.
Bajó las escaleras hacia el Sótano B. El sonido de sus propios pasos sobre el metal resonaba como disparos en un callejón vacío. Al llegar a su sección, el silencio era absoluto. No estaba el zumbido habitual de las máquinas de escribir ni el murmullo de Clara. Solo el parpadeo de los fluorescentes.
—Te estábamos esperando, Mateo —dijo una voz desde la oscuridad del pasillo 4.
Era Gutiérrez. Pero no era el Gutiérrez cínico y descuidado de siempre. Estaba erguido, con un traje impecable y flanqueado por los dos hombres del abrigo gris que Mateo había visto anteriormente. El realismo de la emboscada lo dejó sin aliento.
—Señor Gutiérrez, solo vengo a terminar el lote de la calle 45 —dijo Mateo, intentando que su voz no temblara, aunque sus manos buscaban instintivamente el cuaderno bajo su abrigo.
—Ese lote ya no existe, Mateo. Y me temo que tú tampoco vas a existir en los registros de mañana —respondió Gutiérrez con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Nos han dicho que tienes una colección muy interesante. Un cuaderno que contiene voces que el viento debería haber olvidado hace mucho tiempo. Entrégalo y quizás el "incidente" del montacargas sea rápido.
Mateo retrocedió un paso, sintiendo el frío de los estantes de metal en su espalda. El dramatismo de la escena alcanzó su punto máximo. Estaba rodeado de millones de papeles que contaban las vidas de otros, mientras la suya estaba a punto de ser borrada en el mismo lugar.
—Este cuaderno no es vuestro —dijo Mateo, y por primera vez, su voz sonó fuerte, clara, llenando el sótano—. Es la única verdad que queda en esta ciudad de mentiras. Si me matan, las voces no morirán conmigo. Ya me encargué de que alguien más sepa dónde están los otros doce.
Era un farol, una mentira desesperada, pero funcionó. Los hombres del abrigo gris intercambiaron una mirada de duda. En Porto Gris, la sola idea de que la información circulara fuera del control del sistema era el mayor de los terrores.
—No te creo —siseó uno de los hombres, dando un paso hacia adelante—. Eres un don nadie. Un archivista que se volvió loco escuchando susurros en un parque. Entréganos el cuaderno o te romperemos los dedos antes de tirarte al hueco.
Mateo no esperó. Aprovechando el laberinto de estanterías que conocía como la palma de su mano, se giró y corrió hacia el fondo del sector de "Personas No Localizadas". El ruido de los perseguidores estalló detrás de él. Sabía que no podía ganar en una pelea física, pero en este sótano, él era el rey del mapa.
Se ocultó tras una fila de cajas de 1989. El olor a polvo y moho lo envolvía. Sacó el cuaderno un segundo, acarició la portada y susurró: "Perdóname, padre, porque voy a hacer lo que tú no pudiste".
En ese momento, Mateo se dio cuenta de que no quería escapar. Quería que lo escucharan. Si iba a morir, lo haría provocando el mayor ruido posible en la ciudad del silencio. Buscó en su bolsillo un encendedor que había guardado esa mañana y miró las torres de papel seco que lo rodeaban. El realismo de la destrucción inminente le dio una paz extraña.
"Si el fuego consume el papel, la verdad volará con las cenizas", pensó.